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El zoo del hombre rico




Caminando por la Croisette con los pies hinchados y los ojos abiertos como platos, el viajero se detiene un segundo, se apoya sobre la barandilla del paseo marítimo y da la espalda al mediterráneo, con la insana intención de maltratar sus pulmones, prende el extremo de un cigarro cien por cien veneno americano e intenta ordenar sus ideas ante un mundo brillante y hueco que se despliega ante él.

Difícil tarea, ante sus ojos, frente al hotel Martinez, una masa uniforme de niños ricos, turistas bajo el síndrome de Stendhal y proyectos de jeques se mueven caóticamente, mirándose de reojo y admirando sus piñatas perfectas, sus móviles de última generación y sus grandes gafas de sol sobre las que el reflejo de la costa azul francesa se ve sin duda mucho mas negro, van y vienen, perfuman el ambiente con caras esencias que dejan un rastro de olor dulzón, penetrante, que se te mete en la pituitaria mezclándose con el humo del tabaco.

El hogar del hombre rico, el sitio donde los mortales pueden ver sus sueños hechos realidad en las carnes de otros, donde la fortuna te susurra al oído el nombre de aquellos a los que acoge en su seno, donde cada edificio alberga una tienda de Hermés o de Gucci y donde los Ferrari, Bentley, Lamborgini y Rolls Royce se apiñan en atascos imposibles, con sus colores brillantes y sus líneas estilizadas, como en las estanterías de las jugueterías, tuneados al gusto del consumidor, directamente desembarcados desde Arabia Saudí, Gran Bretaña o Rusia.

El cigarro se acaba, deja un gusto amargo en la boca del viajero, con disimulo es aplastado en el suelo y el paseo continúa entre clones cuarentones de Monica Bellucci, de tetas infladas y labios perfilados, sin duda construidos todos en la misma mesa de operaciones pero sin la belleza del modelo original, que lo que natura no da Salamanca no presta, pobres mulas de carga portan cada una media tonelada de pedruscos, anclados a sus cuellos relucen en la oscuridad como si llevaran un chaleco reflectante, sonríen al mundo felices, empapadas de alcohol y Prozac.

Antes del Gran Auditorio, el caminante gira y se mete al puerto, se mueve entre los amarres de los grande yates, de tres y cuatro cubiertas, maravillosas y horteras obras de ingeniería que hace demasiado tiempo olvidaron su esencia, gobernados por marinos que parecen pilotos de aerolíneas, que ya no maldicen su puta estampa ni escupen a sotavento, barcos con nombres como “No money, no love” o “I own”, que dejan claro la pasión por la mar de sus dueños.

Sobre la cubierta de popa éstos cenan, brindan, se maman y lucen su esencia, mientras desde el puerto, los mortales caminan con los pies hinchados y les hacen fotos en sus jaulas de oro flotantes, como a los monos de un zoo, imagen nítida de un mundo necio, injusto, estúpido y desequilibrado.

Comentarios

Markos ha dicho que…
Qué radiografía tan estupenda. A pesar de que no conozco Cannes, puedo hacer adaptarlo fácilmente a Puerto Banús.
Salu2
Javi ha dicho que…
Pues el que no conoce Puerto Banus soy yo, pero no me queda la menor duda.

Un saludo