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Mostrando entradas de marzo, 2009

Herido

Sentado sobre la vieja butaca de madera, Jhonny Cash parece un viejo rey olvidado por sus súbditos, monarca de un lugar extraño, dicta leyes que ya nadie escucha, se pierde entre las brumas del tiempo con la mirada ausente mientras agarra su guitarra negra sin fuerza, con unas manos huesudas, maltratadas por los años y la puta artrosis, que arrastran los dedos sobre las cuerdas, que acarician el mástil de su vieja compañera coleccionando notas y recuerdos.

Cada vez que aprieta un traste el dolor llega hasta su cara, curtida en mil batallas ni se inmuta, es un mapa de su existencia, un busto viviente esculpido a base de hostias, de oraciones y de excesos, de bourbon y de largas carreteras sin nombre, de mujeres y caminos polvorientos cuyo destino no importa a nadie.

El hombre de negro canta, emite una voz grave, ajada y digna, brutal, accionada por unos pulmones desfondados, es capaz de secuestrar el aliento del que la escucha, maldice al mundo, a su propia estampa, se confiesa, brinda c…

El retrato de Gertrude Stein

Ahí está, fría, pálida, ligeramente inclinada sobre si misma mientras parece escuchar con atención los brochazos del genio, recogiendo los sonidos del pincel contra el lienzo, juntándolos en su cabeza, ignorando en ése momento que su imagen sólo es una excusa para que el pintor, harto de realidad, comience a alterar las reglas de lo que dictan los ojos de los simples mortales.

Gertrude Stein respira hondo, estoica, inmóvil, cansada, observa el paso de las horas mientras el óleo mancha el cuadro de ocre, de blanco y de negro, destruyendo primero y reconstruyendo después, los rasgos de una mujer que siempre sabe estar en el momento adecuado en el lugar adecuado, escritora inconformista, es suficientemente rica como para ser mecenas y suficientemente libre como para admirar el trabajo de un grupo de tipejos pobres como ratas, que están enseñando al mundo a mirar con otros ojos.

La lista es larga, Picasso, Matisse, Derain, Braque, Apollinaire, Gris, todos ellos recibirán apoyo de la judía a…

A oscuras

A oscuras, privado de la luz y de el derecho a la existencia, la muerte tiene para el condenado un sabor dulce y empalagoso, el de la sangre que se vierte como manantial desde su nariz rota, que se escurre escandalosa por su labio partido, que empapa su camisa, su cuerpo y su alma, que gota a gota pinta de rojo el suelo dejando constancia en la tierra de los últimos pasos dados por un hombre indefenso.

Muerto en vida, el condenado araña fragmentos de realidad con el resto de sus sentidos, escucha una voces lejanas que llegan a él entre algodones, se filtran por sus oídos maltrechos sobreponiéndose a un pitido intenso, inagotable en su caudal, que desde el último de los golpes, inunda su cabeza e impide a su cerebro maltrecho pensar con lucidez.

Ésas voces le hablan, le gritan, le insultan, le escupen, le guían en un mundo oscuro, silencioso, esquizoide y cainita, maldicen y ríen con cada traspiés, disfrutan con cada lágrima vertida, dan rienda suelta al odio, a la envidia, a la brutalid…

1984

“Lo demás era sólo ruido, un cuac-cuac-cuac, y, sin embargo aunque no se podía oír lo que decía, era seguro que se refería a Goldstein acusándolo y exigiendo medidas mas duras contra los criminales del pensamiento y los saboteadores. Sí, era indudable que lanzaba diatribas contra las atrocidades del ejército euroasiático y que alababa al Gran Hermano o a los héroes del frente malabar. Fuera lo que fuese, se podía estar seguro de que todas sus palabras eran ortodoxia pura. Ingsoc ciento por ciento. Al contemplar el rostro sin ojos con la mandíbula en rápido movimiento, tuvo Winston la sensación de que no era un ser humano, sino una especie de muñeco. No hablaba el cerebro de aquel hombre, sino su laringe. Lo que salía de ella consistía en palabras, pero no era un discurso en el verdadero sentido, sino un ruido inconsciente como el cua-cua de un pato.”

