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Yellow Kid y los negocios redondos



“Yellow Kid” Weil, sabe que el día que le parieron, a Dios le dio por repartir los talentos con una sonrisa cínica en la boca, sin comerlo ni beberlo, ni tan siquiera desearlo, Weil ha recibido un don, una gracia divina, un radar mágico, capaz de reconocer al kilómetro ése sentimiento tan asquerosamente humano que hace que algunos de nuestros congéneres sean capaces de vender a sus madres por un plato de lentejas.

Codicia, vive de ella, si hubiera un premio Nóbel para los timadores, llevaría su nombre, mientras sorbe su café con calma, habla despacio y bajito, deja que sus palabras hipnoticen al tipo que tiene delante y observa como la perspectiva de llenarse los bolsillos sin pegar palo al agua, nubla el juicio de su víctima, su visión de negocio, reduciendo al máximo sus dos dedos de frente.

Mr Loomis segrega saliva y ríe nervioso, casi puede sentir el suave tacto de los billetes verdes sobre sus dedos, llenando sus bolsillos hasta los topes, haciéndole si cabe aún mas rico.

-Mr Loomis, el negocio es seguro, ¿conoce la “Handicap race” que se corre en Hawthorne?

-Si.

-Nuestro caballo se llama Mobina, la carrera está amañada y el resto de animales corren lastrados, los jueces anularán la carrera si gana otro animal, lo único que falta es su inversión, con cinco mil sobornaremos al personal y apostaremos, están diez a uno, el beneficio puede ser de unos treinta mil pavos… Además, para que vea que actúo de buena fe, le dejo en garantía mi coche, se lo puede quedar si algo saliera mal.

Loomis forma una “o” perfecta con su boca, se lo piensa, pero no demasiado, los ceros vuelan alrededor de su cabeza aturdiéndole, mientras saca el parné, mientras se lo entrega a su nuevo amigo, mientras se pregunta como coño ha podido tener tanta suerte.

Weil sonríe, se despide con un apretón de manos muy profesional, sale por la puerta haciendo sus propios números, quinientos bastarán para sobornar al jockey de Mobina, pero para que pierda, no vaya a ser que a ése caballo sarnoso le de por correr y gane una carrera por primera vez en su puta vida, con otros dos mil se comprará otro coche, que no tardará en dejar en prenda al siguiente panoli, quedan dos mil quinientos más en beneficios, lo cual no está nada mal por una mañana de trabajo.

No ha mentido a Mr Loomis, el negocio era redondo.

A “Yellow Kid” Weil pronto las carreras de caballos se le quedarán pequeñas, llegará a montar una oficina de banco falsa en otro de sus timos, con putas haciendo de clientas respetables y carteristas haciendo de banqueros, cuando le arresten será capaz de timar al poli que le conduce a prisión antes de que se cierren las verjas, llegará a cumplir cien años y su vida servirá de base para la película “el golpe”

Famoso y retirado le preguntarán por su oficio y dirá de sus víctimas:

-Ellos querían algo por nada y yo les di nada por algo, es así de sencillo.

Escribirá sus memorias, en ellas reconocerá que un pequeño grupo de personas se resistieron a sus timos, salvándose a pesar de no ser especialmente listos o desconfiados, todos ellos tenían una característica que aterraba a Weil, pero que por suerte para su oficio nunca ha sido muy común.

La honradez.

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