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Creced y multiplicaos.




Sobre la tierra horadada, el tiempo parece haberse detenido en los campos de Francia, tras las alambradas, los sacos terreros y el barro, las mismas figuras apagadas se mueven en un baile siniestro, los hombres corren, saltan y mueren, donan sus vidas inútilmente por conquistar unos metros de tierra encharcada, roja, sembrada de metal y de carne inerte, que cambia de manos con cada atardecer.

Como una fotografía sepia en movimiento, las mismas imágenes se repiten cada mañana, un círculo vicioso y esquizoide en el que lo único que cambia son los rostros asustados de aquellos que con el sonido del silbato salen a campo abierto a sortearse las balas del enemigo, a respirar su gas mostaza, a dejarse la piel enredada en el alambre de espino.

Es curioso, mientras los hombres deciden dedicar su tiempo en la tierra a despedazarse, desde el aire un asesino mucho mas democrático les observa, planifica su dictadura en silencio, a gustito entre tanta masa de carne temblorosa, un pequeño bastardo microscópico salta de cuerpo en cuerpo, contamina el oxígeno y mata mas y mejor que cualquier extraño invento humano.

Si el deber de un soldado es matar a su enemigo, el deber de un virus es prevalecer, escrito a fuego en sus genes la gripe española porta una maldición bíblica, una orden ineludible, crecer, multiplicarse, sobrevivir.

Entre cincuenta y cien millones de seres humanos son enviados a criar malvas, a llenar el mundo de flores, sin acritud, sin discriminar por razón de sexo, raza o condición, que después de todo “allegados son iguales, los que viven por sus manos que los ricos”, como una máquina de matar bien engrasada de la madre naturaleza, el H1N1 tiene la capacidad de volver loco al sistema defensivo, de estimularle hasta el punto en el que, preso si mismo, el organismo se autodestruye en su lucha contra el invasor.

Las trincheras sólo son una etapa del viaje, un paso más en un paseo por el mundo en el que no se queda un rincón sin infectar, pronto, en las ciudades y los pueblos cunde el pánico, aquellos que estornudan en público son detenidos, los muertos comienzan a acumularse en sus casas sin que nadie los recoja, los almacenes se convierten en hospitales y los tranvías en coches fúnebres.

El ser humano se acojona, pero es un hueso duro de roer que se rige por las mismas pautas que cualquier virus, crece, se multiplica, sobrevive, cuando la pandemia se va como ha venido, el hombre respira aliviado, por fin puede volver a masacrase sin interrupciones.

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