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La buena mierda




Cuando el Dr John R Brinkley encuentra al cabrero Stittsworth, algo no funciona correctamente en la entrepierna de Stittsworth, un trozo de carne muerta cuelga sin remedio, un apéndice laxo y cabizbajo incapaz de mirar al cielo, origen de las penas de un hombre de campo que camina por el mundo con cara de amargura, que observa con envidia el furor sexual de sus animalicos, criaturas de Dios que ante la brevedad de sus vidas se dedican al fornicio desatado entre balidos de felicidad.

Por suerte para el granjero, el doctor Brinkley no es un doctor cualquiera, quizás porque entre otras cosas no tiene título oficial, más tieso que la mojama, el galeno es un genio incomprendido, un estudioso de la prestigiosa Universidad Médica Ecléctica de Kansas que por quinientos pavos ha colgado un bello trozo de papel ribeteado en la pared de su clínica.

Tras por lo menos diez minutos de intensa actividad mental, nuestro amigo John no tarda en encontrar la solución a los problemas de Stittsworth, una genialidad única, que consiste en cortarle los testículos a una cabra y bisturí mediante, insertarlos al pastor en el interior de su bolsa escrotal; el puto amo, la gallina de los huevos de oro, la pica en Flandes, la solución discreta y definitiva a la mayor pesadilla del auténtico macho americano.

Pronto, para desgracia de las pobres cabras y gracias a la radio que el propio Brinkley regenta, la noticia de su nuevo método se extiende como el fuego sobre la pólvora.

-¡Póngase usted unos huevos nuevos por tan solo setecientos cincuenta retratos en verde de George Washington, sea feliz a un módico precio!

Maestro de charlatanes, ídolo de publicistas, las cuñas radiofónicas de Doc Brinkley, se olvidan de señalar algunas pequeñas molestias y efectos secundarios de la intervención, a saber, tumoraciones, edemas, infecciones, pérdida del órgano intervenido, sepsis y muerte, nada que la virgen de Lourdes no pueda arreglar.

Así, el matasanos encuentra su maná particular, la manera de hacerse rico sin esfuerzo, que de la cárcel se sale, pero de la miseria no, extendiendo su método a la cura de otras veintisiete patologías que van desde la infertilidad hasta el cáncer.

Y sin embargo la felicidad del médico tiene fecha de caducidad, motivado sin duda por una envidia malsana, unos malditos doctores oficiales capitaneados por un tal Fishbein, con sus batas blancas, sus títulos de verdad y sus remilgadas visiones del I+D, un buen día le cerrarán el chiringuito, le prohibirán el ejercicio médico y casi le meterán entre rejas.

No importa, después de la tormenta siempre viene la calma y la gente como el Doctor John R Brinkley es como la buena mierda, que siempre se las arregla para salir a flote.

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