Ir al contenido principal

Estrellas sobre el asfalto




Judy está convencida de que en otra vida fue Marilyn, camina dando tumbos por Hollywood Boulevard con su misma sonrisa inmensa, inocente y perdida, saludando a todo el mundo con una peluca rubia y un vestido blanco vaporoso decorado con unas sospechosas manchas blanquecinas, que sólo se notan en las distancias cortas, galones ganados en la puta calle, combatiendo de rodillas contra un enemigo que se ha colado en su sangre, un demonio sin escrúpulos que cada seis horas pide alimento, combustible en su camino directo hacia el desastre.

La Monroe de pega se dirige a su trabajo medio zombi, con las pupilas dilatadas y unas grandes gafas oscuras que no terminan de filtrar los rayos de tanta estrella reluciente, cerca del teatro chino saluda a sus compañeros de faena, a Superman, con su rizo engominado, sus músculos de poliespan y su afición por la criptonita, jodido porque por dormir la noche anterior con el culo al aire le ha entrado lumbago; también saluda a un esbirro de Darth Vader, guerrero de las guerras clon con su casco y su pistola láser, asado dentro de su disfraz y dispuesto a defender con su vida, aunque sea contra mil jedis, el cachito de sombra bajo el que se guarece; y por último, la mujer mas bella del mundo se cruza y guiña un ojo a un Elvis desdentado de tupé kilométrico, reproducción exacta del mito venido a menos, amante de las grasas saturadas del Burger King, que sonríe a su amiga y mueve las caderas mientras dispara con dos pistolas imaginarias.

Todos ellos son estrellas, a su manera, encarnados en los mitos que los dioses del olimpo no les permitieron ser, caminan por la vida esperando el siguiente autobús de japoneses, posando por unos cuantos dólares mientras esperan ése golpe de suerte esquivo, ése papel que les saque de su mundo de cartón piedra y white label, y les deje mostrar todo el arte que atesoran dentro.

Por fin, las puertas del minibús se abren frente a ellos dejando vía libre a una tormenta de destellos marca Nikon que no dura demasiado, es el momento de la rubia, de una serie de poses mil veces ensayadas frente al espejo, Marilyn besa, ríe, actúa, coloca sus manos estiradas entre las piernas como intentando evitar que la falda se levante empujada por un viento inexistente, pone morritos mientras intenta disimular los picotazos morados sobre su piel blanca.

Es lo que hay, el autentico precio de la fama, el reluciente destello del oro que cagó el moro, tras la marabunta, la rubia hace recuento de media docena de billetes verdes, se los guarda entre las bragas y prende un cigarro, esperando al siguiente pase para un público tan infiel como poco exigente, mientras fuma, se distrae mirando las huellas petrificadas en el asfalto, las de la auténtica Norma Jeane, se arrodilla y extiende su mano sobre la de Marilyn notando como sus dedos encajan como un guante en el molde dejado por el mito.

La rubia sonríe, en el fondo de su corazón sabe que pronto tendrá su propia estrella en Hollywood Boulevard, sólo es cuestión de tiempo.

Comentarios

Markos ha dicho que…
El precio de la fama a veces lo pagan otros. Descarnado y sórdido. Que bien contado, como de costumbre.
Salu2
Javi ha dicho que…
Markos, tienes razón, las estrellas brillan tanto que, a veces a alguno le dejan ciego.

Gracias por tu visita