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De tugurios y paraísos.




En la 54 oeste, bajo el quicio de la puerta que accede al paraíso prometido, Steve observa con agrado a sus fieles, hijos de un Dios menor que se apiñan por centenares frente a él, que suplican disfrazados una mirada suya, implorando al señor de la disco la apertura de las puertas de un cielo que, como no, se reserva el derecho de admisión.

La marea de brazos se abre ante él intentando engullirle, se agita acompasadamente, llora, aúlla, se exhibe y suplica buscando llamar su atención, mientras Steve, altivo, indiferente, sonríe, selecciona y humilla a su antojo, consciente de que si todo el mundo pudiera entrar en Studio 54, entonces nadie soñaría con estar dentro, no hay reglas, no hay garantías, tu si, tu no, los Dioses perecederos de las modas nunca serán longevos pero siempre serán caprichosos.

Frente a él de repente se presentan dos candidatas perfectas, jóvenes, bellas y semidesnudas, dan el espectáculo, montan un caballo blanco en cuyo alquiler han invertido buena parte de sus ahorros, cuando intentan entrar seguras de si mismas, Steve las da el alto.

-Ok, el caballo puede entrar, vosotras podéis esperarle fuera.

El camino del exceso pasa por Studio 54, el edén con fecha de caducidad, el hogar de la extravagancia, bajo sus columnas de rojo intermitente hasta la luna consume cocaína, alcohol, LSD; hipnotizada, la masa se pone hasta el culo y disfruta con ello, creyéndose más feliz, baila y fornica con las estrellas mientras olvida su triste condición de mortal.

En la oscuridad de los palcos, todo puede ocurrir, hombres y mujeres frotan entre si sus almas imperfectas, pecan, acoplan su cuerpos sin mas regla que la de el deseo y se vacían, unos contra otros, ocultándose de la luz que fiel a su cita, despunta con el día y se comienza a colar bajo las puertas.

Da igual, Steve sabe que en la 54 Oeste, la gente deja el tiempo en la calle, dentro, las horas se vuelven caprichosas, vuelan o se quedan varadas según sus propios deseos, dentro, aquellos pobres infelices a los que se les ha negado sus quince minutos de fama pueden cruzar su mirada con la de Bianca Jagger y sentir que el mundo es un poco menos cruel, que son un poco mas importantes.

Viven el día, maquillan su tristeza y gozan hedonistas, que ya habrá momento de pasar por caja, de sufrir las cornadas de la droga, de enfrentarse a ése pequeño cabrón asesino que salta de cama en cama y de colchón en colchón, de mirar con los ojos abiertos antes o después la triste realidad de un tugurio oscuro que algunos llamaron paraíso.

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