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El material más barato del mundo




Jackson tiene doce años y ha decidido cambiar su nombre por el de Rambo, para poder parecerse así algo más a su ídolo, ha llegado a ésa conclusión mientras ve por décima vez como el tipo duro con su M60, envía en cámara lenta una lluvia de proyectiles sobre sus enemigos, haciéndoles picadillo sin mover una sola facción del careto, con los cartuchos vacíos de la “cerda” cayendo como una cascada de muerte sobre la tierra, sembrando de metal el suelo, de fuego el aire y de emoción el corazón del joven espectador.

El cine suele gustar a los niños, conforme avanza la película en el viejo reproductor, Jackson y sus hermanos, sincronizan sus latidos con los disparos del actor y dejan que la adrenalina invada sus pequeños cuerpos, sus mentes en desarrollo, aúllan como pequeñas hienas en celo, se revuelven en su sitio, saltan sedientos de sangre, jalean a su héroe y al grito de ¡Rámbo mátalos! celebran cada ruso muerto.

La magia del séptimo arte, sólo que Jackson no sabe de efectos especiales, de bolsitas de sangre y balas de fogueo, de entrenadores personales y repeticiones de tomas, de explosiones controladas y pistolas de juguete, porque cuando Jackson dispara a alguien, la sangre que salpica su rostro no es zumo de tomate, sino que suele tener restos de hueso, de cráneo y sesos, cuando alguno de sus hermanos corta una mano, una oreja o la lengua de algún prisionero, ésta no es de látex, está hecha del material más barato del planeta, el sufrimiento humano.

El mundo en el que vive Jackson es una mierda y al revés que en las películas, no tiene botón de “pause”, solo es medianamente aguantable gracias al alcohol, la marihuana en cantidades industriales y el brown-brown, la indispensable mezcla de cocaína y pólvora que facilita el fluir del odio, que como un tamiz filtra los sentimientos y bloquea cualquier sensación de culpabilidad.

Es progresivo, la negrura devora su alma, si pudiera recordaría su infancia, pero no puede porque algún hijo de perra se la robó demasiado pronto, es necesario encallecerse, poco a poco olvidar a la familia muerta, reemplazarla por sus compañeros de armas y seguir matando, buscando venganza, dejándose cortejar por la inmensa sensación de poder que supone la capacidad de decidir sobre la vida y la muerte de algún desgraciado, por la sensación casi orgásmica de oler el terror en la mirada de un adulto.

Cuando termina la proyección, mientras a miles de kilómetros de Monrovia una estrella de Hollywood mide sus bíceps frente al espejo y ensaya la mejor de sus sonrisas, Jackson Rambo esnifa sobre su machete y carga con su Kalashnikov, desplaza el cerrojo de su arma y se prepara para ser el prota de su propia película, una de terror y drama cuyo argumento, jodido mundo cruel, a nadie le importa un carajo.

Comentarios

Markos ha dicho que…
Además de haber contado una verdad tan grande como trágica, lo has hecho de forma impecable. Me ha encantado el texto.
Pero esos pequeños seguirán siendo barro en manos de delincuentes acomodados.
Salu2
Javi ha dicho que…
Gracias, Markos, por tu visita y tu comentario.

Saludos.
Unknown ha dicho que…
Demasiado bien, disfruté la redacción A+A+A+