1984.George Orwell.

Fatty, Dashiell y la botella.

Durante el interrogatorio, Dashiell se pregunta de donde sacará tantas secreciones el gordo, como una fuente eterna, las lágrimas de Fatty manan sin parar desde sus ojos, se mezclan con el sudor de sus sonrosadas mejillas y llegan formando grandes goterones hasta la nariz, el lugar donde se por fin se funden con una mucosidad verde repugnante que sube y baja con cada sollozo como accionada por una polea invisible.

Cada vez que el tipo se sorbe los mocos, el ruido resultante genera náuseas al detective, hace que en lo mas profundo de su ser desee sacarle la verdad a hostias, pero no puede ser, para empezar porque Fatty es el que paga, lo cual quiere decir que Fatty es inocente, independientemente de lo que le hiciera a aquella pobre infeliz.

Dashiell se contiene, cuenta hasta diez antes de hablar, sabe que debe aclarar su mente con respecto al gordo, alejar sus sentimientos, le desprecia y le compadece a partes iguales pero si al pobre diablo le metieran quince años de vellón o le colgas…

La cocina del infierno

Cuando Fred el holandés y el novato llegan al barrio, a este último se le queda la boca seca, con un nudo en la garganta y el almuerzo atravesado en el estómago, el madero en prácticas se adentra entre la 34 y la 57 de la mano de su compañero, como un niño asustado que intenta jugar con los mayores sin que se note el marrón que escurre desde sus calzoncillos.

Sin prisa pero sin pausa, los dos representantes de una ley que en estas calles no es más que un buen sustituto de papel higiénico, caminan casi en paralelo, con el más joven un paso por detrás, imitando cada gesto y cada movimiento de su superior, con el corazón bombeando una mezcla de sangre y adrenalina a raudales y la mano prudentemente cerca del hierro, sin que se note demasiado pero dispuesto a vaciar el cargador sobre el primer desgraciado que intente tocar un triste pelo de su cabeza.

El holandés sin embargo camina relajado, tiene mas conchas que un galápago y éstas casi chirrían con cada paso, las luce con orgullo mientras…

Clarke y sus leyes

Cuando Arthur C Clarke revisa en 1973 su obra, tras repasar y releer viejos escritos para una nueva edición de su ensayo “Perfiles del futuro”, decide sintetizar buena parte de su conocimiento en tres verdades como puños que rápidamente adquieren rango de ley.

Estas son:
Primera ley de Clarke: Cuando un anciano y distinguido científico afirma que algo es posible, probablemente está en lo correcto. Cuando afirma que algo es imposible, probablemente está equivocado.
Segunda ley de Clarke: La única manera de descubrir los límites de lo posible es aventurarse hacia lo imposible.
Tercera ley de Clarke: Cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia.
Tras lo cual, dicen que el viejo divulgador sonrió y con una buena dosis de ironía británica dijo algo así como “Si tres leyes fueron suficientes para Newton, creo que modestamente debo parar aquí”.

Creced y multiplicaos.

Sobre la tierra horadada, el tiempo parece haberse detenido en los campos de Francia, tras las alambradas, los sacos terreros y el barro, las mismas figuras apagadas se mueven en un baile siniestro, los hombres corren, saltan y mueren, donan sus vidas inútilmente por conquistar unos metros de tierra encharcada, roja, sembrada de metal y de carne inerte, que cambia de manos con cada atardecer.

Como una fotografía sepia en movimiento, las mismas imágenes se repiten cada mañana, un círculo vicioso y esquizoide en el que lo único que cambia son los rostros asustados de aquellos que con el sonido del silbato salen a campo abierto a sortearse las balas del enemigo, a respirar su gas mostaza, a dejarse la piel enredada en el alambre de espino.

