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Stalingrado




Klaus y Otto apoyan sus respectivos rifles contra la pared, o lo que queda de ella, los enormes agujeros que la atraviesan convierten en un misterio insondable el hecho de que parte del edificio mantenga su verticalidad, como roedores asustados asoman sus hocicos por los huecos de la metralla desafiando a los francotiradores de papá Stalin, la ocasión lo merece, desde el Univermag la visión de la plaza roja es envidiable, un asiento de primera fila ante el comienzo del fin del mundo.

A menos de doscientos metros, un trío de rollizos rusos caminan orgullosos sorteando cadáveres, lo hacen lentamente, altivos, bravucones a pesar de las dos docenas de mirillas que apuntan a sus seseras, visten de punta en blanco, con uniformes nuevos hechos a medida, como tres novios camino del altar, portan una bandera blanca y tocan una corneta, quieren impresionar a los hombres que transmutados en ratas les miran desde las trincheras.

Esta claro a lo que vienen, a exigir la rendición.

Klaus mira de reojo a su compañero, lo hace con unos ojos hundidos, enterrados en unas cuencas en las que ya casi no queda carne, solo cráneo, tiembla, sus dedos alargados buscan la alianza que descansa atada con un cordón a su cuello, se la quita, la besa, la guarda entre su ropa interior, desabrocha sus cartucheras y el casco, los lanza a la esquina.

-Esto se acaba.

Como zombis, los hombres que se pudren a su alrededor comienzan a imitar sus gestos antes de recibir cualquier confirmación, un rumor sordo se extiende sólo con las miradas, el mariscal de campo Paulus, no se ha suicidado, ha aceptado la rendición de “el caldero”, la batalla mas cruenta de la historia ha terminado.

Del otro lado el silencio de las ametralladoras da paso a un tableteo atronador, miles de voces aúllan y disparan al aire, el amasijo de escombros que un día recibió el nombre de Stalingrado vuelve a ser enteramente ruso, lentamente los hombres de ejército rojo se acercan desconfiados a la línea defensiva de los almacenes Univermag, el antiguo centro comercial ha sustituido sus maniquíes de cartón por hombres no menos inertes, poco a poco, los que pueden caminar comienzan a salir con los brazos en alto, otros muchos, se quedan dentro agonizantes.

Klaus y Otto se apoyan el uno en el otro, mantenerse en pie con los dedos congelados no es sencillo, quitan los ropajes a un muerto, los hacen tiras y los colocan a modo de vendas sobre sus botas de verano buscando un poco de calor extra, se anudan los pantalones con un trozo de cable y comparten la última de las raciones de campaña, al salir del sótano un sargento de no más de veinte años los coloca en fila a patadas.

La NKVD camina a su lado, selecciona a los Hiwis (desertores rusos) y a aquellos que no se tienen en pie, antes de que puedan decir esta boca es mía se ven con trescientos gramos de plomo entre las entrañas, a nadie le sorprende, mientras los afortunados supervivientes comienzan su largo peregrinaje hacia Siberia, el hombre cuyo fusil aún humea les hace una promesa al oído.

-Así se verá Berlín, os lo juro.

Ni Klaus, ni Otto vivirán lo suficiente como para ver cumplido el juramento.

Comentarios

ury6 ha dicho que…
... y Paulus fue el primer mariscal aleman en entregar sus condecoraciones a un enemigo...

me encanta tu estilo, nos metes en la piel de los personajes con mucha facilidad!

sigue asi por favor!
Hispa ha dicho que…
La batalla más cruenta de la Historia, en efecto.

Tremenda dramatización. Felicidades.
Javi ha dicho que…
Gracias por los comentarios, animan a seguir tecleando.