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El secreto de la vida




En una pequeña habitación blanca, en Cambridge, rodeados de vidrio, tiza y papeles, James y Francis estrujan su sesera intentando recomponer un puzzle, uno muy pequeño, diminuto, que sin embargo tiene grabado sobre sus piezas la solución a un misterio insondable, mapa del tesoro que los ojos de los hombres, en su infinita ceguera, hasta ése día no han sido incapaces de desvelar, la estructura de una pequeña llave helicoidal, frágil y microscópica que custodia, ingenio del tiempo y la evolución, el destino y los secretos del propio ser humano.

El ADN.

Como suele pasar con estas cosas, James y Francis, probablemente no son los tipos más listos del lugar, ni los más respetados, ni acumulan en las paredes de sus despachos docenas de titulaciones y premios, aún no, quizás por su juventud, se parecen mas a dos niños superdotados que juegan con piezas de madera, que dejan volar su imaginación construyendo castillos en el aire, estructuras imposibles, imaginando un modelo y comparándolo con las pocas pistas que la realidad proporciona, modificando progresivamente la llave hasta que encaja en una cerradura invisible, hasta que abre el baúl de Long John Silver.

Así, sobre un modelo de cartón, James Dewey Watson y Francis Crick se dejan obsesionar por la estructura del ácido desoxirribonucleico, como engarzando las perlas de un collar, emparejan los nucleótidos sobre las cadenas fosfatadas, en una doble pista helicoidal donde las bases nitrogenadas, adenina, timina, citosina y guanina, miran al interior, enlazándose entre si fieles a su pareja, transportando la información de lo que somos, de padres a hijos, de generación en generación, en un juego de gatos y ratones que tiene como objetivo esquivar a la misma muerte.

Ahí es nada, el ADN, código con el que se construye la carcasa de genios y asesinos, de dictadores y santos, espada de Damocles sobre nuestras cabezas, tirano que nos salva o nos condena de las más terribles enfermedades, nuestra esencia, el corazón bombeando sangre en el hombre de hojalata.

En Febrero de 1952, James y Francis se reunirán con amigos y colaboradores en el Pub Eagle de Cambridge, tras meses soñando con dobles hélices, compitiendo contra otros laboratorios y contra otras universidades, en los que incluso llegaron a hacerse de estrangis con el trabajo realizado por gente como Rosalind Franklin (con quien por aquel entonces se llevaban a matar y sin cuyos estudios de difracción de Rayos X probablemente no hubiesen podido hacer nada), por fin ése día las pintas correrán a cuenta de los descubridores.

Durante el festejo, alguien se acerca a Francis Crick por la espalda, viéndole eufórico y posiblemente un poco pedo, da una palmada al futuro Nobel y pregunta.

-¿Qué habéis descubierto?

Francis no se corta, contesta con sinceridad.

-El secreto de la vida.

Una respuesta que sin duda pasará a la Historia.

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