Ir al contenido principal

Miserias doradas



Bautizados con sangre indígena, rojo coagulado sobre metal bruñido, los veinte hombres de Gonzalo Jiménez de Quesada llegan a las tierras sagradas del valle de Suamox al atardecer, a la misma hora en la que aparecen los demonios, reflejando sobre sus aceros toledanos los últimos rayos del Dios Sol, extenuados, malnutridos y enfermos de codicia, los hombres a caballo vienen del otro lado del mundo transportando la muerte en su mirada, en el filo inerte de sus armas, sin vacilar, sin esparajismos, ni amenazas, sin sagradas celebraciones, ni bellos tocados de guerra, se lanzan al galope profesionales en esto del matar, aullando, maldiciendo y blasfemando primero, encomendándose poco después a Santos nunca mentados en éstas tierras, por si acaso; haciendo el suelo temblar bajo los cascos de sus monturas, disparando sus palos de trueno entre polvaredas con olor a azufre y grandes cuchillos y picas, capaces de abrir con facilidad pasmosa las carnes, dejando para siempre tras de si un rastro de horror en los rostros de los vasallos del cacique Tundama.

A los pies del gran Templo del Sol, la batalla es breve, con facilidad, los hombres venidos del este cosechan almas para su Dios por la vía rápida, cristianizando a golpe arcabuz, matando por igual a justos y a pecadores, dejando a San Pedro la noble tarea de separar al que lo merezca.

Sogamoso es sometida más pronto que tarde, con la oscuridad sobre sus cabezas, los indios huyen salvando sus objetos más preciados, abandonando la ciudad a sus nuevos dueños que, prudentes y escasos en número deciden acampar espalda contra espalda, durmiendo con un ojo abierto, y una mano en la misericordiosa, no vaya a ser que durante el sueño, un contraataque les mande a criar malvas antes de tiempo, justo cuando el oro, la riqueza y la fortuna parecen más que nunca al alcance de la mano.

Así que allí están, veinte hombres, o lo que queda de ellos, cansados, somnolientos, desfondados, con las costillas marcadas en su pecho y una colección de heridas y promesas incumplidas en su sesera, hartos de selva, de hambre, de mosquitos, de malaria, de cagaleras y fiebres infernales, de flechas envenenadas y tumbas en el camino, dispuestos a coger lo que ahora es suyo, que los muertos no sueñan mas sueño que el eterno, ni comen, ni necesitan mas monedas que las que cobra el sepulturero.

Allí están, Miguel Sanchez y Juan Rodriguez, con sus ojos irritados abiertos de par en par en mitad de la noche, inyectados en sangre, incapaces de recordar el último día en que durmieron, neuróticos, excitados, codiciosos, mirando fijamente el gran Templo del Sol como mirarían dos perros de presa a un zorro cojo, babeando, callados, maldiciendo en su fuero interno a la madre que parió a Jimenez de Quesada, por hacerles esperar al alba, para poder dedicarse al noble arte del saqueo.

Con un susurro, apenas rompiendo el silencio, como recitando una letanía, Miguel duerme despierto, pinta sus anhelos de color dorado.

-Los Muiscas cubren de oro a sus caciques... de esmeraldas... de piedras preciosas, dicen que les cargan de tesoros... que los tiran al lago en inmensas ofrendas...

Sin quererlo, mientras habla, el soldado se sitúa a medio camino entre la vigilia y el sueño, distorsionando su discurso, mezclando palabras, inventándoselas, emitiendo gruñidos, sonidos sin sentido en un mar de frases inconexas, un dialecto extraño en el que al final solo se entiende claramente una palabra.
-Eldorado....

Una locura, una dulce locura oculta en lo más profundo de un infierno verde; débiles y desobedientes, los dos hombres sucumben a su codicia, en mitad de la noche, con un par de antorchas y sin ser vistos por el grupo se presentan en el gran templo, hipnotizados por la gran construcción hecha en madera de guyacán, paja y esparto, no tardan en violar de una patada la entrada, apartando de un empujón al anciano sacerdote que armado de razones sale a su encuentro como último legítimo dueño y protector del legado de sus antepasados.

Si es un sueño, los hombres de Quesada no quieren despertar, sobre las tumbas de antiguos caciques olvidados, grandes máscaras funerarias de oro y esmeraldas descansan por los siglos de los siglos, junto con hermosos tocados, bellos vestidos y complejas piezas de orfebrería que parecen tililar como estrellas en el firmamento.
Desquiciados, Miguel y Juan arrojan sus antorchas encendidas a suelo de esparto y casi sufren un orgasmo, con ambas manos despojan de oro a los muertos, se llenan sus bolsillos enloquecidos, olvidándose de las leyes de la física y la combustión, llamas que se extienden en un abrir y cerrar de ojos, que escalan por las paredes y corren ligeras por los techos, devorando anhelos, fortunas y regias calaveras, obligando a los saqueadores a salir por piernas, chamuscados, humillados, dejando atrás la fortuna que por un segundo creyeron acariciar con la punta de sus dedos.

De vuelta al mundo cruel, Miguel y Juan caen de rodillas y vomitan medio asfixiados mientras el infierno se desata, luchando por introducir una bocanada de aire limpio en sus pulmones, sólo pueden deslizar una última mirada a sus espaldas, a lo que pudo ser y no fue, sólo para oír a la perfección unas sonoras carcajadas, de ultratumba, momias que desde eldorado en llamas, les maldicen y les saludan, deseándoles el más cruel de los destinos.

Comentarios

Markos ha dicho que…
Casi me ha parecido estar metido en la escena sudando, saqueando y ahogándome.
Estupendo.
Salu2
Javi ha dicho que…
Gracias por el cuimplido.

Saludos