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A oscuras




A oscuras, privado de la luz y de el derecho a la existencia, la muerte tiene para el condenado un sabor dulce y empalagoso, el de la sangre que se vierte como manantial desde su nariz rota, que se escurre escandalosa por su labio partido, que empapa su camisa, su cuerpo y su alma, que gota a gota pinta de rojo el suelo dejando constancia en la tierra de los últimos pasos dados por un hombre indefenso.

Muerto en vida, el condenado araña fragmentos de realidad con el resto de sus sentidos, escucha una voces lejanas que llegan a él entre algodones, se filtran por sus oídos maltrechos sobreponiéndose a un pitido intenso, inagotable en su caudal, que desde el último de los golpes, inunda su cabeza e impide a su cerebro maltrecho pensar con lucidez.

Ésas voces le hablan, le gritan, le insultan, le escupen, le guían en un mundo oscuro, silencioso, esquizoide y cainita, maldicen y ríen con cada traspiés, disfrutan con cada lágrima vertida, dan rienda suelta al odio, a la envidia, a la brutalidad ancestral que gobierna sus miserables vidas, ajustan viejas cuentas en una guerra de porteras, de cuchicheos que llevan al cadalso, de cunetas, de paseos nocturnos a hombres desarmados y de tiros en la nuca.

De cobardes.

Cuando le colocan contra la pared fría casi puede sentir a los muertos llamándole desde el otro lado de la tapia del cementerio, huele a musgo, a sudor, a rocío y a orín, sus manos, atadas a la espalda duelen, la vieja cuerda de esparto horada unas muñecas que se apoyan contra el paredón buscando un punto de apoyo en la piedra inerte ahora que las piernas comienzan a fallar.

Esto se acaba.

El condenado abandona el miedo para pensar en los suyos, en aquellos que mañana llorarán un desaparecido, les dedica su último aliento antes de que un estruendo le tire al suelo, le golpee el pecho y abra sus carnes, le lance contra la pared y le robe el oxígeno.

Con el fusilamiento, la venda cae desde los ojos del moribundo, sobre la tierra que le acoge y le reclama, sus pupilas dilatadas enfocan por última vez unas caras conocidas, rasgos familiares que sujetan cañones humeantes, hombres malditos que recargan sus armas, apuntan de nuevo y rematan el trabajo.