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Ibrahim y las tijeras de Josefa.




Ibrahim es nieto, hijo y padre de guerreros, y bajo su colorido turbante corre sangre orgullosa de sus antepasados, una extirpe que se remonta a los albores del tiempo, esclavos que se ganaron su libertad y respeto a base de partirse la crisma por el Islam, luchando contra el infiel, degollando cruzados y mongoles, protegiendo califas, emires y sultanes, escabechando los mismos cristianos bajo cuya bandera, ironías del destino, ahora le toca servir.

Mientras carga y fija las pistolas a su cintura, mientras desenvaina su cimitarra y coloca el dejerdis sobre su montura aparentemente está tranquilo, es un profesional, veterano de Austerlitz, por el filo de su espada ha fluido la sangre de media docena de países, egipcios, franceses, turcos, austriacos y rusos, con democrática pasión los ha pasado a cuchillo por igual, ha abierto sus carnes y les ha arrebatado la vida, con un ojo en el enemigo y otro en el Corán se ha lanzado a tumba abierta contra las oscuras bocas de los cañones, esquivando balas y metralla, flechas y venablos, con las pirámides a la espalda se ha jugado la vida a cara o cruz , dando mandobles a diestro y siniestro, sufriendo la derrota y la humillación bajo las órdenes de Murad Bey, ante el pequeño dictador que ahora asola Europa, convirtiéndose en mercenario ha cambiado de señor pero no de oficio, de bandera pero no de condición.

Cuando Ibrahim entra en la Plaza de la Cebada, mira de reojo a sus compañeros mamelucos antes de, a voz en grito, encomendarse a su Dios y con determinación clavar sus espuelas sobre su corcel; por un segundo maldice a Murat por hacerle asesinar gente indefensa, por encomendarles un trabajo tan sucio y poco honorable.

Así, la carga enfila la muchedumbre, desde su posición privilegiada, Ibrahím pasa como un rayo de muerte sobre los sediciosos más adelantados, les abre la cabeza, siente las gotas de su sangre salpicar su cara y su guerrera, rojo pasión sobre sedas de oriente, lanza su yegua emitiendo un grito de ultratumba, aullando contra un grupo de hombres que sin embargo no huyen, que se vuelven y le plantan cara, locos inconscientes que desconocen la buena maña que los mamelucos se dan en esto del matar, por un segundo, antes del encontronazo, el egipcio mira a los ojos de sus enemigos y permite que un presagio funesto cruce por su cerebro, arremete contra ellos con fuerza, el golpe es demoledor, espoleada, la yegua de Ibrahim salta y penetra e el gentío al son de huesos rotos, una masa uniforme que absorbe el impacto, que debiera disolverse, que aterrada debiera correr buscando refugio.

Y sin embargo no se mueven, y sin embargo aguantan, como pequeños demonios saltarines, morenos, cejijuntos, con sus patillas arregladas y con sus navajas de reyerta abiertas de par en par se cierran buscando el cuerpo a cuerpo, haciendo un nudo en el estómago de Ibrahim que no deja de dar mandobles mientras ve como las tripas de su fiel yegua besan el suelo, el animal salta y da una ultima coz sin saber que ya está muerto, y junto con el caballero se desploma con estruendo.

El soldado mira a su alrededor, la cosa se complica, el compañero que corre en su auxilio recibe el impacto de una maceta desde las alturas y cae si sentido sobre un jardín de navajas albaceteñas, que le reciben con cariño, Ibrahim tira de pólvora, dispara una vez y otra, y al final se encuentra empuñando su daga frente a un chulapo que le mira con una media sonrisa en la boca, contento de poder dialogar de tu a tu con el mameluco.

Pero Ibrahim es un guerrero, un profesional, revolcado por el suelo sabe jugar a un juego mortal que gana el que antes pinche sobre blando, se defiende con arte, con esfuerzo consigue inmovilizar al muchacho que le ataca, acerca la punta de su daga a su cuello y un minuto antes de clavar el metal sobre la carne casi siente pena por el mozo, por su valor estúpido.

Josefa Rodriguez es costurera, hija de costurera y será madre de costureras, última de una extirpe de mozas que llevan cinco siglos quitando el hipo a los hombres de Madrid, ha pasado los últimos dos años pelando la pava con Manuel Benitez, muchacho de poco mas de veinte años que ahora mismo anda enredado por los suelos con un moro venido de Dios sabe donde, intentando encontrar en su entretelas un hueco para cortarle el pescuezo, topando el aire con cada envite.

Quinientos años de batallas contemplan al guerrero, quinientos años y unas tijeras, que afiladas dejarán de cortar tela para cortar carne, que en manos de Josefa tienen mas peligro que las tropas Austrohúngaras, los húsares de Napoleón y los cañones de Navarone.

Ibrahim antes de morir siente una sombra en su espalda, es lo último que percibe, sin tiempo para encomendarse a nadie, observa como con un grito agudo, dos puntas afiladas se dirigen a sus ojos, hurgan en su sesera, defendiendo a un hombre valiente pero torpe, haciendo el trabajo que, salvo honrosas excepciones, casi todo el ejercito de Carlos IV, con sus cañones, sus banderas y sus uniformes de colorines, no han sabido, no han querido o no han podido hacer.

Comentarios

Hispa ha dicho que…
No se puede contar mejor.

Saludos y gracias por el ratito.
Javi ha dicho que…
Me algro de verte por aqui, y espero verte pronto por el ojo del tuerto.

Saludos
Hispa ha dicho que…
A partir del lunes. Ya estoy programando entradas.
Javi ha dicho que…
¡Algro, en vez de alegro!¡Dios Santo, tengo muñones por dedos o que!

El lunes alli estaré.

:)
Markos ha dicho que…
Estupendo relato, me ha encantado.
He disfrutado y he aprendido.
Salu2
Javi ha dicho que…
Mil gracias, Markos.

Saludos