Ir al contenido principal

Entradas

Mostrando entradas de julio, 2009

Estrellas sobre el asfalto

Judy está convencida de que en otra vida fue Marilyn, camina dando tumbos por Hollywood Boulevard con su misma sonrisa inmensa, inocente y perdida, saludando a todo el mundo con una peluca rubia y un vestido blanco vaporoso decorado con unas sospechosas manchas blanquecinas, que sólo se notan en las distancias cortas, galones ganados en la puta calle, combatiendo de rodillas contra un enemigo que se ha colado en su sangre, un demonio sin escrúpulos que cada seis horas pide alimento, combustible en su camino directo hacia el desastre.
La Monroe de pega se dirige a su trabajo medio zombi, con las pupilas dilatadas y unas grandes gafas oscuras que no terminan de filtrar los rayos de tanta estrella reluciente, cerca del teatro chino saluda a sus compañeros de faena, a Superman, con su rizo engominado, sus músculos de poliespan y su afición por la criptonita, jodido porque por dormir la noche anterior con el culo al aire le ha entrado lumbago; también saluda a un esbirro de Darth Vader, gu…

Bendita democracia

Sin duda, la sombra del ciprés es alargada, bajo su manto móvil, el cacique observa cómo el árbol da las horas arrastrándose por la tapia del jardín, barriendo un suelo seco, sustrato cuarteado para un césped marchito, amarillo ya, repleto de tallos que, vencidos, se doblan sobre si mismos para morir sobre una tierra traicionera.

Pensativo, absorto en un mundo cruel, el cacique se protege del sol abrasador y mira hasta donde alcanza la vista, su pequeño reino, su propiedad sedienta y reseca, maldiciendo la sequía en silencio, preguntándose cual de sus muchos pecados será el culpable del castigo divino, de la ausencia de un agua que no viene ni con novenas al santo, ni llenando de duros los bolsillos de la sotana del cura y del jodido obispo, que sólo prometen tener mano izquierda con el altísimo cuando su derecha está agarrando la mejor de las patas de cordero. Hay que joderse.

El cacique fuma, se mece en su mecedora mientras su orondo cuerpo se balancea grácilmente al son de los crujid…

El primer reportaje de guerra

Cuando Alexander y James llegan al infierno, resulta que éste ya se ha apagado, sólo quedan rescoldos, un paraje desolado, reducido a cenizas, calcinado, un mundo pálido, monocromático y triste, iluminado por un sol que, horrorizado, no quiere alumbrar más los actos de los hombres, penumbra en la que la vida no parece haberse anclado, paraje en el que Dios pasó de largo, despistado, dejando tras de si sólo un rastro de desesperación.

Y es que en Antietam, muchos hombres juran haber visto al mismo diablo, correteando entre las filas de soldados, riendo y aullando tras los cañones, vomitando metralla sobre la carne, recolectando almas a manos llenas; después de la batalla, ésos mismos hombres caminan ahora con la mirada perdida por la rivera del riachuelo, por el maizal, por Dunken Church y Sunken Road, mirando cara a cara a los muertos, reconociendo amigos y enemigos, rostros de soldados sin vida, ejército fantasma cubierto por un polvo gris que oculta insignias y uniformes, que entierr…

Matar al holandés

Charles Workman es como un puto jinete del Apocalipsis, pero sin montura, profesional hasta la médula entra en el Palace Chophouse de Newark tranquilo, con la intención de hacer cumplir la ley de un sindicato que no entiende más protestas que las que emiten, entre súplicas, ojos morados y mocos rojos, aquellos que se las dan de listos, aquellos que osan estafarles un mísero centavo, pobres diablos que con el tiempo irremediablemente lloran y se arrepienten, juran fidelidad eterna justo antes de hacer una ruta turística con pantalones de cemento por la rivera del Hudson.

El sindicato del crimen no acepta que nadie mee fuera del tiesto y Dutch Schultz lo esta haciendo, el holandés es un cabrón con pintas, de la vieja escuela, quiere tumbar al fiscal del distrito Thomas Dewey, por las bravas, sin entrar en razón, sin aceptar que matando a un picapleitos no se arregla nada, sólo se crea un héroe, sólo se atraen más hienas al olor de la sangre.

Dutch está por tanto condenado y a Workman los …

Invitación

Hace unos días, conocí el proyecto de “tu blog en mi blog”, una curiosa iniciativa que invita a los blogeros a hablar de sus motivaciones a la hora de publicar, de las misteriosas razones que a uno le arrastran a teclear frente a musas y dioses binarios para contar historias día si, día también, me interesó el asunto y respondí, así que sin que sirva de precedente hoy dejaremos un hueco entre tanta Historia para hablar de las motivaciones del abajo firmante.

