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Mostrando entradas de febrero, 2009

Leonardo y las moscas cojoneras

Desde el andamio, los ojos del genio escrutan su obra agazapados tras un mar de pelo revuelto, en silencio, el hombre de la larga melena y la tupida barba observa con precisión como los trazos dibujados sobre el yeso van cargándose de color y de vida, como va creciendo el temple y el óleo sobre la pared antes desierta, tomando forma hombres, miradas y expresiones, retratando el momento exacto de la bíblica traición.

Casi petrificado, solo su lenta respiración indica que esta vivo, sólo el rápido movimiento de sus ojos da pistas sobre el complejo entramado de ideas que bulle en su cabeza, Leonardo pinta lentamente, es capaz de pasarse tres días seguidos en trance, analizando cada brochazo dado sobre “La última cena”, con la paciencia de un matemático pero sin mover un dedo, exasperando al prior del convento Dominico de Santa María de las Gracias, que tras tres años sin refectorio, esta más que harto de la lentitud del genio e incluso ha pedido cuentas al Duque.

El prior espía a Da Vinci,…

El saqueo de Amberes

Cuando los tercios amotinados ven Amberes recortándose en el horizonte, a muchos de sus componentes se les hace la boca agua, una perita en dulce, un regalito envuelto en lazo rosa para los ojos de unos tipos que ya no se acuerdan de la última vez que sintieron el peso del oro en sus bolsillos, sucios, empobrecidos y maltratados, mascan el polvo de un camino recorrido a marchas forzadas, limpian sus aceros y ceban sus arcabuces, muy cristianos se santiguan y piden perdón por los pecados que aún no han cometido, pero que sin duda esperan tras las puertas de la ciudad rebelde.

Ordenados, metódicos, profesionales, el tercio se comporta con más disciplina cuando esta amotinado que cuando sirve a su rey, que por hoy y sin que sirva de precedente, no hay más monarca que uno mismo ni mas bandera que la del buche y los bolsillos llenos, que la caterva de sanguijuelas que engordan chupando de la gran teta del país están hoy demasiado lejos, y aunque estuvieran a la vuelta de la esquina bien se …

El cabo del fin del mundo

Con el mar convertido en un infierno los hombres de la “San Lesmes” se enfrentan al fin del mundo desde su pequeño cascarón, entre montañas de agua helada, calados hasta los huesos y sin embargo con la boca seca, rezan sin aspavientos, con un murmullo apagado, invocando al santoral entero mientras un Dios desquiciado, despiadado e infantil les escupe desde el norte hasta latitudes por las que ningún ser humano ha tenido, hasta ése momento, la osadía de navegar.

La carabela de ochenta toneladas se queja en un lenguaje compuesto a base de crujidos, se escurre entre témpanos de hielo del tamaño de catedrales, guardianes petrificados que sonríen maliciosamente al verles pasar, que parecen esperar un momento de descuido para resucitar y exigir su peaje de almas.

Milagrosamente no lo hacen, quizás por ser los primeros se ganan su respeto, lentamente, la nao avanza guiada por un capitán sombrío, que maldice su condición desde el castillo de popa, que grita a sus hombres intentando hacerse oír …

Cosas de niños, cosas de payasos

Cuentan que cuando el payaso pisó la pista del circo con sus enormes zapatos, el silencio nervioso del respetable se hizo añicos desde una de las primeras filas de asientos, el lugar desde el que, alto y claro, llorando a borbotones como una fuente diminuta, un niño se aferraba a su padre aterrado por la presencia de aquel tipo extraño de cara blanca, nariz roja y sonrisa imposible.

Los sollozos recorrieron la carpa de un extremo a otro, sinceros, desazonados, desde las jaulas de las fieras hasta el cañón del hombre bala, inundándolo todo, capturando la atención de la multitud, dificultando la labor del hombre que disfrazado en mitad de un circulo de arena, con una silla y un acordeón esperaba un momento de silencio para poder continuar con la función.

Con cientos de ojos clavados sobre su espalda, dicen que el tipo del pelo bufado y naranja se acercó con mirada lánguida hasta el pequeño, le acarició la barbilla y le premió con la mejor de sus sonrisas.

Craso error.

En vez de calmarse, lo…

La mujer de la voz rota

Janis podría haber seguido pidiendo a Dios un Mercedes, pero al final, harta de esperar y en vista de que el Señor no esta para gilipolleces, se ha comprado un Porsche tuneado, un lienzo con ruedas rendido a la psicodelia sobre cuya chapa descansan flores y mariposas, trazos de vivos colores sacados directamente de un cerebro empapado en LSD que cuando arrancan quemando rueda se convierten en una especie de rayo multicolor, una carcasa ingrávida que por un segundo parece no estar sometida a las leyes de la física.

