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Sobre muros y personas




Cuando Conrad Schumann ve como sus compañeros de armas del Nationale Volksarmee extienden el alambre de espino a lo largo de la esquina entre la Ruppinerstrasse y la Bernauerstrasse se siente como si ésa larga soga metálica se estuviera enredando también en su pescuezo, casi puede notar sus finas puntas afiladas reptando sobre su nuca, clavándose bajo su piel, interrumpiendo el flujo normal de oxígeno hasta sus pulmones.

Camina nervioso, con su fusil al hombro y el casco calado hasta las cejas, intentando poner cara de malo y mirando con ojos de odio a todo aquel que osa acercarse hasta la barricada, asustando a los pobres diablos en los que, en el fondo, ve una imagen difusa de si mismo, las órdenes son claras, volarle la tapa de los sesos al traidor que quiera cruzar la calle, a todo aquel listo que intente saltar el muro que en ésos momentos comienza a ser construido.

El muro de la infamia, el muro de Berlín.

Vigila, a los curiosos que desde el otro lado observan atónitos la brecha que irremediablemente se abre en Alemania, a los soldados americanos que con sus dentaduras profident y sus cigarrillos luky strike parecen querer ser todos estrellas de cine, al tipo distraído que saca fotos del desastre.

Los cerdos capitalistas parecen felices después de todo.

Conrad es joven pero no idiota, sabe que lo que es hoy una simple alambrada, mañana será una pared infranqueable, alta como un castillo, capaz de detener el sol, el aire, la lluvia y a los enemigos de la patria que a doscientos metros disfrutan sin reparos de su obscena libertad.

Es lo que tienen las cárceles, que no gustan ni a los carceleros.

-A la mierda.- El soldado Schumann toma una decisión.

Mientras deserta, las caras de aquellos que ama aparecen en su mente una y otra vez, el lastre enorme de lo que deja tras él le duele pero ya no le atornilla al suelo, no hay marcha atrás, no hay posibilidad de arrepentimiento, sus tripas le piden que corra como alma que lleva el diablo, la energía de sus veinte añitos se transmite a sus piernas como una explosión, salta la barricada, contiene el aliento y reza por que ninguno de sus camaradas le tenga en el visor de su rifle.

Libertad.

Doscientos metros como doscientos soles y un tipo hace la foto de su vida.

Comentarios

Hispa ha dicho que…
El miliciano caído, la bandera en el Suribachi, ésta y el hombre en la Luna: para mí, las fotos más representativas del siglo XX. Buenísima entrada que despierta en mí la envidia de no haber pensado en ella antes. Seguramente te la robaré... no me lo tomes a mal.
Javi ha dicho que…
Por supuesto, sirvase usted mismo Sr Hispa.

Saludos
guillermo ha dicho que…
Magnífica entrada, como todo tu blog que voy descubriendo poco a poco, como las buenas cosas.
Saludos
Javi ha dicho que…
Gracias Guillermo, lo que uno escribe solo tiene sentido si hay alguien que lo lea al otro lado.

Saludos