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El primer reportaje de guerra




Cuando Alexander y James llegan al infierno, resulta que éste ya se ha apagado, sólo quedan rescoldos, un paraje desolado, reducido a cenizas, calcinado, un mundo pálido, monocromático y triste, iluminado por un sol que, horrorizado, no quiere alumbrar más los actos de los hombres, penumbra en la que la vida no parece haberse anclado, paraje en el que Dios pasó de largo, despistado, dejando tras de si sólo un rastro de desesperación.

Y es que en Antietam, muchos hombres juran haber visto al mismo diablo, correteando entre las filas de soldados, riendo y aullando tras los cañones, vomitando metralla sobre la carne, recolectando almas a manos llenas; después de la batalla, ésos mismos hombres caminan ahora con la mirada perdida por la rivera del riachuelo, por el maizal, por Dunken Church y Sunken Road, mirando cara a cara a los muertos, reconociendo amigos y enemigos, rostros de soldados sin vida, ejército fantasma cubierto por un polvo gris que oculta insignias y uniformes, que entierra banderas y galones, tierra que democratiza en última instancia al ser humano, borrando del mapa, de un plumazo, las fronteras levantadas por el hombre.

Antes de que Alexander Gardner y su ayudante James Gibson lleguen a Antietam, en el imaginario colectivo de periodistas, poetas y escritores, las guerras siempre han sido gloriosas, repletas de patrióticos soldados que se lanzan a pecho descubierto sobre el enemigo, que mueren dando vivas a su nación, asépticamente, sin sangre, caen heridos para recibir una reluciente medalla, para ser atendidos por una bella enfermera de la que poder enamorarse.

En sus mentes calenturientas los hombres no gritan, no lloran, no llaman a sus madres con la mierda en los pantalones, no mueren con los sesos y las tripas al aire, ni observan aterrados como una bala perdida les arranca los huevos, en su estúpida glorificación no hay lugar para médicos bañados en sangre, pegados a un serrucho dejando tras de si un ejército de mutilados.

Por suerte Alexander y James con sus fotos, cambiarán la perspectiva, el ángulo de enfoque de la estupidez humana, con el primer reportaje fotográfico de guerra acercarán el pútrido olor de la muerte al porche de las casas de medio país, haciendo un nudo en el estómago a sus habitantes, dejando que las imágenes hablen por si solas, a las claras, descubriendo el lado oscuro que esconde la medalla más lustrosa.

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