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El saqueo de Amberes




Cuando los tercios amotinados ven Amberes recortándose en el horizonte, a muchos de sus componentes se les hace la boca agua, una perita en dulce, un regalito envuelto en lazo rosa para los ojos de unos tipos que ya no se acuerdan de la última vez que sintieron el peso del oro en sus bolsillos, sucios, empobrecidos y maltratados, mascan el polvo de un camino recorrido a marchas forzadas, limpian sus aceros y ceban sus arcabuces, muy cristianos se santiguan y piden perdón por los pecados que aún no han cometido, pero que sin duda esperan tras las puertas de la ciudad rebelde.

Ordenados, metódicos, profesionales, el tercio se comporta con más disciplina cuando esta amotinado que cuando sirve a su rey, que por hoy y sin que sirva de precedente, no hay más monarca que uno mismo ni mas bandera que la del buche y los bolsillos llenos, que la caterva de sanguijuelas que engordan chupando de la gran teta del país están hoy demasiado lejos, y aunque estuvieran a la vuelta de la esquina bien se podrían ir todos al carajo.

Hoy luchan por si mismos, hoy matan por el compañero sitiado.

Para cuando los hombres del tercio ponen el primer pie en la ciudad, la urbe está ya condenada, una vez que se derrama la primera gota de sangre, nada puede evitar que detrás se vierta un río rojo, como una maldición bíblica, los amotinados liberan a los compañeros cercados por los valones y alemanes, que les superan en número pero no en oficio, y comienzan un saqueo que durará tres días.

Y el infierno es lo que sucede, el reflejo rojo de las llamas devorando la ciudad, el odio y la rabia contenidos y alimentados durante años de sangría, liberados de forma ordenada y metódica contra un enemigo equivocado, sin piedad, sin cuartel, degollando lo mismo a una familia burguesa que a un soldado belga, con el saco al hombro, coleccionando orejas y dedos, que es más rápido cortar miembros que entretenerse en sacar anillos y pendientes, haciendo buen uso del derecho de despojo, que le otorga al verdugo la propiedad de lo que el recién difunto lleve encima.

Extendiendo una manta de cadáveres, tan tupida como la leyenda negra que en ése momento se teje en torno a unos soldados que dejarán tras ellos solo cenizas y olor a muerte, a sangre y carne quemada, aterrando a la vieja Europa y enquistando el odio al rey español, al segundo de los Felipes, ése tipo aficionado a la guerra y a las bancarrotas con el que los pobladores de Flandes no pueden compartir nada mas que el odio mutuo.

Pero eso a los hombres del tercio amotinado les importa bien poco, saldrán de Amberes salpicados de sangre, hipnotizados por el brillo del oro y con el alma un poco mas negra, saciados de muerte jurarán de nuevo fidelidad al imperio, y seguirán dedicados en cuerpo y alma a su oficio, el de matar y morir, a veces por su rey, a veces por si mismos.

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