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Carne, vísceras y huesos




Frente al altar mayor, a los pies de la tumba de Miguel Ángel, Henri nota como su cuerpo se bloquea, sin previo aviso, rebelándose ante el mundo, admitiendo su fracaso, su mísera condición humana construida a base de carne, vísceras y huesos, carcasa inútil, incapaz de contener una alma hambrienta, adicta, insaciable, que se alimenta de las cosas bellas de este mundo, que ha encontrado en la ciudad de Florencia su personal tierra prometida, una fuente inagotable de color, geometría y sensibilidad.

Varado sobre el mármol de la basílica, el viajero se siente súbitamente saturado, atrapado, inútil, incapaz de pensar con claridad, de coordinar los movimientos de sus extremidades para poder buscar la salida y encontrar bajo el cielo azul un poco de oxígeno con el que airear su cerebro petrificado.

Le cuesta pero lo consigue, con esfuerzo se libera de unas cadenas invisibles, sintiendo como si dejara un fragmento de vida tras de si, hace que sus piernas caminen, transportado su persona sobre un suelo ondulante, juguetón, que se mueve a cada paso entre las miradas curiosas de la gente.

Pálido, dominado por el vértigo, Henri se derrumba sobre un banco de la Plaza de la Santa Cruz, aferrando su libro de notas con fuerza, respirando agitadamente, sintiendo los latidos de su corazón disparados como por una ametralladora y una gotas de sudor frío resbalando sobre su frente, alegrándose a pesar de todo por haber encontrado un lugar de reposo, por haber evitado dar con sus huesos en el suelo.

Aturdido y asustado, mientras se recupera, el viajero se pregunta si el achaque no será preludio se algo más grave y repasa mentalmente la ingente cantidad de recuerdos que ha coleccionado hoy, el Duomo, el ponte Vecchio, el Santo Spirito, acaricia las tapas de cuero de su libreta rogando, pidiendo a Dios que este repentino bloqueo no le incapacite para dejar constancia en negro sobre blanco de lo vivido, único medio para proteger del olvido cada detalle, cada pintura, cada rasgo de cada rostro convertido en piedra, cada plaza y cada edificio.

Cuando por fin acude a un médico a pedir consejo, el galeno lo tiene claro, esto es Florencia y el mal no es más que “una sobredosis de belleza”.

Y es que la belleza es muy cabrona, puede dejarte sin resuello, Henri Beyle, más conocido por su pseudónimo “Stendhal” no lo sabe aún, pero acaba de dar nombre uno de los síndromes más curiosos que achacan al ser humano, el que nos demuestra que, quizás, después de todo, seamos algo más que carne, vísceras y huesos.

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