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Mostrando entradas de 2009

El viejo pastor

Manuel camina, busca su propia senda sobre un mar de barro, avanza entre olas de tierra maldiciendo su jodida estampa, pintado de verde y ocre, envuelto en un calabobos maldito, otoñal, liviano, persistente; que se cuela bajo su chubasquero azul, que empapa su piel arrugada, sus huesos viejos y sus articulaciones oxidadas.

Con cada paso, sus piernas se hunden un poco más, luchan con el sendero y suenan por dentro como un cascajo al sentir el pesado abrazo de la madre tierra, aferrada a las botas cual amante despechada; Manuel suda y bufa como un toro en celo, se cuelga de su cayado mientras da tumbos por el camino, mientras se siente extrañamente cansado, desfondado, destemplado, helado como pocas veces antes.

Manuel no tiene muchas luces, nunca estudió, ni conoce más letras que las que componen su nombre, no las necesita para saber a las claras el origen de su enfermedad, es viejo y está viejo, no duerme como antes, ni come como antes, ya no mea del tirón; no hace falta ser un genio o …

Amor constante más allá de la muerte.

Cerrar podrá mis ojos la postrera
Sombra que me llevare el blanco día,
Y podrá desatar esta alma mía
Hora, a su afán ansioso lisonjera;

Mas no de esotra parte en la ribera
Dejará la memoria, en donde ardía:
Nadar sabe mi llama el agua fría,
Y perder el respeto a ley severa.

Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido,
Venas, que humor a tanto fuego han dado,
Médulas, que han gloriosamente ardido,

Su cuerpo dejará, no su cuidado;
Serán ceniza, mas tendrá sentido;
Polvo serán, mas polvo enamorado.

Francisco de Quevedo

La conjura de Venecia

Arrastrando su pierna coja por la cuesta del puente de Rialto, un mendigo extraño camina entre el caos dando tumbos, con la cabeza y las orejas gachas, oculta su rostro disimuladamente, se caga en su maldita estampa y mientras cubre sus vergüenzas con una capa roída, repleta de mierda, lamparones y otras medallas ganadas en los prostíbulos, empuña disimuladamente bajo sus mangas descosidas, una fina y larga daga del mejor acero toledano, por si, llegado el momento no queda otra que despedirse de este mundo cruel ensartando como a un pincho moruno al primer veneciano que le diga que bonitos ojos tienes, cordero.

De reojo, arrastrado por el tumulto, el mendigo mira hacia el Gran Canal, a las aguas repletas de bultos, de espaldas trinchadas flotando boca abajo como boyas, monigotes con el cuello rajado de parte a parte por obra y gracia del Consejo de los Diez, la panda de hijos de perra que han organizado ésta fiesta en Venecia, una en la que todos los súbditos de Felipe III están invita…

Un español en Núremberg

El hombre moreno de ojos grandes y sonrisa inmensa está nervioso, nota como su corazón late a mil por hora y su mano derecha se aferra inconscientemente al estrado, al minúsculo receptáculo de madera desde el que se dispone a resumir cuatro años en el infierno; difícil tarea, prácticamente imposible; el muchacho aclara su garganta y se coloca dos enormes auriculares de metal sobre sus oídos, escucha cómo desde ellos surgen palabras entrecortadas en distintos idiomas, una torre de babel en miniatura que momentáneamente lo distrae; por dentro maldice, no puede ser, no debe perder el hilo de lo que tiene que decir, disimuladamente aparta el artefacto de sus orejas y se centra, atento a los hombres de negro que le miran con indiferencia desde las alturas.

Frente a él, a poca distancia, los chicos malos, se revuelven, a ningún asesino le gusta ver el jeto de su víctima, cercados por una hilera de esfinges con casco blanco made in USA, los dueños y señores del Tercer Reich, ponen cara de her…

La perfecta alquimista

Cuando la negra puerta del Chrysler se abre, M. se queda sola ante el dragón, pequeña, vulnerable y aterrada, siente durante un segundo el tiempo detenido, suspendido sobre la nada, minúscula fracción de paz antes de la tormenta, antes de que, como un golpe en el rostro, los gritos apagados por el cristal tintado se vuelvan de repente agudos, histéricos, hirientes, penetrantes, taladren sus tímpanos, inunden el espacio reducido del vehículo, produzcan una riada acompañada de mil destellos repetitivos, deslumbrando su mirada, cegando su mundo de cartón piedra.

