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Banksy




En la puta calle, los muros grises de la ciudad son el lienzo perfecto para ajustar cuentas con el mundo cruel, sobre el frío asfalto, Banksy decora el hogar a cielo abierto de mendigos y prostitutas como un poético justiciero enmascarado, iguala de alguna extraña manera su realidad de cartón y vino picado, sus medias de rejilla y condones de sabores, a la del planeta lejano donde actores y estrellas del rock de sonrisa perfecta pasan la vida entre flashes de fotógrafos y anhelos de adolescentes.

Sobre las tapias desnudas de la gran ciudad, sobre el desquiciado y desquiciante muro de Palestina, sobre las destartalas chozas destruidas por Katrina en los barrios de Nueva Orleáns, el grafitero deja presentes de cincuenta mil libras, democratiza su arte cobrándoselo a los ricos y regalándoselo a los pobres.

Desde el más estricto anonimato, Banksy pinta ratas que cantan, bailan, sacan fotografías, hacen turismo, visten corbata y portan maletines de piel mientras se protegen de la lluvia bajo elegantes paraguas negros, insertadas en la ciudad, decoran la incesante rutina monocromática de los hombres grises, haciéndoles reflexionar por un segundo, humanizando al roedor y “ratificando” al humano, expresión peluda de un artista que atónito mira a sus congéneres desde cada esquina con los dedos manchados de pintura.

A Banksy, no le gusta la realidad, y por eso la altera a su gusto, reproduciéndola no como es y si como debiera ser, arrebatándola el disfraz del eufemismo, construyendo trampantojos que engañan y sorprenden, ventanas sobre edificios sin ventanas, por las que entra aire limpio y puro, ironía condensada, penas que por no poder llorar se ríen del mundo a carcajada limpia bajo la máscara del grafitero.

En las murallas de Banksy, los soldados son registrados por niñas indefensas, los bobbys declaran su amor en la vía pública, los manifestantes encabronados sustituyen sus cócteles molotov por ramos de flores, la guardia real hace un descanso para echar una meadita y los amantes furtivos escapan de maridos cornudos descolgándose desde las alturas.

Todo tan real como la vida misma.

Desde su web el hombre misterioso sigue riéndose después de todo y proclama un manifiesto que es toda una declaración de intenciones.

“Cuando era pequeño rezaba todo los días a Dios para que me diera una bicicleta nueva, entonces me di cuenta de que Dios no funciona de ésa manera, así que robé una y recé para ser perdonado”

Comentarios

Hispa ha dicho que…
Como diría Warren Sanchez: "Lo difícil no es pecar y luego arrepentirse, sino arrepentirse primero y luego pecar."

Dales tiempo; aún veremos subastarse una fachada de Bansky en Sotherby's por unos cuantos milloncejos...
Javi ha dicho que…
De hecho creo que algunos murales ya han sido desmontados y vendidos, no por millones pero si por mucha pasta, otros incluso los han "robado" (no me preguntes como), supongo que con pared y todo.

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