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Mostrando entradas de junio, 2009

El secreto de la vida

En una pequeña habitación blanca, en Cambridge, rodeados de vidrio, tiza y papeles, James y Francis estrujan su sesera intentando recomponer un puzzle, uno muy pequeño, diminuto, que sin embargo tiene grabado sobre sus piezas la solución a un misterio insondable, mapa del tesoro que los ojos de los hombres, en su infinita ceguera, hasta ése día no han sido incapaces de desvelar, la estructura de una pequeña llave helicoidal, frágil y microscópica que custodia, ingenio del tiempo y la evolución, el destino y los secretos del propio ser humano.

El ADN.

Como suele pasar con estas cosas, James y Francis, probablemente no son los tipos más listos del lugar, ni los más respetados, ni acumulan en las paredes de sus despachos docenas de titulaciones y premios, aún no, quizás por su juventud, se parecen mas a dos niños superdotados que juegan con piezas de madera, que dejan volar su imaginación construyendo castillos en el aire, estructuras imposibles, imaginando un modelo y comparándolo con las…

Miserias doradas

Bautizados con sangre indígena, rojo coagulado sobre metal bruñido, los veinte hombres de Gonzalo Jiménez de Quesada llegan a las tierras sagradas del valle de Suamox al atardecer, a la misma hora en la que aparecen los demonios, reflejando sobre sus aceros toledanos los últimos rayos del Dios Sol, extenuados, malnutridos y enfermos de codicia, los hombres a caballo vienen del otro lado del mundo transportando la muerte en su mirada, en el filo inerte de sus armas, sin vacilar, sin esparajismos, ni amenazas, sin sagradas celebraciones, ni bellos tocados de guerra, se lanzan al galope profesionales en esto del matar, aullando, maldiciendo y blasfemando primero, encomendándose poco después a Santos nunca mentados en éstas tierras, por si acaso; haciendo el suelo temblar bajo los cascos de sus monturas, disparando sus palos de trueno entre polvaredas con olor a azufre y grandes cuchillos y picas, capaces de abrir con facilidad pasmosa las carnes, dejando para siempre tras de si un rastro…

Las letras de ceniza

Hipnotizados, los ojos de Klaus miran abiertos de par en par el brillo de la imbecilidad humana, azules, atónitos y emocionados, son espejo sobre el que se refleja un mundo en descomposición, una gran hoguera que no es más que un preludio evidente del desastre, frente a él, en la Opernplatz, el fuego inmenso se desata, acompañado por un crepitar seco, continuo, agónico, como si antes de ser devorados, los libros que allí se consumen emitieran un último aullido de dolor, una última súplica inútil, inaudible para unos verdugos que se regocijan en su sordera.
Las llamas purificadoras se yerguen poderosas sobre la razón humana, se cuelan a través de las pupilas del estudiante contaminando su humor vítreo, redecorando su retina, imprimiendo en su recuerdo una imagen en amarillo, rojo y negro que no olvidará jamás, vergüenza futura, postal trágica que ilustrará un hueco, un vacío inexplicable en las estanterías del conocimiento, llenado apresuradamente con palabras ausentes, sin significado…

Sobre almas y demonios

Amadeo tiene miedo a la muerte, y quizás precisamente por eso se mata poco a poco, lentamente, camina por un mundo hostil con paso firme hacia el desastre, resquebrajándose, abandonando piezas de si mismo en la cuneta del tiempo, fragmentos cortantes de un alma que se ha pintado de negro, que alterna desquiciada miradas de dulzura y odio, que se droga y narcotiza hasta evadirse, hasta perder el sentido, porque el sentido duele, jode, hiere, desgarra su corazón y sus tripas.

Despacito y con buena letra escribe su epitafio maldito sobre las mesas de las tabernas, recita fragmentos de la divina comedia mientras vende su obra por una botella de licor en los cafés de Montmatre, mientras acosa borracho a los clientes, tambaleándose entre las sillas, haciendo de la miseria su hogar y de la tinieblas su alimento.

Modi, el maldito, ama, odia y pinta a sus mujeres a partes iguales, las maltrata, las desnuda, simplifica su cuerpo en líneas infinitas y estilizadas, las regala la eternidad, justo pe…

Valfierno y el robo de la gioconda

Eduardo de Valfierno está más tieso que la mojama, canino, camina con su sombrero de bombín y su impecable vestido de raya diplomática por las calles de Paris, con un par de agujeros en los calcetines y una sonrisa amable que esconde bajo los labios una hilera de dientes puntiagudos, de tiburón, que se afilan solos cuando su olfato detecta al kilómetro algún panoli al que aliviar fácilmente la cartera.
Valfierno es Marques por decisión propia y timador por necesidad, que no hay nada como el hambre para agudizar el ingenio y además, en sus manos, misterios de la condición humana, el vil metal tiende a escurrirse con facilidad, se evapora, desaparece y vuela libre como un pájaro, porque después de todo la vida es breve y las piernas en el Molino Rojo son largas, demasiado.
Sentado entre hileras de humo y ligas de color rojo pasión, las curvas le envuelven, se enroscan y le hipnotizan, le acompañan en su soñar despierto mientras planea, con su compañero Yves Chaudrón el golpe perfecto, la …

Ibrahim y las tijeras de Josefa.

