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El hombre y el miedo.




El miedo huele a orín, es salado y transparente como las lágrimas, perfectamente capaz de teñirse de rojo cuando se mezcla con la sangre y de negro cuando lo hace con la tierra, con el polvo o con la mierda, es imprevisible, un dictador caprichoso que tiembla, que puede secuestrar el alma y petrificar el cuerpo, que juega a su antojo con los músculos, los huesos y las articulaciones, convirtiéndolos en una rígida carcasa, un triste y frágil envoltorio del ser humano.

Tiene a veces forma de persona, viste ropas grises y empuña artefactos metálicos, se cuelga medallas, se esconde en las miradas y conquista el aire con un grito, trasformándose en palabras, en verbos que golpean, que hieren sin tocar la carne, que hacen del cobarde un héroe y del héroe un cobarde, se transmite con la facilidad de un virus y corre de boca en boca a la velocidad del rayo.

El hombre es frágil ante su poder, conquista países y los destruye, bajo su régimen los malditos se sienten a gusto, encuentran el sustento para multiplicarse, para crecer y poblar la tierra, para matar y morir por ideas esquizoides, para poder modelar a gusto las facciones de un adolescente que aún no es hombre, destruyendo su inocencia, sacrificándola sin sentido en un altar construido por y para dementes, justificando lo injustificable.

El miedo se transforma fácilmente en un aullido de auxilio, vota democráticamente a dictadores sin escrúpulos, llama a una madre lejana y suplica por volver a casa, impide que alguien se pregunte que demonios hace un niño en una trinchera y quien es el hijo de perra que lo permite.

El miedo, al fin y al cabo, forma parte del hombre, esta escrito en su código genético, junto a nucleótidos y proteínas, nace y crece desde sus entrañas, se enreda en él y se une a él, le permite sobrevivir, le humaniza y deshumaniza a la vez y a veces, incluso, resulta que puede ser fotografiado.

PD: Fotografía vía Historias con historia.