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Los ovarios de Lucie




Cuando el furgón acelera, vibra y chirría como un gran gorrino metálico camino del matadero, el viejo Citroën está en las últimas pero tira millas, parece ir dejando un rastro tras de si, de tornillos y aceite, fragmentos de carrocería de un vehículo reconvertido en coctelera sobre cuyo asiento del copiloto Lucie, sin embargo, medita tranquila mientras baja la ventanilla, mientras deja entrar un pequeño vendaval helado que revuelve su pelo y enfría las pequeñas gotas de sudor que corren por su cuello.

La procesión va por dentro, sin prisa pero sin pausa, la mujer monta la metralleta Sten que reposa en su regazo, cuidadosamente se asegura de que esté bien engrasada, de que no haya la más mínima mota de polvo en el cargador que obstaculice el correcto fluir de las balas, la ración de muerte y plomo con la que va a recuperar lo que es suyo, le pese a quien le pese.

Actúa mecánicamente, siguiendo unos pasos bien aprendidos, cien veces ensayados, grabados a fuego en su memoria, mientras lo hace sin embargo su imaginación vuela, se libera de lo que tiene entre manos y recuerda los viejos tiempos, los buenos tiempos en los que las profesoras de historia embarazadas no empuñaban otra cosa que no fuera un trozo de tiza.

Mundo de locos, cuando el Citroën adelanta al camión de transporte de la Gestapo que circula frente a ellos, el conductor de éste ve a una guapa muchacha que le saluda, que le hace señas entre sonrisas, aminora y baja la ventanilla, le dice “que bonitos ojos tienes cordera”; un minuto antes de ver un brillo metálico entre sus manos piensa que es su día de suerte, un segundo antes de morir piensa que esa noche no va a dormir solo.

La ráfaga le destroza, por un extraño milagro, la Sten, que falla mas que una escopeta de feria, consigue proyectar media docena de balas sobre la jeta del asombrado “deutsche”, extender sus sesos sobre el salpicadero, al desplomarse sobre el volante, el camión-celda alemán pega un bandazo, a punto está de volcar pero al final se detiene, mansamente sobre la cuneta, tres guardas se bajan mareados y dando gritos, con intención de tirar de hierro como buenos soldados nacionalsocialistas, no les dejan, antes de que digan “este Fürher es mío”, Lucie y los suyos les cosen a balazos, les rematan en el suelo con la saña del que salda viejas deudas, viejas cuitas, sacan del transporte a su gente, entre otros a Raymond, el marido de la historiadora al que una bala amiga le ha entrado por el carrillo y le ha salido por la oreja, a pesar de todo sobrevivirá, salvará el culo antes de su ejecución inminente, como el resto de prisioneros que iban camino del paredón.

Lucie recupera lo que es suyo, nadie podría impedirlo, ni Hitler, ni Klaus Barbie, ni la puta que les parió a todos, recoge del suelo a Raymond, le salva la vida, le cura, huye con él camino del exilio, buscando un lugar donde les dejen vivir en paz, con dos ovarios.

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