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A oscuras




A oscuras, privado de la luz y de el derecho a la existencia, la muerte tiene para el condenado un sabor dulce y empalagoso, el de la sangre que se vierte como manantial desde su nariz rota, que se escurre escandalosa por su labio partido, que empapa su camisa, su cuerpo y su alma, que gota a gota pinta de rojo el suelo dejando constancia en la tierra de los últimos pasos dados por un hombre indefenso.

Muerto en vida, el condenado araña fragmentos de realidad con el resto de sus sentidos, escucha una voces lejanas que llegan a él entre algodones, se filtran por sus oídos maltrechos sobreponiéndose a un pitido intenso, inagotable en su caudal, que desde el último de los golpes, inunda su cabeza e impide a su cerebro maltrecho pensar con lucidez.

Ésas voces le hablan, le gritan, le insultan, le escupen, le guían en un mundo oscuro, silencioso, esquizoide y cainita, maldicen y ríen con cada traspiés, disfrutan con cada lágrima vertida, dan rienda suelta al odio, a la envidia, a la brutalidad ancestral que gobierna sus miserables vidas, ajustan viejas cuentas en una guerra de porteras, de cuchicheos que llevan al cadalso, de cunetas, de paseos nocturnos a hombres desarmados y de tiros en la nuca.

De cobardes.

Cuando le colocan contra la pared fría casi puede sentir a los muertos llamándole desde el otro lado de la tapia del cementerio, huele a musgo, a sudor, a rocío y a orín, sus manos, atadas a la espalda duelen, la vieja cuerda de esparto horada unas muñecas que se apoyan contra el paredón buscando un punto de apoyo en la piedra inerte ahora que las piernas comienzan a fallar.

Esto se acaba.

El condenado abandona el miedo para pensar en los suyos, en aquellos que mañana llorarán un desaparecido, les dedica su último aliento antes de que un estruendo le tire al suelo, le golpee el pecho y abra sus carnes, le lance contra la pared y le robe el oxígeno.

Con el fusilamiento, la venda cae desde los ojos del moribundo, sobre la tierra que le acoge y le reclama, sus pupilas dilatadas enfocan por última vez unas caras conocidas, rasgos familiares que sujetan cañones humeantes, hombres malditos que recargan sus armas, apuntan de nuevo y rematan el trabajo.

Comentarios

Isabel Romana ha dicho que…
Después de leer este post, me quedo sin palabras. No es fácil tratar de meterse en la piel de quien está a punto de ser asesinado, imaginar qué pudo pensar y sentir. Creo que es un esfuerzo necesario, sobre todo si queremos que se haga justicia con tantas personas que murieron en circunstancias como la que has descrito tan magistralmente. El dolor suyo es también nuestro.
Saludos cordiales.
Javi ha dicho que…
Saludos Isabel, bienvenida a esta casa.
Hispa ha dicho que…
Coño Javi, esta vez te has pasado. ¿Acaso pretender reabrir viejas heridas?

...antipatriota, que eres un antipatriota.

Por cierto, y ahora ya en serio: un relato aterrador. Casi tanto como el del burdel de Auschwitz.
Javi ha dicho que…
Supongo que no hay que esforzarse mucho para hacer aterrador cualquier relato de la guerra civil.

Saludos y gracias por tu apoyo.
nika ha dicho que…
Un relato sobrecogedor de un hecho miles y miles de veces tristemente repetido en aquella Guerra Civil. Sin embargo, y a pesar del miedo -que era lo único que no le podrían arrebatar, dijo-, hubo un caballero que, frente al batallón de fusilamiento, aún tuvo la gracia de decir: "Me temo que ustedes no tienen intención de incluirme en su círculo de amistades".
Esta anécdota es conocida porque su protagonista, Pedro Muñoz Seca, también lo era. Imagino que debe haber cientos de casos similares -en todo el territorio naconal- en los que, frente a la inevitable e injusta muerte, uno saca lo mejor de sí mismo y la enfrenta escudándose o esgrimiendo el arma que mejor maneja. En este caso, el sentido del humor.

saludos
Javi ha dicho que…
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Javi ha dicho que…
Decía, antes de meter la gamba con una falta de ortografía, que ésa anécdota me parece simplemente impresionante, saludos y gracias por tu comentario Nika