Con la capota bajada y a ciento cincuenta kilómetros por hora, Janis vive como conduce, el aire convertido en vendaval golpea su cara convenciéndola de que aún sigue viva, levantando y ondeando su larga melena como una bandera, como una medusa moderna que, pérdida la capacidad de petrificar con la mirada, decide hacerlo con la voz, un chorro de sonido roto que cuando te pilla desprevenido te cruje, te deja partido en dos con la boca abierta de par en par y con la baba cayendo…

Las benévolas

“Los métodos habían cambiado, los habían racionalizado y sistematizado a tenor de las nuevas exigencias. No obstante, aquellos cambios no siempre facilitaban el trabajo a los hombres. En adelante los condenados tendrían que desnudarse antes de la ejecución, pues la ropa se volvía a usar para el Socorro de Invierno y para los repatriados. En Jitomir, Blobel nos había explicado el nuevo sistema del Sardinenpackung, que había desarrollado Jeckeln, el procedimiento en sardina del que Callsen ya estaba al tanto. Debido al considerable aumento de el volumen de ejecutados en Galitzia ya desde el mes de julio, a Jeckeln le pareció que las fosas se llenaban demasiado deprisa; los cuerpos caían de cualquier forma, se enredaban, se desperdiciaba mucho sitio y en consecuencia se perdía mucho tiempo cavando; con ese sistema los condenados, desnudos se tumbaban boca abajo en el fondo de la fosa y unos cuantos tiradores les disparaban en la nuca a quemarropa”…”Después de la ejecución de cada hilera,…

Amaneceres extraños

A cien kilómetros de altura sobre la luna casi parece que, Frank, James y William puedan tocarla con solo extender sus manos, alargando los dedos hasta la superficie maltratada, repasando con las yemas cada uno de sus cráteres, valles y montañas, dibujando sus nombres sobre la arenas olvidadas del mar de la tranquilidad.

No pueden, mientras surcan el cielo a la velocidad del rayo, la especie de lavadora gigante que les transporta brilla en la noche como una estrella fugaz, metálica y frágil, baila con el satélite atraída por una fuerza misteriosa, en un constante equilibrio precario que permite a los viajeros conocer por primera vez la cara oculta, ésa fracción de tierra vedada a las miradas indiscretas de los mortales que por fin se muestra, celosa de sus secretos, como maldiciendo el día en el que los hombres aprendieron a volar.

Son los primeros, no serán los últimos, pero pocos tendrán el privilegio de observar con sus retinas, en vivo y en directo, semejante espectáculo, apretados …

Sigmund y la dama blanca

En el laboratorio, frente a la vieja encimera de granito que sostiene una jungla de cristal, el hombre de ciencia sopesa las últimas consecuencias de su acción, con cara pétrea y gesto preocupado pega una última calada a su puro, dejando después la colilla quemarse sobre el cenicero, bebe un trago de agua, cierra los ojos y respira hondo, se desabrocha la bata blanca, la chaqueta y la camisa, a pecho descubierto se coloca el frío fonendoscopio sobre si mismo y mide con paciencia sus propias constantes vitales antes del experimento, la respiración y ritmo cardiaco son casi normales, solo ligeramente afectados por el inevitable nerviosismo del investigador hoy transmutado en cobaya.

Mientras arrastra la pluma por el cuaderno el silencio es total, casi puede oír sus propios latidos, casi puede sentir la sangre correteando por sus arterias, la tibia luz de la incipiente primavera Austriaca se cuela ente los cristales sucios de la ventana, esquiva una atmósfera densa, teñida de gris por el …

Cicerón y las monedas de tres euros

A oscuras frente a la caja fuerte del embajador británico en Ankara, a Elyeza Bazna (alias Cicerón) se le hace la boca agua, con suavidad, acaricia la fría y pesada puerta metálica que le separa del parné, de la pasta, de las docenas de carpetas que aguardan cargadas de secretos la mirada indiscreta de unos ojos codiciosos, mientras oye los ronquidos de su jefe, el ayudante de cámara reconvertido a espía nazi se siente tranquilo, gira lentamente la ruleta escuchando cada pequeño clic, insertando la serie de números mágicos que son capaces de hacerle inmensamente rico.

Metódico y británico hasta la médula, Sir Hugh Knatchbull-Hugessen descansa como un bebé, resopla cual ballena azul, totalmente seguro de que a él no se la van a colar, que su gente es de plena confianza, que las medidas de seguridad personalmente desarrolladas por todo un Sir, hacen de su despacho un fortín inexpugnable.

Craso error, los traidores siempre tienen pinta de ser buenas personas, cuando la puerta de los secret…

El gran Museo

Cansado, aterido de frío y con una fina capa blanca sobre la cabeza, el viajero camina sobre una gruesa capa de nieve compactada que con el tiempo ha ido adquiriendo un tono azulado peligrosamente resbaladizo, un espejo que lo cubre todo sobre el que los hombres caminan como patos, que suena a cada paso con un quejido constante, sordo, resquebrajado.

El gran museo espera tras la verja, sobre los jardines de la entrada, el manto inmaculado lo cubre casi todo, respetando solo una pequeña hilera construida por los valientes que a pesar de todo han llegado hasta ése punto, desafiado a los elementos, con sus narices rojas y sus dedos azulados suben las escaleras de la entrada con la ilusión de un arqueólogo ante un viejo hueso de dinosaurio.

Desde el patio interior la vista es hermosa, magnífica, el techo acristalado y protector ofrece una imagen poco usual, con la nieve acumulada dibujando juguetona figuras imposibles, la luz que ya de por si es escasa en estos lares, tiene hoy un poco meno…