Ir al contenido principal

El bulevar de los hombres sin alma




En silencio, petrificado ante un mundo que desprecia, el hombre sin alma respira hondo, rítmicamente, como controlado por un diapasón imaginario, sólo su pecho y sus pupilas se mueven, sólo ellos indican que hay vida en ésta estatua de sal, en éste saco de huesos, carne y odio, que recorta con su mirada la lejana silueta de una mujer a la que, diligentemente, se dispone a matar.

Pegado a la mira telescópica de su rifle, ésta se convierte en un cordón umbilical inverso, que conecta a asesino y víctima y que transmite en vez de alimento, muerte, que permite a Darko y sus compañeros de caza, sembrar de terror el bulevar Mese Selimovica, la avenida de los francotiradores, los dominios de unos Dioses crueles, indiscriminados, para los que un buen día es aquel que termina con media docena de personas desangradas sobre el asfalto, a la vista de las cámaras de la CNN, dando la vuelta al planeta en un minuto, extendiendo el horror a la hora de la comida desde el telediario de las tres, haciendo que los políticos practiquen malabarismos con tal de mirar a otro lado.
Con tal de que no les salpique la sangre.

La bala que te mata es la que no oyes, Darko lo sabe bien, ya ha perdido la cuenta, el número de miradas que, sorprendidas, repasan el cielo mientras su existencia se evapora, elige con precisión el camino, dibuja en su cabeza con cuidado, la trayectoria parabólica que el proyectil seguirá hasta destrozar la cara interna del muslo de la mujer, rompiendo su femoral, pintando de rojo el bulevar, si lo hace bien sus gritos atraerán a algún valiente, algún hermano, marido o vecino dispuesto a jugarse a pecho descubierto el todo por el todo.

Para ellos también tiene balas.

Cuando por fin su miserable cerebro da la orden de apretar el gatillo, el dedo índice de Darko genera con una caricia una cascada funesta, una explosión controlada que se apodera del rifle, lo golpea contra su hombro y proyecta con un trueno una pieza metálica caliente, que devora el aire, que se come el mundo a ochocientos metros por segundo hasta atravesar un frágil cuerpo que como un castillo de naipes desmoronado, golpea el asfalto.

La adrenalina del hombre sin alma se desborda, el pútrido corazón de Darko comienza a bombear sangre a mansalva, a hinchar las arterias que alimentan el lugar donde debiera habitar su conciencia, es inútil, los hombres sin alma no son más que una infame jugarreta de la madre naturaleza, un saco de células y mierda en descomposición mantenidos en pie de forma artificial, una panda de peleles que se mueve al ritmo que otros le marcan sin saber que en el fondo, desde el primero de sus días, nacieron muertos.

Darko sonríe, se relame, hace una muesca en su culata y se siente un héroe, uno de tantos a los que la gran madre patria, en lo más profundo de su ser, preferiría no haber parido.

Comentarios

Hispa ha dicho que…
¡Ah, ah, ah! Esta vez llegué yo primero, pero mirando la vida y la muerte desde el otro lado de la mira telescópica.

Un gran relato, como siempre.
Javi ha dicho que…
Coño! son relatos casi complementarios...

Supongo que la triste historia de Sarajevo se puede mirar desde muchos ángulos.

Gracias por tu visita y tu aportación.