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Bendita democracia




Sin duda, la sombra del ciprés es alargada, bajo su manto móvil, el cacique observa cómo el árbol da las horas arrastrándose por la tapia del jardín, barriendo un suelo seco, sustrato cuarteado para un césped marchito, amarillo ya, repleto de tallos que, vencidos, se doblan sobre si mismos para morir sobre una tierra traicionera.

Pensativo, absorto en un mundo cruel, el cacique se protege del sol abrasador y mira hasta donde alcanza la vista, su pequeño reino, su propiedad sedienta y reseca, maldiciendo la sequía en silencio, preguntándose cual de sus muchos pecados será el culpable del castigo divino, de la ausencia de un agua que no viene ni con novenas al santo, ni llenando de duros los bolsillos de la sotana del cura y del jodido obispo, que sólo prometen tener mano izquierda con el altísimo cuando su derecha está agarrando la mejor de las patas de cordero.
Hay que joderse.

El cacique fuma, se mece en su mecedora mientras su orondo cuerpo se balancea grácilmente al son de los crujidos de la estructura de madera y mimbre, pega caladas a un enorme cigarro encendido entre sus dedos y resopla un denso humo gris que se escapa por sus narices, que se escurre entre un bigote amarillento, teñido de nicotina, huyendo hacia un cielo azul, impoluto, que amenaza con sol y buen tiempo durante por lo menos tres semanas más.

El cacique resopla, la colilla cae, choca contra el suelo levantando diminutas ascuas, tose y bebe agua, levanta la mano y al segundo una mujer con cofia y mandil blanco aparece apurada y rellena su vaso vacío, vuelve a beber, vuelve a toser, escupe un gran gargajo verde y aliviado vuelve a perderse entre sus pensamientos.

Quizás va siendo hora de dejar de fumar.

Oye jaleo en a su puerta, ruido de caballos y de golpes en la cancela, perezoso se levanta, como un enorme oso con artrosis encamina lentamente sus pasos hasta la entrada, donde se encuentra con dos hombres vestidos de verde, con tricornio y fusil al hombro, portan desde la capital un enorme sobre lacrado con el sello del gobernador civil y las actas de las futuras elecciones, sólo que con las casillas ya rellenas.

Indiferente, mira el nombre del hombre que ha de ganar, servidor elegido por el pueblo y por los que mandan, sonríe, no hay mayor democracia que la de éstas tierras, donde votan hasta los muertos, donde los impuestos varían en función del color de tu papeleta, donde al que mea fuera del tiesto se le moldean las costillas, se le redecora el careto y se le deja sin trabajo.

El cacique sale a la calle donde las fuerzas vivas esperan instrucciones, enseña los papeles, se da media vuelta.

-Ea, ya saben ustedes lo que tienen que hacer.

De reojo mira al cielo, sigue sin llover, mierda de sequía, son tiempos difíciles pero por suerte, siempre le quedará esta bendita democracia.

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