Es el momento, M. desciende con cuidado, elegante, inerte por dentro, se yergue ante la bestia, ante la multitud reunida para ver el firmamento, estrellas del celuloide en comunión para mayor gloria de sí mismas, saluda levantando la mano lentamente, como intentando resguardarse ante una tormenta de luz que arrecia, que se refleja en la ristra de diamantes engarzados sobre su cuello, que ilumina su traje italiano, su cuerpo para e…

Jueces, verdugos y afrancesados

Camino del patíbulo, no hay más realidad que la que termina con el último aliento ni más certeza que la muerte, fría e imperturbable, impasible; es imposible luchar contra ella, el tiempo juega a su favor, son compañeros de correrías, amigos del alma; Solano casi puede sentir su presencia al final de la calle, casi puede ver su sombra paseando entre la turba, oscura, tenebrosa, disimulando entre mil caras desconocidas, sonriendo impaciente, afilando su guadaña, esperando su turno, susurrándole en la nuca con su aliento helado, indicándole el caminito hacia ninguna parte.

Llegados a éste punto es difícil morir con dignidad, ésta se pierde volando cuando a uno le inflan la cara a hostias, cuando te patean las costillas con saña; arrastrado, humillado, el General Solano y Ortiz de Rozas es como un Ecce Homo con charreteras y galones, sólo que un poco menos resignado, a cada golpe, a cada escupitajo, a cada bofetada, contesta con un sonoro “hijos de puta”, mientras espera el milagro, mient…

Amores perros

En la terraza del café “Deux Magots” hay una mujer de pelo negro y mirada triste, sus manos son finas y alargadas, elegantes y perfectas, bellas, sostienen una pequeña navaja, diminuta, reluciente, refleja la fría luz del invierno sobre el filo, un arma que contrasta sobre el blanco impoluto de los guantes de la joven, asida por unos dedos frágiles pero fuertes, decididos, gobernados por la atenta mirada de dos ojos enormes que desarrollan hipnotizados un ritual estúpido, desquiciado.

Con la mano izquierda extendida como una estrella sobre la mesa de madera, con los dedos separados al máximo unos de otros, el reto es puntear con el extremo del acero afilado, el espacio que queda libre entre la carne, toc, toc, toc, cada vez más deprisa, haciendo saltar al cuchillo entre los dedos, uno, dos… uno, dos, tres… uno, dos, tres, cuatro… siguiendo un orden preciso, rápido, ejecutan un juego malabar pintado de sangre, es inevitable, al acelerar el ritmo, el filo, antes o después falla el objeti…

El monstruo del armario

Con seis años de vida, Abraham ya no tiene manos de niño, sus dedos han envejecido antes de tiempo, ahora son alargados, huesudos, se ven pálidos desde la penumbra; cuando el pequeño estira sus brazos, los introduce de lleno en el haz de luz que se cuela por la puerta y observa absorto las sombras chinescas que pintan el techo, construye con ellos caducos animales y monstruos sobre su cama, mariposas, leones y leviatanes, terribles seres efímeros que representan a su antojo una y mil historias, criaturas frágiles después de todo, capaces de morir con un simple soplido sobre una vela o con un sencillo rayo de luz en la mañana.
Encadenado a su propia debilidad, Abraham construye mundos que sólo se encuentran en su cabeza, lugares solapados con una realidad desconocida que según le cuentan, se extiende más allá de las cuatro paredes de su casa; planetas que no ha pisado jamás pero que ha visitado mil veces, tierras extrañas de héroes bondadosos y villanos malditos, pobladas por personaje…

Deshaced ese verso

"Deshaced ese verso,
Quitadle los caireles de la rima,
el metro, la cadencia
y hasta la idea misma.
Aventad las palabras,
y si después queda algo todavía,
eso
será la poesía."

Versos y oraciones del caminante. León Felipe.

La esperanza y el viejo pintor

El viejo pinta, recuerda, respira hondo dando forma a un suspiro, construye sin esfuerzo una media sonrisa en su cara cuarteada, siente la caricia del pincel y derrota la dictadura del lienzo en blanco, disfrutando con el tacto untuoso del óleo entre sus dedos y el familiar olor de la trementina manchando la estancia, perfumando su piel, su ropa, su memoria, mezclándose con los pigmentos, disolviéndolos, obrando el milagro sobre la paleta, capturando un pedazo de luz en un mundo gris, sordo, bastardo.

