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Patty cogió su fusil




Cuando Patty entra en el banco, parece una chica de la cruz roja vestida por Tarantino, mientras encañona al cajero, nota como la adrenalina hierve a borbotones en su interior, haciéndola sudar un líquido frío, viscoso, que se adhiere al gatillo de su M1 y hiela su espalda, convirtiéndose en el mejor indicativo de que, a pesar de todo, aún sigue viva.

Camina por la alfombra del Hibernia Bank como una forajida con clase, como si fuera la hija ilegítima del Audrey Hepburn y Billy el niño, en un pase de modelos desquiciado apunta al personal con elegancia, como si sus balas no contuviesen plomo, como si estuviera viviendo una pesadilla extraña de la que la está costando despertar, una película surrealista sin director grabada en blanco y negro por las cámaras de seguridad.

Y es que el cerebro de la heredera está bloqueado, reseteado por el miedo, misterio de la naturaleza humana que hace a la víctima trasmutarse en verdugo; el puto terror que interfiriere entre las conexiones del alma, que modifica los sentimientos, que los entierra bajo el mayor de todos los instintos, el de la supervivencia.

Y es que Patty ya no es una niña bien, en el fondo de su maltrecho corazón sabe que no quiere ser una mártir, que cincuenta días de secuestro, de maltrato, de abuso, con los ojos vendados y encerrada en un armario son suficientes para comerse el odio por el hijo de perra que te destroza, para sustituir la mirada de terror por una dulce sonrisa, porque con cada sonrisa las raciones de comida aumentan y los puñetazos de convierten en bofetadas, con cada proclama antiimperialista aprendida de memoria las probabilidades de acabar en una cuneta con un tiro en la nuca disminuyen y al final la vida es lo que cuenta.

Y Patty esta viva, se siente viva, ha aprendido a amar a su gran hermano particular, a destilar odio por todo lo que él odia como premisa indiscutible para seguir respirando, si hay que luchar, se lucha, si hay que robar, se roba, si hay que abandonar los recuerdos de una vida, se abandonan.

Poco a poco se ha visto petrificada, unida por unos hilos invisibles a un tipo que gobierna sus extremidades, enredada y atrapada, camina por el banco con su carabina en ristre dispuesta a vender caro su pellejo, presa de un síndrome con nombre de capital sueca, coge el dinero y corre, decide salvar al mundo para así de alguna manera, poder salvarse a si misma.

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