Ustedes perdonen el coñazo.

“No tengo ni idea de los motivos que llevan a las personas a enfrascarse en la ardua tarea de construir y mantener un blog, o simplemente dejarse enredar entre los tentáculos de esta sociedad 2.0 con la que tantos llenan sus bocas de bellas y modernas palabras, no se si será por soledad, por aburrimiento, por diversión, por nobles ideales educativos o por un ego tan grande y tan humano como el hombre, que nos lleva a pensar que las ideas de cada uno siempre son las mejores, siempre merecen ser aireadas al…

El asesinato de Rasputín

Félix quiere matar al monje loco, a Rasputín, liberar al Zar de su maléfica presencia y extirpar, de una vez por todas, al demonio de la casa de los Romanov, hacer limpieza, asesinar al brujo, al profeta, al gigoló, al bastardo venido de Siberia para hincharse de poder como una garrapata agarrada a una arteria, al asceta depravado que con malas artes, ha embrujado al zarevich, a la zarina y a la mitad de las damas de la corte.
Sólo hay un problema y es que faltan huevos, el príncipe Félix Yusupov no es precisamente un asesino profesional, frente a Grigori Rasputin, frente a los ojos penetrantes del loco, el aristócrata se bloquea, se acobarda y se acojona, nota como lentamente, sus testículos se reducen, haciéndose progresivamente más y más pequeños, minúsculos, hasta alcanzar el tamaño de dos canicas nerviosas que sin previo aviso cobran vida propia y comienzan a ascender por el interior de sus tripas y pecho, presas de una energía misteriosa, hasta alcanzar su garganta, el lugar dond…

El duque y el holandés errante

Sobre la cubierta de la Bacchante, en mitad de la nada, perdido en un punto indeterminado entre la inmensidad del océano y la noche austral, el futuro rey se cruza con el fantasma; pequeño, minúsculo, aterrado, el duque adolescente se frota los ojos y mira a su alrededor impresionado por las caras lívidas de los viejos lobos de mar que le acompañan en su aventura, tipos de rostro seco y cuarteado, de manos encallecidas y patas de palo, marinos paridos en la cubierta de un buque y curtidos en mil batallas, en mil tormentas, que sin embargo en ése momento se santiguan y mascullan una oración con el miedo anclado en las entrañas.

Por un segundo piensa que ha perdido el juicio, que sus ojos le engañan fruto de alguna treta, alguna novatada, sin pensarlo corre hacia la amura de babor y arroja su mirada hacia el horizonte oscuro, observando con la boca abierta como frente a él, en silencio, sin levantar oleaje y con el velamen hinchado por un viento inexistente, un bergantín de dos palos y v…

Un justo en Sodoma

Joseph se escurrió sin saberlo entre los dedos de la bestia, partió de Varsovia por casualidades del destino poco tiempo antes de que la muerte, vestida con gorra de plato, insignias gamadas y calaveras en la solapa, llamara a las puertas de su hogar, se paseara por las calles de su infancia levantando muros y construyendo guetos, arando campos capaces de transformar a los seres queridos en cenizas y humo, en simples recuerdos de una vida perdida, de un alma desolada.

Joseph perdió lo que más quería, tenía por lo tanto una cuenta pendiente, y quiso combatir el infierno con el infierno, el fuego con el fuego, porque el joven polaco conocía como pocos, los secretos que se guardaban en el interior de la materia, la inmensa capacidad destructiva atesorada en los átomos, pequeñas cajas de Pandora cuyas llaves estaban por aquel entonces casi al alcance de la propia bestia.

No lo podía permitir, la simple posibilidad de que los nazis obtuvieran la bomba le aterraba, era una carrera de locos, u…

Las almas perdidas

Entre penumbras, arrojando una fina y alargada sombra sobre las sombras de la piedra, el hombre de hábito blanco y capa negra siente como la adrenalina empapa poco a poco cada uno de sus órganos, estimulando su ritmo cardíaco, acelerando su respiración, haciéndole sentir hasta el roce del escapulario sobre su pecho y su espalda, delimitando un contorno de piel y huesos excitados que en el fondo, no son más que un contenedor caduco para una alma oscura, miserable.
Nervioso, el santo varón disfruta como un niño con zapatos nuevos, sus ojos negros, acostumbrados ya a la falta de luz y al tililar de las velas estudian el recinto con las pupilas dilatadas, analizan divertidos el frágil contorno de los hombres desnudos tras las rejas, malditos seres humanos reducidos a categoría de despojo, que le miran desde la antesala del infierno y tiemblan de pavor, haciendo tintinear sus cadenas, produciendo lo que para el Fray es una auténtica y genuina música celestial.
Así, ante la desesperación de…