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La cocina del infierno




Cuando Fred el holandés y el novato llegan al barrio, a este último se le queda la boca seca, con un nudo en la garganta y el almuerzo atravesado en el estómago, el madero en prácticas se adentra entre la 34 y la 57 de la mano de su compañero, como un niño asustado que intenta jugar con los mayores sin que se note el marrón que escurre desde sus calzoncillos.

Sin prisa pero sin pausa, los dos representantes de una ley que en estas calles no es más que un buen sustituto de papel higiénico, caminan casi en paralelo, con el más joven un paso por detrás, imitando cada gesto y cada movimiento de su superior, con el corazón bombeando una mezcla de sangre y adrenalina a raudales y la mano prudentemente cerca del hierro, sin que se note demasiado pero dispuesto a vaciar el cargador sobre el primer desgraciado que intente tocar un triste pelo de su cabeza.

El holandés sin embargo camina relajado, tiene mas conchas que un galápago y éstas casi chirrían con cada paso, las luce con orgullo mientras mira de reojo a su compañero de vez en cuando con una media sonrisa en la boca, consciente de que si tuviera que empuñar su arma, antes de que pudiera acariciar el mango, probablemente notaría el frío cañón metálico de la pistola introducido en su propio culo, cosas del barrio.

Fred conoce el lenguaje no hablado de ésas calles, se basa en los silencios, en las miradas, en el conocimiento exacto del papel que cada uno juega en esta sórdida función, el viejo holandés sabe que cuando las bandas se matan, nada lo impide y que para que todo se mantenga mas o menos en su sitio, el cadáver ya debe estar frío cuando ellos lleguen, el muerto al hoyo y el vivo al bollo, la única ley que se respeta en las riveras del Hudson.

Para cuando llegan a “la casa de las llamas”, el muerto ya esta tieso y en pelotas, que todo es aprovechable, mientras levantan parte del asunto, el novato cambia el color a su cara golpeado por la mezcla de olores de los vivos y de los muertos, aromas de la sangre coagulada del difunto, de las vísceras y la carne macerada de los mataderos cercanos, del orín y las heces rebosantes de las alcantarillas, de la mezcla a alcohol, sudor y mierda, efluvios habituales entre mendigos y borrachos, del perfume barato de las putas que ríen estridentemente desde las ventanas del burdel.

Por fin, el novato habla mientras intenta no vomitar, a duras penas calma la náusea y le pregunta a Fred, intrigado por el curioso nombre del puticlub.

-¿Por qué lo llaman la casa de las llamas?

Fred gira la cabeza y le guiña el ojo a una lumi sin dientes, reservorio vivo de todas las enfermedades de transmisión sexual del planeta, un prodigio de la ciencia, mientras ésta le devuelve al aire un beso envenenado, el holandés contesta.

-Porque si no pagas te meten fuego.

El novato se desespera, duda de que algún día se pueda acostumbrar a semejante lugar salido de la pesadilla de un demente.

-Esto es el infierno.

-No te equivoques, en el infierno la temperatura es cálida, esto es la cocina del infierno.

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