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De ballenas y escritores




Cuando el gigante respira, un grito sale desde la garganta del vigía que casi le arranca las cuerdas vocales, en éste instante, el corazón de Herman se estremece en silencio un segundo antes de comenzar a bombear sangre con furia, con un nudo atado a su estómago, atónito ante lo que ve, en cuestión de segundos observa cómo el caos invade la cubierta del Acushnet, cómo comienza una carrera incierta, los marinos gritan y otean el horizonte donde una cortina de vapor señala el lugar de la lucha, con la luz del sol deslumbrando sus ojos Herman estima una distancia y casi sin respirar salta a los botes arrastrando por la marabunta

Su bote cae al agua con violencia, los remos comienzan a apalear sardinas frenéticamente, al ritmo de las blasfemias del arponero los remeros se despellejan sus manos mientras la embarcación, estrecha y ligera cabecea sobre un mar en calma, con un hombre en la proa aferrado a un arma siniestra calculando mentalmente el lugar donde la bestia volverá a la superficie.

El tiempo se para, el agua golpea la cara de Herman y del resto de asesinos, se mezcla con sus sudor, con sus anhelos de fortuna y de aventura, los minutos se estiran y sus brazos comienzan a flaquear, tiemblan al introducir la larga pieza de madera sobre el líquido elemento, entre insultos quema sus últimas fuerzas mientras desde lo mas profundo del abismo una sombra de cuatro toneladas abre las aguas a su paso.

Llegado el momento, el gigante gime al sentir la herida, resopla al notar el acero humano entrar sobre su costado, gira y cabecea, lucha y defiende su vida como autentico rey de los mares, enseña su enorme testa sin corona y huye sumergiéndose a gran velocidad arrastrando consigo cincuenta brazas de cuerda, tensando la línea y haciendo crujir un bote que de repente se ve propulsado por una energía sobrehumana, a punto de saltar en pedazos sin embargo la pequeña embarcación resiste lo suficiente como hacer que el cetáceo vuelva sobre sus pasos, dispuesto a llevarse consigo al fondo a alguno de sus enemigos.

El animal embiste, la embarcación chasca con el golpe, se parte en pequeños fragmentos, como si estuviera construida con mondadientes, Herman se siente diminuto, con el pánico anclado en cada centímetro de su cuerpo, ve como sus compañeros caen al agua y gritan desesperados pidiendo ayuda, sin embargo una batalla ganada no supone ganar la guerra, el cachalote está rodeado por una jauría, desde otros dos botes, un segundo arpón se clava sobre sus ojos y un tercero sobre su joroba, como en una maldición bíblica el mar se transmuta en sangre y por primera vez el gigante, capaz de aterrar con su sola presencia al mayor de los craken, ve como la vida se le escapa sin remedio.

Lo hombres conocen su oficio, mientras se aferra a lo que queda de bote, Herman observa a sus compañeros apuñalar una y otra vez a su víctima buscando sus pulmones, sus entrañas, desangrando al gigante que resopla, vomita y echa una última mirada a su mundo azul ahora teñido de rojo.

El estúpido ser humano necesita su grasa, para alimentar sus lámparas de aceite, para fabricar velas y perfumes, el desastre sobre el pacífico no tiene otra función, el inmenso cuerpo inerte será ahora troceado y cocinado, hervido para extraer sus aceites y abandonado, el esperma de ballena llenará barriles enteros y será almacenado en las entrañas del barco ballenero, como el tesoro de un esquizofrénico será intercambiado por vil metal y alumbrará los desvelos de una civilización incapaz de entender lo increíblemente pequeña que es la bella roca azul que habita.

El joven Herman Melville será testigo excepcional de la lucha, de la muerte en alta mar, el auténtico lugar de nacimiento Ishmael, el capitán Ahab y la propia Moby Dick.

Comentarios

Markos ha dicho que…
Y cuanto más se piensa menos falta hace matar.
Horacio ha dicho que…
En horabuena por todo esto.