Cosas de la vida el viejo aún es capaz de mirar hacia atrás y pintar con esperanza, a pesar de la guerra, a pesar de la sinrazón, a pesar del miedo y la represión, a pesar del exilio, a pesar de haber nacido en una tierra ingrata, inculta, brutal y necia, acostumbrada a maltratar a sus mejores hijos; quien lo diría, a pesar de todo, resulta que el viejo todavía puede pintar cosas bellas.

Es el final del camino, uno repleto de certezas y pinceladas, de vida, de muerte, de color y de genio, …

Mundo de tinieblas

Sumido en la oscuridad más absoluta, el viejo capitán Lindeman piensa que los seres humanos, en su infinita imbecilidad, a veces dan por seguro demasiadas cosas, cosas sencillas, evidentes, como que el día sigue a la noche o que el aire no puede cortarse con un cuchillo, cosas que hasta un niño sabe, desde bien pequeño, como que el fuego se apaga con agua o que desde el cielo no llueven rocas.

Mira su reloj, sus labios dibujan una mueca seria, arrugada, mierda de artefacto, debe estar adelantado, o no, son casi las siete de la mañana del día veintiocho en el estrecho Sonda, entre Java y Sumatra, y sobre el puente de mando del General Loudon hoy tampoco ha amanecido, ni tiene pinta de que lo haga, mundo de locos, de tinieblas, sólo se atisban pequeñas luces en la costa, en la playa cerca de Telok Metong, son lámparas y candiles medio apagadas por un manto gris mortecino, sostenidas en alto por aquellos que imploran un billete de salida del infierno, como si eso fuera posible, pobres dia…

El poeta y la meada

Con la noche haciendo pardos a todos los gatos, el poeta se escurre entre las calles con un ojo en las esquinas y otro en el gavilán de su espada ropera, ligeramente borracho, acaricia la guarnición de la misma con la punta de sus dedos y camina hacia su hogar dando pasos cortos, desiguales, atento a las sombras, siempre repletas de rufianes y puñaladas traperas, siempre nocturnas y siempre alevosas; resoplando, sintiendo por un segundo el coleto demasiado ajustado, esforzándose por mantener la verticalidad perdida a manos de los años, la cojera y el vino tinto.

Camina, un soneto descansa en la punta de su lengua, afilado y perfecto, inmisericorde, cocinado a fuego lento, en su punto, verbo sometido a los caprichos de un genio, sílabas mágicas que se ordenan, construyendo palabras que según sea el caso, humillan, mortifican, ensalzan o glorifican; ajustan viejas cuitas, se baten en duelo.

Sin prisa pero sin pausa, bajo su capa y su sombrero de ala ancha, atraviesa la plaza de la cebada,…

Los secretos del fantasma

Cuando el cinco de Diciembre de 1872 el Mary Celeste aparece seiscientas millas a este de las Azores ante los ojos de el capitán Morehouse y su segundo Deveau, estos aún no saben que están viendo un fantasma; no tardarán en darse cuenta, vestido de blanco y negro sobre azul oscuro, pintando el horizonte con un presagio funesto, rasgando el lugar donde la mar y el cielo se confunden, el buque maldito terminará por cruzarse en su camino, con el velamen recogido sobre sus dos palos y el foque arrullado por el viento, cabeceando sobre un Atlántico en calma, desplazándose lentamente sin rumbo, sin nadie a la caña, navegando sin gobierno.

Si los marinos del Dei Gratia creen haberlo visto todo en la mar, es tan sólo porque no peinan demasiadas canas, cuando queda claro que nadie responde a las señas y que el buque avistado navega a la deriva, no queda otra que hacer de tripas corazón y anudar un cabo en la boca del estómago, echar un bote al agua y con un ojo en el barco fantasma y otro en el…

Juego de bastardos

Aldrich quiere vivir como en el puto James Bond, cada día, sueña con conducir un Jaguar, con bucear por la mañana en las Bahamas y cenar por la noche en Montecarlo, se imagina paseando por su casino vestido de punta en blanco y poniendo careto de gigoló a las nenas, puliendo treinta de los grandes en champán y putas, viajando en jet privado, sonriendo a la vida y dejando que la vida le sonría e él, enfrentándose a supervillanos para salir victorioso en el último segundo, para salvar al mundo, quedándose con la chica al final de la película.

