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El duque y el holandés errante




Sobre la cubierta de la Bacchante, en mitad de la nada, perdido en un punto indeterminado entre la inmensidad del océano y la noche austral, el futuro rey se cruza con el fantasma; pequeño, minúsculo, aterrado, el duque adolescente se frota los ojos y mira a su alrededor impresionado por las caras lívidas de los viejos lobos de mar que le acompañan en su aventura, tipos de rostro seco y cuarteado, de manos encallecidas y patas de palo, marinos paridos en la cubierta de un buque y curtidos en mil batallas, en mil tormentas, que sin embargo en ése momento se santiguan y mascullan una oración con el miedo anclado en las entrañas.

Por un segundo piensa que ha perdido el juicio, que sus ojos le engañan fruto de alguna treta, alguna novatada, sin pensarlo corre hacia la amura de babor y arroja su mirada hacia el horizonte oscuro, observando con la boca abierta como frente a él, en silencio, sin levantar oleaje y con el velamen hinchado por un viento inexistente, un bergantín de dos palos y velas cuadradas, se cruza a doscientas yardas iluminado por una luz roja fluorescente, que se extiende por el aparejo, que resbala por los mástiles, por las vergas y las jarcias, que ilumina con una luz mortecina una cubierta desolada.

El Holandés Errante, el barco maldito por excelencia, gobernado por un capitán blasfemo, llamado Van der Decken, que osó partir en Viernes Santo, que se enfrentó a la tempestad en el cabo de Buena Esperanza atado a su timón, maldiciendo y aullando en la negrura, desafiando a Dios y a los elementos, desoyendo las súplicas de su tripulación entre torres de agua y gritos de pavor, ganándose a pulso una maldición terrible, la de vagar eternamente por los mares, azotado por tifones y huracanes, sin posibilidad de llegar a puerto, sin agua ni alimento, con una sed infinita corroyendo sus entrañas y siendo portador de malas nuevas, causando el pánico y el horror en los ojos de los hombres a su paso.

Con un nudo en el estómago, el futuro Jorge V siente su boca seca, mira atónito como el buque maldito desaparece bajo las estrellas de repente, evaporándose, dejando tras de si un rastro fúnebre, una ruta directa abierta hacia el infierno.

El la Bacchante, y sobre sus buques de escolta, el Tourmailne y el Cleopatra, entre guardamarinas, oficiales de guardia y marinos, más de treinta testigos jurarán haber visto al fantasma, leyenda que fielmente, será anotada en el diario y transmitida verbalmente, como se hacen las cosas en la mar, de padres a hijos, de oficiales a grumetes, apuntalando mitos tan viejos como el hombre, construidos el mismo día en el que, por primera vez, un marino decidió jugarse el cuello en la inmensidad de océano.

Historia recogida en el libro Wander ships or folk stories of the sea.

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