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Mostrando entradas de abril, 2009

Limpiando las botas al tiempo

Ahí está, pequeño, anónimo, ignorante, en la esquina inferior izquierda de la imagen, nuestro desconocido amigo presta su silueta a la historia mientras le lustran los zapatos, con la pierna levantada, en una postura probablemente poco digna para un caballero, espera paciente a que el limpiabotas termine su trabajo y rebusca entre sus bolsillos un par de monedas sin saber que, en ése preciso instante, su imagen está siendo secuestrada, inmovilizada en plata por los siglos de los siglos.

La paciencia es el secreto, la madre de la ciencia y de la fotografía, en una calle bulliciosa la multitud no se detiene, los hombres no esperan quietos los diez minutos que el nuevo invento necesita para capturar la realidad, como fantasmas, se mueven veloces y pululan sobre el asfalto, atareados se ganan el pan con el sudor de sus frentes, montan sus carruajes y caminan deprisa por la vida, dejando un rastro frágil, perecedero, caduco, tan largo como el lapso de tiempo que separa el relámpago del true…

El Duque y la eterna juventud

Negro sobre blanco, los dedos del Duque se mueven rápidos, ágiles y precisos, como diez diminutos encantadores de serpientes que hipnotizan al respetable mientras percuten las ochenta y ocho teclas del piano, generan movimientos calculados, activan misteriosos mecanismos ocultos dentro del gran instrumento haciendo vibrar cuerdas y corazones.

El Duque Ellington no tiene rey pero si reina, solo rinde pleitesía a Ella Fitzgerald, juega con las notas recordando los viejos tiempos, aquellos años del Cotton Club, con sus mafiosos, sus leyes secas y sus metralletas Thomson escondidas en fundas de violines, haciendo del sonido una extensión de si mismo, correteando por el pentagrama a su antojo como solo los grandes saben hacer, se para, arranca, poseído por el Jazz levanta la mano izquierda como agitando una pequeña varita invisible, entorna las cejas sobre dos ojos francos y disfruta.

Para el Duque, la vida sin música es menos vida, un aburrido caminar, con sesenta y seis primaveras a sus es…

Esos pequeños detalles

Bill Gallagher es fotógrafo, y va a tener que sacar brillo a sus codos para ganarse el pan hoy, para conseguir un buen ángulo de los políticos que, si nadie lo remedia, se pasarán las próximas dos horas dándole a la sinhueso, narcotizando los oídos de todo aquel que, temerario, ose prestar un mínimo de atención al asunto.

Si prisa pero sin pausa, el periodista mueve lentamente su cuerpo entre los clics de las cámaras de sus colegas, que zumban alegres como una nube de mosquitos ante una vaca repleta de sangre, que piden una sonrisita con la que adornar el encuadre mas aburrido de la historia de los encuadres, se desliza, empuja, pisa con garbo callos ajenos, embiste, pide disculpas y escucha algo relacionado con su madre, por fin encuentra su hueco frente a los gobernadores un segundo antes de que comiencen los discursos.

Respira, ha de trabajar rápido, Adlai Stevenson, el hombre que lucha contra Ike Eisenhower por la presidencia del país, da los últimos retoques a sus notas, cariñosame…

De tugurios y paraísos.

En la 54 oeste, bajo el quicio de la puerta que accede al paraíso prometido, Steve observa con agrado a sus fieles, hijos de un Dios menor que se apiñan por centenares frente a él, que suplican disfrazados una mirada suya, implorando al señor de la disco la apertura de las puertas de un cielo que, como no, se reserva el derecho de admisión.

La marea de brazos se abre ante él intentando engullirle, se agita acompasadamente, llora, aúlla, se exhibe y suplica buscando llamar su atención, mientras Steve, altivo, indiferente, sonríe, selecciona y humilla a su antojo, consciente de que si todo el mundo pudiera entrar en Studio 54, entonces nadie soñaría con estar dentro, no hay reglas, no hay garantías, tu si, tu no, los Dioses perecederos de las modas nunca serán longevos pero siempre serán caprichosos.

Frente a él de repente se presentan dos candidatas perfectas, jóvenes, bellas y semidesnudas, dan el espectáculo, montan un caballo blanco en cuyo alquiler han invertido buena parte de sus ah…

Cronicas desde Berlín

“Berlín, 21 Agosto 1934, Crónica de Eugenio Xamar para el diario Ahora.

