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Los nudillos de Sullivan




El bueno de John Sullivan es grande y fuerte, pero lento, cuando Jake Kilrain baila en torno a él en los primeros compases del combate, los misiles teledirigidos que le llegan en forma de puños cerrados consiguen redecorar su careto sin apenas esfuerzo, en unos pocos segundos sus cejas maltratadas se empapan de sangre, se pintan de rojo sobre un fondo morado, su nariz chasca por enésima vez con un ruido asquerosamente familiar mientras el único colmillo que le queda sano en la boca, superviviente de mil batallas, comienza peligrosamente a bailar el twist al son de los gritos de la muchedumbre.

Mierda de trabajo, Sully necesita un trago, paladea su sangre con una lengua que a pesar de todo está seca, y busca resguardo en la esquina del ring intentando protegerse de la lluvia de hostias que puntuales llegan en racimos cada veinte segundos, escupe, se caga en los muertos de su contrincante, espera su momento.

Situado en el epicentro de un aullido colectivo, las voces llegan a su cerebro filtradas por un pitido, apagadas, lejanas, entre algodones, tanto mejor, cuando tres mil almas cándidas piden tu cabeza en bandeja de plata, lo mejor es hacer caso omiso, que no hay mayor desprecio que el menor aprecio, ellos gritan, insultan, le llaman borracho, maricón, nenaza, apuestan sus casas, sus herencias, el dinero de la universidad de sus hijos, a sus mujeres, despellejan felices sus gargantas mientras Sullivan y Kilrain hacen lo propio con sus nudillos.

La magia del boxeo, el final de una era, el último de los combates sin guantes, ni protecciones, ni descansos y el primero en el que los chicos de la prensa han encontrado un filón para vender diarios, calentando el ambiente, creando expectación.

Sullivan recibe un gancho que le hace vomitar, mientras la bilis del gigante asciende por su esófago, el respetable se desilusiona por el temprano desenlace y Kilrain se confía, ignorando que hasta el rabo todo es toro; es la suya, con restos de pota en la comisura de sus labios, el Ecce Homo responde con un movimiento medido, que comienza en los pies y se transmite a través del cuerpo transportando energía cinética hasta el extremo del puño, que impacta en la cara de Jake robándole el aliento, introduciendo nuevas líneas de expresión en su rostro.

Es el momento, Sully saca una segunda vela, se recompone y hace crujir la cara de Kilrain, enmudece a un público un segundo antes de hacerle entrar de nuevo en éxtasis, tumba a su oponente, gana la partida.

Con los ojos inflamados levanta sus manos desnudas al cielo, es campeón del mundo, a tomar por culo, acaba de entrar en la historia.

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