Ibrahim es nieto, hijo y padre de guerreros, y bajo su colorido turbante corre sangre orgullosa de sus antepasados, una extirpe que se remonta a los albores del tiempo, esclavos que se ganaron su libertad y respeto a base de partirse la crisma por el Islam, luchando contra el infiel, degollando cruzados y mongoles, protegiendo califas, emires y sultanes, escabechando los mismos cristianos bajo cuya bandera, ironías del destino, ahora le toca servir.

Mientras carga y fija las pistolas a su cintura, mientras desenvaina su cimitarra y coloca el dejerdis sobre su montura aparentemente está tranquilo, es un profesional, veterano de Austerlitz, por el filo de su espada ha fluido la sangre de media docena de países, egipcios, franceses, turcos, austriacos y rusos, con democrática pasión los ha pasado a cuchillo por igual, ha abierto sus carnes y les ha arrebatado la vida, con un ojo en el enemigo y otro en el Corán se ha lanzado a tumba abierta contra las oscuras bocas de los cañones, esquiva…

El hogar de los hombres cuerdos

De pie frente a la pared, con la cabeza apoyada sobre la misma, Leónidas está a punto de curarse, sus pupilas dilatadas observan con detenimiento cada milímetro del blanco alicatado, descubren y contabilizan divertidas las motas de suciedad que jalonan los azulejos del baño, las de la esquina hacen mil doscientas veinticuatro, mientras suma, ríe nervioso y se muerde las uñas, se saca la chorra, orina y camina alegre por un mundo monocromático que ha invadido su cerebro, que ha ocupado por la fuerza el lugar donde debieran estar sus recuerdos.

Todos los hombres cuerdos tienen cabida en la casa de los locos, en las psikhushkas, el lugar donde el camino entre la cordura y la enfermedad se recorre varias veces, en distintos sentidos, donde los cerebros se lavan como su fueran calcetines y la NKVD sana la más peligrosa de las enfermedades, la de el sentido crítico.

Leónidas estaba perdido pero le han encontrado, indefenso, ahora se siente como un niño entre una multitud sin rostro, como un n…

De Diosas y corazones rotos

Cuando Margaretha se mueve, los corazones se paran en el Museo Guimet, con cada paso, la extraña mujer anula los sonidos que la envuelven, dinamitándolos con su sola presencia, consciente de su poder, roba la voz a los hombres y los hipnotiza, haciendo que la rodeen, deseándola, devorándola con unos ojos lascivos, grandes como platos, que anhelan cada parte de su cuerpo, que estudian con detenimiento cada centímetro de su piel desnuda, con un nudo en el estómago, sufriendo amagos de infarto cada vez que uno de sus velos acaricia el suelo.

Como en un cuento oriental, Margaretha no tiene un genio escondido en una lámpara, pero si una docena de amantes multimillonarios que la colman de caprichos, que construyen en torno a ella un mundo nuevo, perfecto, dorado, que la permiten huir mientras baila, correr hacia delante sin mirar atrás, dejando en la cuneta un pasado resquebrajado, desestructurado y terrible, donde la miseria, la enfermedad y la muerte acechan detrás de cada esquina, donde e…

La buena mierda

Cuando el Dr John R Brinkley encuentra al cabrero Stittsworth, algo no funciona correctamente en la entrepierna de Stittsworth, un trozo de carne muerta cuelga sin remedio, un apéndice laxo y cabizbajo incapaz de mirar al cielo, origen de las penas de un hombre de campo que camina por el mundo con cara de amargura, que observa con envidia el furor sexual de sus animalicos, criaturas de Dios que ante la brevedad de sus vidas se dedican al fornicio desatado entre balidos de felicidad.

Por suerte para el granjero, el doctor Brinkley no es un doctor cualquiera, quizás porque entre otras cosas no tiene título oficial, más tieso que la mojama, el galeno es un genio incomprendido, un estudioso de la prestigiosa Universidad Médica Ecléctica de Kansas que por quinientos pavos ha colgado un bello trozo de papel ribeteado en la pared de su clínica.

Tras por lo menos diez minutos de intensa actividad mental, nuestro amigo John no tarda en encontrar la solución a los problemas de Stittsworth, una ge…

Los ovarios de Lucie

Cuando el furgón acelera, vibra y chirría como un gran gorrino metálico camino del matadero, el viejo Citroën está en las últimas pero tira millas, parece ir dejando un rastro tras de si, de tornillos y aceite, fragmentos de carrocería de un vehículo reconvertido en coctelera sobre cuyo asiento del copiloto Lucie, sin embargo, medita tranquila mientras baja la ventanilla, mientras deja entrar un pequeño vendaval helado que revuelve su pelo y enfría las pequeñas gotas de sudor que corren por su cuello.

La procesión va por dentro, sin prisa pero sin pausa, la mujer monta la metralleta Sten que reposa en su regazo, cuidadosamente se asegura de que esté bien engrasada, de que no haya la más mínima mota de polvo en el cargador que obstaculice el correcto fluir de las balas, la ración de muerte y plomo con la que va a recuperar lo que es suyo, le pese a quien le pese.

Actúa mecánicamente, siguiendo unos pasos bien aprendidos, cien veces ensayados, grabados a fuego en su memoria, mientras lo h…