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El retrato de Gertrude Stein




Ahí está, fría, pálida, ligeramente inclinada sobre si misma mientras parece escuchar con atención los brochazos del genio, recogiendo los sonidos del pincel contra el lienzo, juntándolos en su cabeza, ignorando en ése momento que su imagen sólo es una excusa para que el pintor, harto de realidad, comience a alterar las reglas de lo que dictan los ojos de los simples mortales.

Gertrude Stein respira hondo, estoica, inmóvil, cansada, observa el paso de las horas mientras el óleo mancha el cuadro de ocre, de blanco y de negro, destruyendo primero y reconstruyendo después, los rasgos de una mujer que siempre sabe estar en el momento adecuado en el lugar adecuado, escritora inconformista, es suficientemente rica como para ser mecenas y suficientemente libre como para admirar el trabajo de un grupo de tipejos pobres como ratas, que están enseñando al mundo a mirar con otros ojos.

La lista es larga, Picasso, Matisse, Derain, Braque, Apollinaire, Gris, todos ellos recibirán apoyo de la judía americana, todos ellos revolotearán alrededor del salón en el 27 de la Rue de Fleurus, pintando, escribiendo, confrontando sus genios, contaminándose unos a otros antes de pasar a la historia.

Cuando Pablo Picasso hace el retrato de la Stein puede pintar con detalle cada milímetro de su rostro de memoria, pero no lo hace, decide someter a su anfitriona a unas largas sesiones de trabajo que aburren soberanamente a la yanki, minutos en los que su cuerpo y su alma se petrifican, segundos interminables que se vuelven densos, viscosos, que se niegan a discurrir con normalidad sobre la esfera del reloj.

La mujer no lo puede evitar, durante ésos días desarrolla en su interior una curiosidad felina por el retrato, una ilusión casi infantil que se viene abajo en el momento en el que el malagueño enseña el resultado.

La horrible figura que se muestra ante ella parece la de una extraña, con una nariz enorme y unos ojos desiguales, su visión oscura es casi desagradable, hace que la mecenas frunza el ceño, se muerda la lengua y comente enfadada.

-No se parece lo mas mínimo a mi.

El genio ni se inmuta, con total tranquilidad actúa como tal, escucha la queja y contesta.

-No tiene por que preocuparse, al final, usted llegará a ser exactamente así.

Comentarios

Irreductible ha dicho que…
Como sabes, hace tiempo que te leo, pero unas veces por pura y dura vagancia y otras por descuido, estoy dejando pasar muchas y muy buenas entradas, sin felicitarte.

No me gustaría que pasara más tiempo sin dejarte al menos un mísero comentario: delicadas, humorísticas, bellas... tus entradas son destellos de genialidad.

Un gustazo leerte.

Un saludo.
Javi ha dicho que…
Mil gracias por tu apoyo, es especialmente reconfortante saber que las buenas palabras vienen desde la aldea irreductible, ése pedazo de blog que no dejo de visitar ni un solo día y que es ejemplo para los novatos de este mundillo.
Prometeo ha dicho que…
Gran anecdota, aunque se echa de menos la fuente.

Un saludo
Javi ha dicho que…
Supongo, que como tantas otras historias de éste blog, (unas noveladas más y otras menos), la anécdota se encuentra a medio camino entre el rumor y la verdad absoluta, yo la anécdota la encontré observando el cuadro en la web "artehistoria"

Saludos Prometeo.