Es curioso, mientras los hombres deciden dedicar su tiempo en la tierra a despedazarse, desde el aire un asesino mucho mas democrático les observa, planifica su dictadura en silencio, a gustito entre tanta masa de carne temblorosa, un pequeño bastardo mi…

Los pilares de la creación

En precario equilibrio sobre un mundo del que parece querer escapar, el gran tubo metálico de extrañas alas rompe un silencio inaudible por el hombre, genera un suave zumbido eléctrico mientras, como un gigante perezoso, mueve con paciencia sus lentes y clava sus ojos artificiales en una lejana parte del vacío.

Sus pupilas de cristal enfocan, giran sobre si mismas en un baile preciso, milimétrico, acarician la imagen escurridiza de la nebulosa mientras ésta toma forma, mientras se define en el visor del Hubble un minuto antes ser capturada para siempre.

El clic del autómata captura un fantasma, la imagen espectral de un mundo pasado, de un tiempo dormido, existente solo en la memoria del universo, cuando la imagen se traduce a ceros y unos y se trasmite a la tierra, los astrónomos frente a los que se muestra coqueta se quedan atónitos, con la boca tan abierta como la de un adolescente en una playa nudista, perplejos ante tanta belleza, sienten que la roca azul que les acoge se acaba de …

Charles y la gran rata gris

La gran rata gris sube desde el sótano cada mañana para poder saludar a Charles, fiel a su cita, recorre el corto tramo de escaleras desde el subsuelo y pasa veloz por entre sus piernas mirándole de reojo, olisqueando incansable entre las montañas de cajas de betún, compartiendo su miserable vida de roedor con la de un crío que aún no ha cumplido los doce años.

La gran rata de la "Warren's boot-blacking factory" es feliz, Charles no, con un gran bote de pegamento en una mano y una pila de etiquetas en la otra, el chico ve como pasan las horas de su existencia sin otra misión que la de colocar unas finas tiras de papel sobre unos tarros de cristal color negro inmaculado, diez horas al día, seis días a la semana, un ser vivo reconvertido en máquina etiquetadora por venticuatro peniques al mes.

Sin demasiado esfuerzo el chico ha llegado a la conclusión de que su vida es una mierda, pero es lo que hay, es lo que toca, su padre tiene una celda por hogar y un par de agujeros en …

A Johnny no le cogerán vivo.

A Johnny no le cogerán vivo, oculto tras la persiana de su armería, con una Biblia en una mano y un colt 45 de mango nacarado en la otra, sus dos ojos nerviosos asoman por entre las rendijas de la persianas mirando la calle, el exterior de la tienda que a pesar de todo aún parece tranquilo, con decenas de estúpidos viandantes caminando felices sin saber que hoy es el día del fin del mundo.

Bebe café, la tercera taza en diez minutos, sabe que tendrá que mantenerse despierto, sabe que cuando la oleada extraterrestre llegue a su tienda, al primer marciano que se le ocurra poner un pie o un tentáculo en su propiedad privada se lo llevará por delante, por sus santos cojones y que salga el sol por Antequera, si las naves están atacando New Jersey, no tardarán en llegar a la gran manzana y allí se encontrarán con Johnny, con la horma de su zapato, con la muerte encarnada, por suerte es un tipo de mundo, informado, que escucha regularmente la radio, no le pillarán en un renuncio, no se achanta…

El burdel de Auschwitz

Pocos segundos antes de que suene la campana, el hombre extraño que se frota rítmicamente contra Hanna acelera sus embestidas antes de quedarse rígido como un palo, mientras se vacía, su cuerpo alargado y esquelético emite un gemido apagado, convulso, tras el cual sus huesos se desinflan y su carnes se desmoronan sobre la prostituta buscando su olor, su calor, recordando por un segundo, los días en los que puta y cliente aún no eran considerados infrahombres.

Mientras el desconocido se sube los pantalones la mujer nota como dos ojos azules se clavan en su espalda desnuda, a través de las mirillas de la puertas, los guardas ejercen de mirones profesionales, comprueban que todo transcurre con orden germánico y sin prácticas extrañas, sin violencia, dejando los golpes y las vejaciones, los asesinatos y las masacres para los edificios contiguos al bloque veinticuatro, las cámaras de gas que en ése momento funcionan a pleno rendimiento.

Hanna tiene unos minutos de descanso antes de que otro …