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Sobre almas y demonios




Amadeo tiene miedo a la muerte, y quizás precisamente por eso se mata poco a poco, lentamente, camina por un mundo hostil con paso firme hacia el desastre, resquebrajándose, abandonando piezas de si mismo en la cuneta del tiempo, fragmentos cortantes de un alma que se ha pintado de negro, que alterna desquiciada miradas de dulzura y odio, que se droga y narcotiza hasta evadirse, hasta perder el sentido, porque el sentido duele, jode, hiere, desgarra su corazón y sus tripas.

Despacito y con buena letra escribe su epitafio maldito sobre las mesas de las tabernas, recita fragmentos de la divina comedia mientras vende su obra por una botella de licor en los cafés de Montmatre, mientras acosa borracho a los clientes, tambaleándose entre las sillas, haciendo de la miseria su hogar y de la tinieblas su alimento.

Modi, el maldito, ama, odia y pinta a sus mujeres a partes iguales, las maltrata, las desnuda, simplifica su cuerpo en líneas infinitas y estilizadas, las regala la eternidad, justo peaje por entregarlas su dolor, como si en su sufrimiento encontrase un bálsamo para sus heridas, chico malo, chicas tontas, hace que le quieran con locura, que inevitablemente elijan entre dos opciones, o huir destrozadas o compartir su mismo oscuro destino.

Derrotado tras luchar contra si mismo, Modi siente hervir su sangre cuando le dicen que Beatrice tiene un nuevo amante, que juntos están celebrando su amor en la fiesta de bienvenida de Braque, junto con Picasso, Ortiz de Zárate, Max Jacob y Marie Vassilieff, lleno de ira, tambaleándose, bufando y acariciando un revólver en el bolsillo de su chaqueta, se presenta el la fiesta sin invitación, grita, aúlla y por un momento esta a punto de hacer correr la sangre.

Pero el pequeño pintor no está en su mejor momento, hoy no habrá representación de ninguna tragedia griega, empujado por Marie Vassilieff tras una breve pelea, Modi acaba rodando escaleras abajo, mordiendo el polvo, besando los adoquines, no es la primera vez, no será la última, maldiciendo su estampa se levanta, se recompone y ríe como sólo saben reír los demonios que lleva dentro.

Arrastrando los pies, se deja guiar una vez más por ellos, pequeños seres rojos con cuernos y rabo, que le espolean y le indican, una vez más, el camino del exceso, pinchando en blando sobre sus entrañas y susurrando en su oído el secreto de la eterna felicidad, tan oscuro como la noche, tan verde como la absenta y tan frágil como el humo del hachís.

Dolorido, pálido y humillado, Modi escucha atentamente y asiente con su cabeza, sin prisa pero sin pausa su alma maldita se pone en movimiento, para pederse por las calles de Paris, con la sana intención de no ser nunca encontrado.

Comentarios

Hispa ha dicho que…
Ad astra per aspera, que se dice...
Javi ha dicho que…
No solo para él, también para muchos de los que le rodearon.

Saludos.