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El asesinato de Rasputín




Félix quiere matar al monje loco, a Rasputín, liberar al Zar de su maléfica presencia y extirpar, de una vez por todas, al demonio de la casa de los Romanov, hacer limpieza, asesinar al brujo, al profeta, al gigoló, al bastardo venido de Siberia para hincharse de poder como una garrapata agarrada a una arteria, al asceta depravado que con malas artes, ha embrujado al zarevich, a la zarina y a la mitad de las damas de la corte.

Sólo hay un problema y es que faltan huevos, el príncipe Félix Yusupov no es precisamente un asesino profesional, frente a Grigori Rasputin, frente a los ojos penetrantes del loco, el aristócrata se bloquea, se acobarda y se acojona, nota como lentamente, sus testículos se reducen, haciéndose progresivamente más y más pequeños, minúsculos, hasta alcanzar el tamaño de dos canicas nerviosas que sin previo aviso cobran vida propia y comienzan a ascender por el interior de sus tripas y pecho, presas de una energía misteriosa, hasta alcanzar su garganta, el lugar donde se detienen por fin, haciendo las veces de una corbata molona.

No queda otra que envenenarle, engañar a Grigori y atraerle hasta la mesa, hasta una deliciosa cena preparada con el más celestial de los ingredientes, el mismo que te enseña a San Pedro en un abrir y cerrar de ojos, cianuro en cantidades industriales, en el vino, en la carne, en los dulces, preparado para detener el corazón de aquel incauto que tan sólo ose acercar sus narices a las fuentes de comida.

Así que ahí están, el príncipe asesino y su invitado, haciendo el paripé frente al fuego, charlando como dos viejos amigos ante el crepitar de la leña, con el anfitrión a punto del infarto, atento ante cada ademán del brujo, ante cada ocasión en la que el vaso y la ponzoña se acercan a los labios de su víctima, alejándose siempre sin llegar a tocarlos, interrumpiendo cada trago final con una cháchara vacía, interminable, que no llega a los oídos de Félix por estar estos bloqueados por el miedo.

De repente, el plan parece irse a la mierda, Rasputín comienza a hablar de las veces que le han intentado envenenar, de lo idiotas que fueron los que osaron conspirar contra él; cuando lo hace, Félix se siente perdido, comienza a pensar que alguien se ha ido de la lengua, que el asceta libidinoso no ha venido a cenar y morir, sino tan sólo a reírse de él.

Y sin embargo no es así, tras la charla, con la boca seca, por fin el brujo súbitamente pega un trago largo del mejor vino e ingiere cianuro en cantidad suficiente como para acabar con un regimiento, comienza a comer dulces, carne, pescado; ante la atenta mirada de su asesino traga sin medida, con un hambre demoníaco, mientras, el príncipe respira aliviado y espera que en cualquier momento su enemigo caiga desplomado sobre el plato.

Craso error, pasa el tiempo y nada de eso ocurre, sólo un poco atontado el animal siberiano eructa, se chupa los dedos y acaba con el primer plato, con el segundo, con el pan y el postre, inmune al veneno se relame ante los ojos desorbitados del conspirador, que pálido, se santigua y busca con la mirada un crucifijo, junta todo el valor que queda en su cuerpo tembloroso y decide acabar por la vía rápida con el asunto, tirando de revólver, metiendo un balazo en el pecho inmenso de su comensal.

Tras el estruendo Rasputin, que puede ser inmune al veneno pero no al plomo, con la camisa ensangrentada se derrumba sobre la alfombra mientras el resto de conspiradores, aparecen asustados al oír el disparo, ven al gigante herido de muerte en el suelo, celebran su valentía, su victoria y comienzan a discutir la mejor forma de deshacerse del cuerpo.

En esas están, enfrascados en dimes y diretes, calculando la mejor manera de hundir para siempre el cuerpo de Grigori entre las aguas heladas del río, cuando, sin esperar a que le den la puntilla, el moribundo va y revive, da dos hostias al príncipe y huye por la puerta tambaleándose, diciendo pies pa que os quiero, que hasta el rabo todo es toro.

No pueden dejarle escapar, a la carrera, Félix y los tres conspiradores siguen su rastro y lo cazan en el patio, le disparan, le acuchillan, le parten la cabeza con un mazo, golpe tras golpe, manchándose sus aristocráticas jetas con la sangre del mito hasta que deja de colear, después, entre los cuatro asesinos transportan al finado hasta el río y abandonan su cuerpo al rumor de las aguas, observando aterrados como el gigante que se negaba a morir se hunde en la negrura para siempre.

Pocos días después encontrarán el cadáver, pero nunca a sus asesinos, que para eso son príncipes, al hacerle la autopsia al finado las autoridades se dan cuenta de que a pesar de haber sido disparado, envenenado, bateado y acuchillado, la causa de la muerte de Rasputín, el monje loco, ha sido el ahogamiento.

Acojonante, a eso le llamo yo resistencia.

Comentarios

Hispa ha dicho que…
Gran entrada, as usual. Rasputín es un filón literario nunca suficientemente explotado.

Una observación ortográfico-talibanesca: los getas son un pueblo escita natural de Dacia (DRAE dixit), pero dudo que ninguno de ellos estuviera en la cena.
Javi ha dicho que…
Animalico que es uno, que no revisa con cuidado sus escritos y luego pasa lo que pasa, muchas gracias por la corrección.

Por cierto "¿pueblo escita natural de Dacia?", acojonante Hispa, eres un pozo de sabiduría, si no te lo han dicho antes, ya te lo digo yo.

Saludos y disfruta en ésa playa con la que nos has puesto los dientes largos.
Hispa ha dicho que…
No tiene mérito. No lo sabía hasta que lo consulté en el DRAE. Soy un pozo, en efecto, pero a la hora de comer, no de sabiduría.
Hispa ha dicho que…
Por cierto, he vuelto de la playa.

...por desgracia.