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Esos pequeños detalles




Bill Gallagher es fotógrafo, y va a tener que sacar brillo a sus codos para ganarse el pan hoy, para conseguir un buen ángulo de los políticos que, si nadie lo remedia, se pasarán las próximas dos horas dándole a la sinhueso, narcotizando los oídos de todo aquel que, temerario, ose prestar un mínimo de atención al asunto.

Si prisa pero sin pausa, el periodista mueve lentamente su cuerpo entre los clics de las cámaras de sus colegas, que zumban alegres como una nube de mosquitos ante una vaca repleta de sangre, que piden una sonrisita con la que adornar el encuadre mas aburrido de la historia de los encuadres, se desliza, empuja, pisa con garbo callos ajenos, embiste, pide disculpas y escucha algo relacionado con su madre, por fin encuentra su hueco frente a los gobernadores un segundo antes de que comiencen los discursos.

Respira, ha de trabajar rápido, Adlai Stevenson, el hombre que lucha contra Ike Eisenhower por la presidencia del país, da los últimos retoques a sus notas, cariñosamente llamado “cabeza de huevo” por sus adversarios republicanos lo tiene crudo, es inteligente, estirado y competente, un burócrata cojonudo que poco puede hacer frente al viejo héroe del día D, que con una de sus sonrisas encandila a mas votantes que cien discursos del pobre Adlai.

En esas está nuestro amigo Bill, cuando el político busca una posición más cómoda, sentado, cruza las piernas y a Bill Gallagher le toca la lotería, sin darse cuenta el despistado candidato a presidente muestra la suela de su zapato al respetable, desgastada y con un agujero grande como un cráter lunar en el que milagrosamente nadie ha reparado.

De rodillas, el fotógrafo reza por que nada estropee el momento, con la cámara casi a la altura del suelo y sin poder mirar por el visor, disimula y acciona el disparador, obteniendo la foto de su vida, aquella que servirá para que medio país se ría del demócrata y para que a Bill de den el Pulitzer.

Y es que no hay nada como estar atento a los pequeños detalles.

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