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La fiebre mas contagiosa del mundo




El día veinticinco el alba sorprende a los miembros de la cuadrilla de J. W. Marshall entrampados hasta las orejas entre tierra californiana, con sus espinazos doloridos de tanto doblarse y el sudor correteando juguetón por sus pellejos curtidos; si dicen que el trabajo enriquece el espíritu humano, en este caso mas bien lo iguala, lo humaniza, lo nivela; indiferentes a su clase, condición o raza, el grupo trabaja a destajo, la uniforme pátina gris que recubre sus caras habla por si sola, haría difícil distinguir al capataz del último mono de no ser por que el jefe siempre es el que tiene más mala hostia, siempre es el que grita mas y siempre es el que recibe respetuosas calladas por respuesta.

Es lo que hay, privilegios de poner las alubias sobre la mesa.

Al lado de Marshall, una mezcla heterogénea de indios, mexicanos y mormones cavan codo con codo para ensanchar el canal que alimenta el aserradero, unos están de paso y otros llevan la vida entera habitando aquellas tierras, pero todos trabajan por un jornal, por ésa fastidiosa necesidad humana de tener que llevarse algo a la boca día tras día.

James dirige el cotarro, a comisión, cuantos más árboles se sierran, más dinero entra en sus bolsillos y en los del cacique del lugar, un tipo llamado Sutter con el que ha montado a medias el chiringuito; eso significa que son sus perras las que están en juego, aquí no se para, son veinticuatro horas de curro ininterrumpido para asegurarse el fluido de agua que alimenta el molino que a su vez mueve los dientes de las sierras, ni un minuto de descanso, no vaya a ser que haya algún árbol que se quede sin ser talado o algún dólar sin ser honradamente ganado.

Business is business

Cuando los primeros rayos de luz son filtrados por el riachuelo, atraviesan el líquido elemento y rebotan sobre unas piedrecillas que abundan en el lecho del canal artificial recién construido, con la satisfacción de un trabajo bien hecho, uno de los mormones se da cuenta del raro centelleo y sin buscar demasiado recoge tres o cuatro piezas del suelo, las aclara con un poco de agua y se las da a su jefe.

-¿Qué cojones ese esto?

James no es geólogo, pero tampoco gilipollas, rápidamente limpia la mugre de la piedra con su no menos mugrienta manga, la lanza al aire y la recoge con la palma de su mano como intentando evaluar el peso, la aplasta un poco con un canto rodado mientras cuchichea entre dientes palabras que no tienen otro destinatario que él mismo.

Por fin sostiene el metálico hallazgo entre su dedo índice y pulgar, lo levanta y lo observa como si su mirada estuviera hecha de rayos X, como si pudiera leer algo sobre su superficie dorada, la pieza brilla, le sonríe mostrando su mirada mas dulce, le enamora, hace que sus pupilas se dilaten, que se seque su boca y que aparezcan mariposas en su estómago.

Oro.

Tres letras que resplandecen tanto como tres soles, cuarenta ojos y veinte bocas abiertos y abiertas de par en par, con el dorado reflejo grabándose a fuego lento en sus entrañas, en lo mas profundo de su ser, Marshall sabe que en ése mismo instante todo su mundo se ha ido al carajo, pronto los granjeros olvidarán sus granjas, los indios a sus ancestros y los mormones a su Dios.

Oro.

Una palabra mágica, imparable, que viaja entre susurros más rápido que la luz, que genera movimientos en masa de más de trescientas mil personas, que hace subir la temperatura a la mente humana, nublando su juicio, alterando su conciencia, causando la fiebre mas contagiosa de planeta tierra, la fiebre del oro.

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