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Limpiando las botas al tiempo




Ahí está, pequeño, anónimo, ignorante, en la esquina inferior izquierda de la imagen, nuestro desconocido amigo presta su silueta a la historia mientras le lustran los zapatos, con la pierna levantada, en una postura probablemente poco digna para un caballero, espera paciente a que el limpiabotas termine su trabajo y rebusca entre sus bolsillos un par de monedas sin saber que, en ése preciso instante, su imagen está siendo secuestrada, inmovilizada en plata por los siglos de los siglos.

La paciencia es el secreto, la madre de la ciencia y de la fotografía, en una calle bulliciosa la multitud no se detiene, los hombres no esperan quietos los diez minutos que el nuevo invento necesita para capturar la realidad, como fantasmas, se mueven veloces y pululan sobre el asfalto, atareados se ganan el pan con el sudor de sus frentes, montan sus carruajes y caminan deprisa por la vida, dejando un rastro frágil, perecedero, caduco, tan largo como el lapso de tiempo que separa el relámpago del trueno, personas convertidas en nubes borrosas, metáfora misma de la condición humana que la cámara, con su incapacidad de retratar objetos en movimiento, susurra sin querer al oído de todo aquel que la quiera escuchar.

Louis Daguerre, es el culpable, desde las azoteas retrata Paris y construye sus daguerrotipos, investigando, perfeccionando lentamente el artefacto del diablo que le hará rico y famoso, cuando ésa mañana de 1838 le da al primitivo “clic” no sabe que está haciendo el primer retrato fotográfico de un ser humano, comenzando un proceso que democratizará la imagen de la plebe, congelando rostros, rasgos, como una fuente de la eterna juventud bastarda y cabrona, que se ríe del mundo y recuerda las palabras del poeta.

Ya se sabe, aquello de que, “cualquier tiempo pasado fue mejor”.

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