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Mostrando entradas de agosto, 2009

La X marca el lugar

Sobre la bandeja de cristal, el billete de veinte dólares es como un trenecito que nunca descarrila, enrollado sobre sí mismo forma un canuto perfecto que sigue las vías blancas con precisión milimétrica, las aspira y las recoge a su paso, sin hacer chu-chu, sin salirse de la raya, sin dejar escapar un solo miligramo de auténtica felicidad sesenta por ciento made in Colombia.

Cuando John termina su corto viaje, al mirarse al espejo ya le gusta más su cara, bosteza y estira sus brazos, se rasca la barba de cuatro días y piensa que tiene que arreglarse el bigote si no quiere parecer un puto mendigo, observa sus ojos hinchados, sus pupilas dilatadas, su nariz empolvada e inflamada, a lo mejor va siendo hora de dejar los malos vicios, cuidarse un poco, lo justo, quizás el mes que viene, o después de verano, cuando el volumen de trabajo descienda un poco.

Desnudo, da un paso atrás para observar su cuerpo dibujado en el espejo del baño, fibroso y delgado, parece hecho sólo de huesos y cartíla…

El hombre de negro

El hombre de negro ama California, le encanta trabajar frente al Pacífico, adora su clima, su calma, las bellas calles residenciales de Beberly Hills donde todo el mundo es guapo, donde todo el mundo es feliz, sus largas avenidas, anchas, verdes, iguales, es el paraíso donde el sueño americano reside, con sus mansiones estilo español a cinco kilómetros de la costa y sus jodidos triunfadores sonriendo a la vida, luciendo sus blancas piñatas perfectas mientras se tuestan al sol de la tarde, retozando en colchonetas hinchables, flotando en piscinas con forma de riñón con un daikiri entre las manos y una hembra de ésas que quitan el hipo rondando sus braguetas.

Sentado en su Buick Roadster de 1930, el hombre de negro sueña, que es gratis, gira al llegar a Linden Drive y avanza lentamente, frena a la altura del 810, cuando lo hace, el coche de alquiler chirría como un gorrino en celo, pero por suerte la gente está tan obsesionada con su ombligo que nadie se percata de su presencia, mejor, e…

La lluvia naranja

El buey está viejo, le cuesta caminar, cada vez que el maldito animal decide hacer un alto en el camino, a Dam Viet Thouc no el queda otra que dejarse los riñones empujando al bicho, fustigándole para que mueva sus enormes y desgastadas posaderas, de poco sirve, los bueyes son tercos, y el suyo, que un día fue la envidia del pueblo, ahora no es mas que un saco de huesos y músculos flácidos, un viejo remolón que se las sabe todas, que cuando se cansa, no avisa, directamente se para, bufa, muge y protesta como cagándose en los muertos de su amo.

A Dam Viet Thouc, le llevan los demonios, pierde la paciencia y promete a su viejo compañero de fatigas que en cuanto lleguen al pueblo lo va a hacer salchichas, hamburguesas para vendérselas a los soldados yankis a precio de saldo, como si le entendiera; da patadas y apenas consigue que se mueva un centímetro, desesperado grita, maldice, se olvida de que si el Vietcong le oye, se quedará sin animal y probablemente reclutado por la fuerza, y si s…

Sabor salado

Marcel es igualito al enterrador de los comics de Lucky Luke, sólo que con más trabajo, tiene un cuerpo enjuto, cetrino, largo y estrecho como un alfiler, coronado por un careto de buitre leonado que da grima, asusta, vestido de negro le falta el metro para tomar medidas, un sombrero de copa alta y una pala.

Cuando Marcel come, mastica despacio, como con asco, cuando bebe, introduce su portentosa nariz en las copas inhalando hasta el último aroma del líquido rojizo que previamente ha estado estudiando lentamente; huele, analiza, saborea, agarra el vaso de cristal por la base y lo mueve en rápidos movimientos circulares, la fuerza centrífuga hace que el vino casi se escape de su continente, escala por las paredes del cristal para dejarse caer después, vencido, formando pequeñas lágrimas rojas con las que el crítico lanza un pequeño bufido.

Apunta indignado, maridaje nulo, parece un vino totalmente apropiado para impresionar a una puta vieja, el colmillo le gotea, sus labios casi inexiste…

Greta y los millones de marcos

Dicen que la culpa es de los judíos, de los ingleses, de los franceses y de los yankis, con sus puñeteras indemnizaciones de guerra y sus oscuros tejemanejes financieros, así debe ser, pero cuando Greta se caga pa sus muertos, no se olvida repartir un poquito de mierda hacia los de los políticos y generales propios, insignes prusianos de pura cepa que ahora corren con el rabo entre las piernas buscando un sitio donde lamerse el cipote, después de haberla liado, maldita sea su estampa, algo tendrán también de culpa en éste desastre, no les bastó con matar al pobre Hans en Verdún, o dejar lerdo al hijo de la pobre Olga, al que se le llevaron contento y sonriente con su uniforme nuevo y lo devolvieron con la mirada perdida y la saliva cayéndose a chorretones por su comisura de los labios, con una chapita metálica reluciente colgándole de la solapa, justo al lado de los lamparones de baba, no les bastó con eso, además también ahora les matan de hambre.