Mierda de mundo cruel, va a ser difícil, la realidad es un poco más cruda, Aldrich trabaja de ocho a tres y más que espía, parece un representante de batidoras, alargado, pálido, con unas enormes gafas de culo de vaso y un bigotito amarillento, cuando se mira al espejo en lugar de bíceps, encuentra alerones de pollo viejo, los trajes de Armani no le caen bien, le sientan como a un cristo dos pistolas, los días y los años pasan, se escurren entre los…

El preciso instante

Resulta que Henri se ha camelado a la cruda realidad, le ha guiñado un ojo y ella, complaciente, se ha rendido a sus pies, le ha enseñado sus entretelas, desnudándose, permitiéndole pintar el mundo con su cámara, construyendo un enorme retablo, uno que se puede mirar desde mil ángulos, collage de momentos, fragmentos de vida grabados en nitrato de plata, obras maestras escondidas y encontradas detrás de cada esquina, detrás de cada muro, detrás de cada ser humano.

Elegante, el fotógrafo camina por París con sus andares desgarbados, sonriente, musitón, desde su muñeca cuelga medio escondida una pequeña cámara marca Leica, balanceándose como un péndulo sobre el suelo mientras él espera, mirando de reojo y haciéndose el longuis, el momento adecuado en el sitio adecuado, el preciso instante en el que el hombre encuadrará y hará clic, quedándose como trofeo con un pedacito de mundo en blanco y negro.

Dicen que la foto perfecta que ves con tus ojos, es la que no capturas con tu cámara, pero H…

De lágrimas y surcos en la cara

A veces, Martín piensa que su cuerpo y su mente están hechos de arena húmeda, que tienen la misma consistencia, que son como castillos levantados en la playa por un niño perezoso, inútiles, medio derruidos, solitarios, esperan resignados la subida de la marea, desmontándose lentamente, grano a grano, limados por el viento, derrumbados sobre si mismos, anclados al puñetero suelo.

Ajo y agua, es la condición de los castillos de arena; mientras camina, Martín vuelve al hogar con su trofeo, al agujero desde el que sale cada mañana, cuando el mono aprieta, a buscarse la micra de cada día, a enfrentarse al mundo cruel, al dios vengativo que desde hace unos años le domina sin piedad.

De reojo, se mira en los escaparates de la gran ciudad, aterrado ante el extraño que sobre ellos se refleja, un fantasma, un suspiro demacrado que deambula sobre el asfalto con su pequeño tesoro maldito en los bolsillos, un ser humano sin sombra reducido a despojo, que pasito a pasito camina directo hacia el preci…

La piel de cemento

Frente al muro, Horst se pregunta como demonios es posible odiar a un objeto inanimado, a un simple y maldito monstruo gris e inerte, a una cicatriz sangrante, a las verjas oxidadas de una jaula, al límite marcado del mundo permitido, a un cartel con letras grandes, rojas y negras, a una valla, a un alambre de espino, a un altavoz, a una torre de vigilancia.

Desde luego que se puede, con toda el alma, al objeto inanimado y a los hijos de perra que lo crearon, a los bastardos que con primoroso cuidado levantaron, ladrillo a ladrillo, el muro de la celda más grande del mundo, el lugar donde la utopía pronto comenzó a oler a muerto, donde del “todo es de todos” se pasó al “todo es de todos, pero más mío”, donde los de siempre, rápidamente se ufanaron en conseguir un buen puesto en el partido, en cambiar el color a sus gorras de plato y comenzar a hacer lo único que ésa gente ha sabido hacer siempre a la perfección, dar por culo al pueblo, para mayor gloria del pueblo.

A Horst ya le duele e…

La miseria del emperador

Jean-Bédel Bokassa no aprecia los contrastes, es una pena, desde su carroza imperial tirada por seis corceles blancos, los colores de su mundo se difuminan, se meten en su sesera y se mezclan sin orden ni concierto, verdes centroafricanos versus dorados napoleónicos, difícil mezcla, no importa, como aturdido por el traqueteo de la comitiva, el primer emperador de África sonríe, saluda a su pueblo sin perder la compostura, como un pastor caritativo que disfruta con los balidos de su rebaño, se deja hipnotizar por el júbilo forzado de los suyos y por un segundo se pregunta si el esfuerzo merecerá la pena, si los fastos de su coronación estarán a la altura de su persona.