Si los cuatro millones y pico de ciudadanos alemanes que votaron ayer contra Hitler hubieran sabido que iban a ser cuatro millones y pico, probablemente en lugar de ser cuatro millones y pico hubieran sido muchos más de cuatro millones y pico. Y si el organizador de la propaganda hubiese sospechado que la suma de sufragios negativos iba a ser tan elevada, es seguro que hubiera intensificado la propaganda aún más, y en este caso la suma de dichos sufragios hubiese sufrido, sin ningún género de duda, una disminución correspondiente.

Pero en fin el escrutinio ha sido secreto y sus resultados son conocidos. Ha votado casi el 96 por 100 del censo, proporción que casi equivale a la totalidad del mismo. Abstenerse hubiese sido delatarse, y nadie ha querido hacerlo. Han dicho que si, esto es, que les parece bien que Hitler sea Jefe de Estado y Canciller al mismo tiempo, una masa imponente de ciudadanos. Exactamente 38.362.7…

Caminando entre miserables

Dorothy camina entre miserables, avanza despacio entre la multitud vacía, entre proyectos de hombres que gritan, aúllan y amenazan a la adolescente orgullosos de su necedad, que exhiben su piel blanca como la mejor de sus cualidades, como una bandera resplandeciente con la que arropan sus corazones huecos, sus cerebros de chorlito, violentos, se mofan, ríen, aprenden que el miedo es un arma muy útil, la mejor garantía para salirse con la suya, para asegurarse la pureza monocolor de su maldita escuela.

Escupen, a falta de argumentos solo encuentran saliva, llenan de esputos el traje de los domingos de la muchacha, se escudan en la multitud, cobardes, bastardos, lanzan piedras y esconden las manos, disfrutan de la fiesta, del paseo mientras ella, como una esfinge en movimiento, da un paso tras otro sin inmutarse, ocultando su rabia, su indignación, aguantándose las ganas de llorar y el temblor de sus piernas, echándole ovarios al asunto, conteniendo las ganas de dar media vuelta y huir, …

Rompiendo la noche oscura

Rompiendo la noche oscura, los dos ojos brillantes del matemático se arriman al pequeño oasis de luz que emana de la vieja lámpara de aceite, buscan cobijo bajo su alcance y guían la tinta de la pluma mientras mancha de números el papel amarillento.

El genio no ha salido de la lámpara, ni es capaz de conceder tres deseos, pero si puede hacer magia, a su manera, mira el universo que le rodea y lo captura, intentando comprenderlo, desmontándolo primero en sus elementos mas esenciales, para poder reconstruirlo luego a su antojo como un niño que juega con fichas de madera.

Ramanujan alimenta su alma con números, igualdades, ecuaciones, potencias y raíces que, como en un bosque, brotan y crecen en su cabeza, libres, bellas e independientes de las normas y estructuras levantadas por el hombre, se muestran juguetonas, desafiantes.

Como a una particular ballena blanca las persigue sin descanso, olvidando su condición de mortal, quisiera que su cuerpo enfermizo no necesitara alimento, ni vestimen…

Yellow Kid y los negocios redondos

“Yellow Kid” Weil, sabe que el día que le parieron, a Dios le dio por repartir los talentos con una sonrisa cínica en la boca, sin comerlo ni beberlo, ni tan siquiera desearlo, Weil ha recibido un don, una gracia divina, un radar mágico, capaz de reconocer al kilómetro ése sentimiento tan asquerosamente humano que hace que algunos de nuestros congéneres sean capaces de vender a sus madres por un plato de lentejas.
Codicia, vive de ella, si hubiera un premio Nóbel para los timadores, llevaría su nombre, mientras sorbe su café con calma, habla despacio y bajito, deja que sus palabras hipnoticen al tipo que tiene delante y observa como la perspectiva de llenarse los bolsillos sin pegar palo al agua, nubla el juicio de su víctima, su visión de negocio, reduciendo al máximo sus dos dedos de frente.
Mr Loomis segrega saliva y ríe nervioso, casi puede sentir el suave tacto de los billetes verdes sobre sus dedos, llenando sus bolsillos hasta los topes, haciéndole si cabe aún mas rico.
-Mr Loo…

Carne, vísceras y huesos

Frente al altar mayor, a los pies de la tumba de Miguel Ángel, Henri nota como su cuerpo se bloquea, sin previo aviso, rebelándose ante el mundo, admitiendo su fracaso, su mísera condición humana construida a base de carne, vísceras y huesos, carcasa inútil, incapaz de contener una alma hambrienta, adicta, insaciable, que se alimenta de las cosas bellas de este mundo, que ha encontrado en la ciudad de Florencia su personal tierra prometida, una fuente inagotable de color, geometría y sensibilidad.