Hay que joderse.

Si Greta pudiera, no …

Triste palabra de poeta

Sentados un frente a otro, mientras avanzan lentamente sobre una España seca y cuarteada, Philip y Federico resisten al sueño, al calor y a las largas horas de viaje, que como en un cuadro de Dalí se deshacen, se deforman y se estiran tediosas, cual chicle sobre los incómodos asientos de madera, caminito de París no hay mucho que hacer salvo charlar, salvo dejarse enredar por las palabras y las ideas, por la visión de la naturaleza de un país ingrato, por el sentido de la vida y de la muerte para dos hombres jóvenes deseosos de comerse el mundo con un par de versos.

El traqueteo del tren acompaña a Federico Garcia Lorca en su huída, en el comienzo de una escapada que le llevará a París, Londres, Nueva York y Cuba, que le insuflará aires nuevos y le alejará de su adorada tierra granadina y de sus amores imposibles, Philip Cummings es un compañero fortuito de viaje, viejo amigo de la residencia de estudiantes, un yanki poeta, que ha tenido la suerte de cruzarse con Lorca en un trayecto q…

La vida en guerra

Cuando Antonio se cala el casco, se caga por enésima vez en la madre que parió al sargento Yanki de intendencia, como una ensaladera grande, el artilugio made in USA tamaño XXL le sienta como a un cristo dos pistolas, baila el twist sobre su maltrecha y dura sesera mientras el blindado enfila a trompicones hacia la auténtica ciudad del amor.

Tiembla, arrastrando como un fantasma las cadenas por el empedrado, la carraca blindada menea su pequeño cuerpo al son de unos engranajes oxidados y maltratados que, de repente, se paran, chirrían y arrancan de nuevo entre un humo denso, que pica en los ojos y escuece en la garganta.

Nueve años, nueve putos años arrastrándose por media Europa y parte de África, con el mismo nudo en el estómago, con la misma sensación de miedo, clavado en las tripas durante tanto tiempo que parece imposible vivir sin él, miedo y odio, cocinado a fuego lento en Teruel, en Belchite, en Brunete, en Guernica, en las arenas del desierto sirviendo bajo banderas extrañas, e…

De ballenas y escritores

Cuando el gigante respira, un grito sale desde la garganta del vigía que casi le arranca las cuerdas vocales, en éste instante, el corazón de Herman se estremece en silencio un segundo antes de comenzar a bombear sangre con furia, con un nudo atado a su estómago, atónito ante lo que ve, en cuestión de segundos observa cómo el caos invade la cubierta del Acushnet, cómo comienza una carrera incierta, los marinos gritan y otean el horizonte donde una cortina de vapor señala el lugar de la lucha, con la luz del sol deslumbrando sus ojos Herman estima una distancia y casi sin respirar salta a los botes arrastrando por la marabunta

Su bote cae al agua con violencia, los remos comienzan a apalear sardinas frenéticamente, al ritmo de las blasfemias del arponero los remeros se despellejan sus manos mientras la embarcación, estrecha y ligera cabecea sobre un mar en calma, con un hombre en la proa aferrado a un arma siniestra calculando mentalmente el lugar donde la bestia volverá a la superficie…

El zoo del hombre rico

Caminando por la Croisette con los pies hinchados y los ojos abiertos como platos, el viajero se detiene un segundo, se apoya sobre la barandilla del paseo marítimo y da la espalda al mediterráneo, con la insana intención de maltratar sus pulmones, prende el extremo de un cigarro cien por cien veneno americano e intenta ordenar sus ideas ante un mundo brillante y hueco que se despliega ante él.

Difícil tarea, ante sus ojos, frente al hotel Martinez, una masa uniforme de niños ricos, turistas bajo el síndrome de Stendhal y proyectos de jeques se mueven caóticamente, mirándose de reojo y admirando sus piñatas perfectas, sus móviles de última generación y sus grandes gafas de sol sobre las que el reflejo de la costa azul francesa se ve sin duda mucho mas negro, van y vienen, perfuman el ambiente con caras esencias que dejan un rastro de olor dulzón, penetrante, que se te mete en la pituitaria mezclándose con el humo del tabaco.

El hogar del hombre rico, el sitio donde los mortales pueden v…