A su alrededor, separando los niños desnudos de los mantos de armiño, su guardia personal de coraceros galopa, protege al líder, marca el camino entre la selva que siguen despacito docenas de blancas sanguijuelas VIP venidas del mundo entero, sudando dentro de sus Mercedes con treinta y nueve grados de temperatura y un ci…

El coco del presidente

Biuku y Eroni están en guerra, quien lo diría, guerra en el paraíso; locura importada por el hombre blanco y sus enemigos de ojos rasgados, desgracia que llegó sobre las cubiertas de los grandes buques metálicos, golpeando su pequeño mundo cristalino como un huracán, destruyéndolo todo, de repente, sin motivo, tiñendo de rojo el gran azul de su infancia.

Biuku y Eroni han elegido bando, o mejor dicho, un bando les ha elegido a ellos, un mal día, alguien llegó a su diminuto poblado, un desconocido de pelo amarillo que les dio armas y les dijo que estaban reclutados para mayor gloria de la democracia, que a partir de ése momento debían hacer lo que él ordenara, cosa curiosa, ellos no saben muy bien que será eso de la democracia, ni falta que hace, no lo necesitan para navegar sobre su cayuco, como siempre han hecho, lenta y silenciosamente, de isla a isla, sólo que ahora con un par de metralletas Thompson bajo las redes y unos ojos que ya no buscan peces, sino barcos japoneses.

Cuando Biu…

Cristales rotos y pedazos de alma

Los chicos de Röhm tienen una fiesta, una en la que todos los judíos están invitados, mientras se baja de coche, Otto piensa que al final, con un poco de mala suerte, ésos niñatos de mierda de las SA van a conseguir que se le hielen las pelotas, hay que joderse, no queda otra que pasar la noche bajo la luz de la luna, hacer de discreta niñera y dormir en un coche que parece encoger cada minuto, en el que el oxígeno parece consumirse demasiado deprisa, Otto es grande, nunca le han gustado los espacios pequeños, mejor salir del vehículo, al hacerlo el coche se bambolea de lado a lado, chirría de gozo, sintiéndose liberado de los ciento diez kilos de Kriminal inspector, éste se sacude las migas de la gabardina y busca un cigarro en la pitillera, es el último, mierda, sabiendo la que se iba a liar, debiera haber cogido un par de cajetillas extra, a ver donde cojones encuentra tabaco a estas horas de la madrugada.

El Kripo se rasca la nuca, piensa mientras mira de reojo a su compañero Klaus…

Percepciones

Sobre la mesa de Kurt descansa un tesoro, primorosamente envuelto en un paño, escondido en el interior de una carpeta vieja y atado con una cuerda roída; no es un tesoro al uso, no brilla ni engarza piedras preciosas, no lo protegen grandes cajas de caudales ni hombres armados, a primera vista, cualquier incauto podría pasar por alto su valor, incluso confundirlo con una mísera colección de papeles garabateados, emborronados, repletos de palabras ilegibles, inútiles.

Pero resulta que sí es un tesoro y Kurt puede olerlo gracias a su fino olfato, puede percibir su valor entre un millón de escritos, entre el millón de escritos que se amontonan tras él, apilados unos sobre otros en las cochambrosas oficinas de la editorial Rowohlt de la ciudad de Leipzig, el lugar desde el que Kurt observa ahora atento a los dos hombres jóvenes que frente a su mesa, le miran inquietos, como mascando un espeso silencio, incómodo, roto sólo periódicamente por las palabras de alabanza de Max Brod hacia su com…

Recuerden su condición humana, olviden lo demás.

Mientras la sala se llena, el hombre sabio de pelo blanco espera impaciente su turno, sentado con las piernas cruzadas tras la gran mesa de madera, respira hondo y observa inquieto a los individuos que, frente a él, entran ruidosamente en el recinto; los chicos de la prensa mueven sus sillas, las arrastran y las chocan entre si, se saludan, amablemente se reparten algún que otro codazo en su búsqueda incansable del mejor sitio y preparan sus micrófonos, sus grabadoras, sus cámaras y sus plumillas afiladas; disimuladamente, le devuelven la mirada al viejo, de reojo, como quien mira a un bicho raro, casi con una sentencia condenatoria en la boca, como miraría un juez a un caco al que han detenido demasiadas veces.