Varado sobre el mármol de la basílica, el viajero se siente súbitamente saturado, atrapado, inútil, incapaz de pensar con claridad, de coordinar los movimientos de sus extremidades para poder buscar la salida y encontrar bajo el cielo azul un poco de oxígeno con el que airear su cerebro petrificado.

Le cuesta pero lo consigue, con esfuerzo se libera de unas cadenas invisibles, sintiendo como si dejara un fragmento de vida tras de si, hace que sus piernas caminen, transportado su persona sobre …

Grafiteros en Persépolis

En manos del viento, el polvo del camino es el único que parece oponer resistencia al invasor en la vieja ciudad de piedra, azuzado por éste, se levanta, vuela y ataca al hombre solitario que, venido desde más allá del desierto, oculta su cara bajo un pañuelo de seda, mastica la arena y desafiante entra en la asolada Persépolis armado con un martillo y un cincel, dispuesto a dejar constancia de su insignificante existencia.

El extranjero camina entre columnas y gigantes, hombres toro que han visto las edades del ser humano desde su pétrea situación, personajes mitológicos que en el albor de las civilizaciones osaron inútilmente enfrentarse al mismísimo Alejandro, que sucumbieron ante el mito, que aún lloran por su condición de estatuas ante la ciudad destruida, ven pasar al visitante solitario, aúllan al viento intentado recuperar un respeto perdido hace demasiado.

Firme en su caminar a Henry Morton Stanley se la suda que dos mil años le contemplen, que las piedras que le rodean sean un…

Los nudillos de Sullivan

El bueno de John Sullivan es grande y fuerte, pero lento, cuando Jake Kilrain baila en torno a él en los primeros compases del combate, los misiles teledirigidos que le llegan en forma de puños cerrados consiguen redecorar su careto sin apenas esfuerzo, en unos pocos segundos sus cejas maltratadas se empapan de sangre, se pintan de rojo sobre un fondo morado, su nariz chasca por enésima vez con un ruido asquerosamente familiar mientras el único colmillo que le queda sano en la boca, superviviente de mil batallas, comienza peligrosamente a bailar el twist al son de los gritos de la muchedumbre.

Mierda de trabajo, Sully necesita un trago, paladea su sangre con una lengua que a pesar de todo está seca, y busca resguardo en la esquina del ring intentando protegerse de la lluvia de hostias que puntuales llegan en racimos cada veinte segundos, escupe, se caga en los muertos de su contrincante, espera su momento.

Situado en el epicentro de un aullido colectivo, las voces llegan a su cerebro fi…

Estadistas

Años ochenta, en algún lugar de un pentágono.

-Coronel Brannigan, me temo que tenemos malas noticias de nuestro hombre en Kabul, los rusos parecen dispuestos a poner toda la carne en el asador en Afganistán.

-¿Cómo?

-Han mandado a sus Spetsnaz, y helicópteros, muchos helicópteros.

-Eso es grave, explíqueme inmediatamente quien es ése individuo llamado Spetsnaz, y por que no trabaja para nosotros.

-Ehh… Señor, me temo que no es una persona, es así como llaman a sus fuerzas especiales.

-Esos estúpidos comunistas y sus nombres repletos de consonantes, si me dejaran cinco minutos al mando, ya veras que rápido aprendían a hablar cristiano.

-Sin duda, pero, Señor, algo habrá que hacer…

-¿Hacer, con quien?

-Con los rusos, y Afganistán, el comunismo se extiende.

-Ah, si, el comunismo, esa panda de borachuzos incapaces de respetar la propiedad privada…discúlpeme, desde que me pusieron la placa de titanio en el cerebro, los días de tormenta me encuentro espeso… que los bombardeen.

-Disculpe pero no podemo…

El bulevar de los hombres sin alma

En silencio, petrificado ante un mundo que desprecia, el hombre sin alma respira hondo, rítmicamente, como controlado por un diapasón imaginario, sólo su pecho y sus pupilas se mueven, sólo ellos indican que hay vida en ésta estatua de sal, en éste saco de huesos, carne y odio, que recorta con su mirada la lejana silueta de una mujer a la que, diligentemente, se dispone a matar.

Pegado a la mira telescópica de su rifle, ésta se convierte en un cordón umbilical inverso, que conecta a asesino y víctima y que transmite en vez de alimento, muerte, que permite a Darko y sus compañeros de caza, sembrar de terror el bulevar Mese Selimovica, la avenida de los francotiradores, los dominios de unos Dioses crueles, indiscriminados, para los que un buen día es aquel que termina con media docena de personas desangradas sobre el asfalto, a la vista de las cámaras de la CNN, dando la vuelta al planeta en un minuto, extendiendo el horror a la hora de la comida desde el telediario de las tres, haciendo…