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Grafiteros en Persépolis




En manos del viento, el polvo del camino es el único que parece oponer resistencia al invasor en la vieja ciudad de piedra, azuzado por éste, se levanta, vuela y ataca al hombre solitario que, venido desde más allá del desierto, oculta su cara bajo un pañuelo de seda, mastica la arena y desafiante entra en la asolada Persépolis armado con un martillo y un cincel, dispuesto a dejar constancia de su insignificante existencia.

El extranjero camina entre columnas y gigantes, hombres toro que han visto las edades del ser humano desde su pétrea situación, personajes mitológicos que en el albor de las civilizaciones osaron inútilmente enfrentarse al mismísimo Alejandro, que sucumbieron ante el mito, que aún lloran por su condición de estatuas ante la ciudad destruida, ven pasar al visitante solitario, aúllan al viento intentado recuperar un respeto perdido hace demasiado.

Firme en su caminar a Henry Morton Stanley se la suda que dos mil años le contemplen, que las piedras que le rodean sean un impresionante recordatorio de lo que el tiempo hace con la grandeza de monarcas, que las ruinas entre las que se escabulle hayan sido erguidas y derrumbadas por hombres mejores que él, más sabios y más valientes, da igual, el periodista y aventurero anglosajón tiene alma de grafitero, se sienta frente a una de las grandes losas y con paciencia esculpe su nombre sobre la roca anciana.

“Stanley, New York Herald, 1870”

Hace falta ser capullo, tener un ego casi tan grande como su falta de escrúpulos, el aventurero aún no es famoso pero apunta maneras, aún no ha rescatado al Doctor Livingstone con su famosa frase, ni ha vendido sus servicios al rey Leopoldo, ayudándole a llevar el progreso con su apestoso olor a muerte a lo más profundo del corazón de África, aún no ha despellejado a ningún porteador ni masacrado a ninguna tribu, sólo necesita un poco de tiempo.

Cuando por fin termina su obra de arte, el periodista sonríe, orgulloso en su infinita estupidez continúa en su camino sabiendo que en la vieja capital de Persia, el lugar del que Alejandro Magno sacó un tesoro transportado por diez mil camellos, por fin hay algo digno de ser visitado.

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