Los periodistas piensan que quizás, después de todo, los científicos quieran decir algo interesante, algo que no sea un tostón destinado a llenar espacio vacío entre las esquelas y los crucigramas, con un poco de suerte, quizás, le metan caña al gobierno, o a los comunistas, o …

¿Como coño se dice huevo frito?

Entre Nevada y Arizona, atravesando el desierto, uno casi se siente un tipo duro, un John Wayne de pega con tarjeta visa en el bolsillo, rodando por carreteras rectas, más largas que un día sin pan, el coche acelera mientras los Deep Purple mandan callar, hush, hush, chitón, que el rockero enamorado cree haber oído la voz de su amada, gran canción, ideal para éste decorado de película, grandes praderas y espejismos en el horizonte, la hostia, mi reino por una Harley, acelera, no demasiado, no sea que el sheriff del condado nos eche el lazo o que el tanque que nos han dado en la empresa de alquiler muera de repente en el arcén, no me gustaría quedarme tirado aquí, sin aire acondicionado en mitad de la nada, con cuarenta grados de temperatura ahí fuera y una coca cola caliente aquí dentro, que diversión, justo al lado de un letrero donde te venden diez acres de secarral a precio de ganga, oferta irresistible, aun así me lo pensaré, sigamos rodando que el viaje es largo, adelanta a aquel…

El grito del hombre muerto

Hayato es un hombre muerto, camina, respira y siente, pero está muerto, la vida se le escurrió entre los dedos hace demasiado tiempo, tanto que su cerebro es incapaz de recordar el día exacto, el instante en el que la esperanza se esfumó, el momento en el cual dejó de ser un hombre y se convirtió en una sombra, una máquina de huesos y músculos que se mueve de forma silenciosa entre las cavernas, una especie de ente que habla entre susurros y no admite otro futuro que el que le espera al final del camino, el lugar donde los demonios descansan hambrientos, relamiéndose, esperando pacientemente la hora del desayuno.

El hombre muerto de ojos rasgados sabe que su cuerpo es su alimento, mira al noreste, a través de los campos de caña de azúcar, hacia el lugar donde debiera encontrarse el mar, el gigante fundido con el horizonte, el azul infinito que le separa de los suyos, plagado de puntos grises, metálicos, repleto de hombres con los que compartirá su destino, que, como él, también han rec…

Sin City

El Strip de Las Vegas debiera oler a sudor, a perfume barato, a ambientador industrial, a tabaco y a polvo, el aire de los grandes casinos debiera oler a viejo, a borracho y a desesperación, debiera estar viciado, contaminado por la humanidad enloquecida sobre la que descansa, y sin embargo no huele, está limpio, impoluto, desinfectado, parece como si cada segundo fuera convenientemente aspirado, purificado, enfriado y devuelto a ése lugar mágico donde no existe el tiempo, donde no hay ventanas, ni relojes, ni entra la luz del sol, hogar de vampiros que no chupan sangre, donde el sonido y los destellos te envuelven, te golpean y te sumergen en un estado casi hipnótico, esquizoide.

Ciudad de locos, de bocas abiertas de par en par y cámaras que fotografían cada esquina, cada copia casi perfecta, inmenso gran hermano de cartón piedra, donde los techos están plagados de bultitos negros, surgidos como setas en un sendero, que enfocan, graban, estudian a los clientes, porque en las Vegas sie…

La ciencia española no necesita tijeras

Resulta que no hay euritos, se acabó la fiesta, la pasta, la guita, el parné, nos lo gastamos todo, mala suerte, hemos dejado la caja pelada, la casa patas arriba y las letras del banco en números rojos, menudo fiestón, joder que resaca, de las malas, ayer nos debieron meter garrafón en algún lado, en el garito aquel… ¿Cómo se llamaba? Ah si, disco-pub “Ladrillo”, debe ser eso, ahora nos toca silbar mirando al cielo como un inocente angelito, decir con la boca pequeña y por lo bajini aquello de yo no he sido, a mi que me registren, el problema es estructural, poner cara de circunstancias y pedir a la multitud que no cunda el pánico, que si le duele la hipoteca y el paro que se jalen un par de paracetamoles, de gramo, que las penas con drogas son menos.

