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A Johnny no le cogerán vivo.




A Johnny no le cogerán vivo, oculto tras la persiana de su armería, con una Biblia en una mano y un colt 45 de mango nacarado en la otra, sus dos ojos nerviosos asoman por entre las rendijas de la persianas mirando la calle, el exterior de la tienda que a pesar de todo aún parece tranquilo, con decenas de estúpidos viandantes caminando felices sin saber que hoy es el día del fin del mundo.

Bebe café, la tercera taza en diez minutos, sabe que tendrá que mantenerse despierto, sabe que cuando la oleada extraterrestre llegue a su tienda, al primer marciano que se le ocurra poner un pie o un tentáculo en su propiedad privada se lo llevará por delante, por sus santos cojones y que salga el sol por Antequera, si las naves están atacando New Jersey, no tardarán en llegar a la gran manzana y allí se encontrarán con Johnny, con la horma de su zapato, con la muerte encarnada, por suerte es un tipo de mundo, informado, que escucha regularmente la radio, no le pillarán en un renuncio, no se achantará, mejor morir de pie que vivir de rodillas.

Parapetado tras el mostrador de su tienda, mueve veloz el dial de su radio buscando un poco de información extra, es extraño, sólo la CBS está retransmitiendo el desastre, el resto de cadenas sigue con sus programaciones habituales, panda de estúpidos, seguro que están pagados por el gobierno para que no cunda el pánico, para hacer que la gente espere mansamente su final.

En silencio, escucha como la voz metálica del periodista transmite nerviosa los acontecimientos, primero han caído unos meteoritos, una lluvia incesante de fuego tras la que han aparecido unas extrañas naves que han dejado claras sus intenciones a las primeras de cambio, disparando a los humanos con rayos capaces de desintegrar la carne pero no la ropa.

Maldita sea, Johnny lo sabía, desde aquella noche en la que, borracho, estampanó su camioneta contra un poste de telégrafos, sabía que existían, verdes, alargados y con acento mexicano, sabía que vendrían a tomar posesión del planeta tierra, a apoderarse de su bella armería, a hacerse dueños de todo aquello que ama.

Malditos sean aquellos que le llamaron loco, esquizofrénico dijeron, borracho dijeron, ahora ya no se puede hacer nada salvo morir con las botas puestas, el tipo de la radio sigue con su letanía, ahora habla de un vapor verdoso que lo atrapa y que lo asfixia, tose, muere en directo mientras Johnny se pone una vieja máscara antigas de la gran guerra con la que su primo luchó en Verdún, amartilla su Colt y pega un trago de matarratas casero, nota como le quema en su camino hacia el estómago.

A tomar por culo, es tiempo de matar bichos verdes, es tiempo de vender bien caro el pellejo.

En esto que, la retrasmisión se corta, un tal Orson Welles dice algo de una representación, de una obra teatral basada en un libro de un tal H G Wells, resulta que todo no es mas que una pantomima, una broma muy pesada.

Mierda, Johnny duda por un segundo, casi pica el anzuelo, otra vez los del gobierno tocando las pelotas, intentando hacer ver que no pasa nada, pero Johnny sabe que él es mas listo, sabe que a él, no le cogerán vivo.

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