Ahora nos toca reestructurar, recortar, maquillar el asunto, ya se sabe, sombra aquí, sombra allá, sablear al personal y sobre todo establecer una serie de prioridades, aquellas que nos identifican como país, como auténticos demócratas, …

Vida de perros

J no tiene más de dieciséis años y ya no espera otra cosa del mundo aparte de que siga girando con pasmosa regularidad, tumbado sobre la hierba de el parque de Buenavista, dominando Haight Ashbury con la mirada, desde su castillo de tierra y hojas, como un rey sin corona, siente que, hasta donde alcanza la vista de alguna manera es suyo, le pertenece, es su hogar, son sus dominios, un lugar donde las hormigas corretean sobre su cuello, donde el cielo es azul y donde el sol luce en lo alto, inalcanzable, benefactor, calentando su careto demacrado sin pedir nada a cambio, llegados a éste punto, sabe que en un día de suerte no debe pedir mucho más, tan solo quizás que alguno de los turistas con cara de lerdos que cruzan frente a él se tire el moco y le suelte un par de pavos y algún cigarrillo con el que acompañar el par de cogollos de marihuana que desde hace dos días guarda como un tesoro cerca de sus huevos, envueltos en una bolsita de plástico a salvo de compañeros de calle y de regi…

Bienvenido al imperio

Visto desde el aire, por la noche, el valle del silicio, parece un microchip gigante, con miles de lucecitas brillando en la noche unas cerca de otras, minúsculas y lejanas, todas juntas son como el alma de Internet, el lugar donde los niñatos con su cara de adolescentes repleta de granos paren sus ideas geniales y cambian el mundo, haciéndose ricos de paso.
Mirando por la ventanilla del avión, con mucho sueño acumulado en el cuerpo, la frente apoyada en el frío cristal y cara de ecce homo, el viajero da las gracias al cielo que atraviesa por llegar a San Francisco, mientras el avión enfila la pista, se frota los ojos y se pregunta si está vivo, si el niño que lleva dieciocho horas llorando en el asiento de atrás tiene alma de barítono y si ésto de ir persiguiendo al sol hacia el oeste es bueno para la salud.
Por fin, tras el meneo de las ruedas contra el suelo, un chirrido y un frenazo detienen la aeronave , llega el momento de la despedida, adiós niño bonito, adiós, con los pies y las…

Primer aniversario

Un año, una vela en una tarta imaginaria, una muesca gorda en una pared de cualquier prisión, un hueco vacío justo donde debiera de estar el calendario, una vuelta completa alrededor del sol, una primavera, un verano, un otoño y un invierno, 12 meses, 365 días, 8760 horas, 525600 minutos, 31536000 segundos, una cara de enfado en un niño a la puerta de un colegio, un final apoteósico en el ultimo capítulo de la última temporada de Lost, una decena de buenos libros, otra decena de tostones, un millón más de parados en las colas del INEM, un par de ceros más en la cuenta de un banquero, un amigo que se va, otro que vuelve, una docena de canas más, unos miles de pelos menos, una arruga, una gripe, unos zapatos nuevos, unas centenas de colillas, tantas como días perfectos para dejar de fumar, un carnet de gimnasio cogiendo polvo en el fondo de un cajón, un montón de buenos propósitos, un blog...

Cumplir un primer aniversario no es fácil en este mundo de locos, hacerlo sin habérselo pasado b…

Reinaldo, Saladino y los cuernos de Hattin

De rodillas, con la cara inflada a hostias y los labios partidos, Reinaldo de Châtillon saca su lengua seca y lame sus heridas, deshidratado, prueba el fluido que resbala desde su nariz 100% francesa y aprecia su dulzor, sangre coagulada, viscosa, mezclada a partes iguales con tierra santa, seca y blanquecina, que ahora chirría entre sus dientes; quisiera escupir pero no le queda saliva, su garganta arde, maldita sed, maldita sea, maldito sol del desierto, el cruzado piensa que vendería su alma al diablo por un cazo con agua de ciénaga, otra cosa es que el diablo quisiera pagar por algo que hace demasiado que le pertenece.

Cuando llega el momento, a Reinaldo lo levantan a empujones, pasito a pasito, intentando no estampanarse contra el suelo, avanza por un pasillo improvisado entre turbantes, escudos y cimitarras, ojos oscuros que le miran y le desprecian, le maldicen y ruegan a su Dios que el gran Salah al-Din no tenga piedad del cruzado, torpemente, el prisionero camina, arrastra sus…