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I+D en el siglo séptimo




Cuando el sol despunta al alba, Calínico dirige su mirada inquieta al océano traicionero, a un horizonte aterrador que cual bosque sombrío, oscuro y artificial aparece salpicado de buques negros, siniestros portadores de muerte, cuyas sombras se alargan sobre la superficie acariciando las crestas de las olas, llegando casi hasta la orilla, hasta los mismísimos muros de Constantinopla.

Cinco largos años de asedio, de sangre y guerra santa, árabes y cristianos masacrándose durante un lustro frente a las últimas puertas infranqueables de Bizancio, mirándose de reojo, medias lunas en los barcos, cruces en lo alto de las murallas, estudiándose como dos lobos que se enseñan los dientes entre dentellada y dentellada, perfectamente capaces de morir desangrados, antes que admitir su derrota.

Una partida que está en tablas, los asediadores no tienen fuerza suficiente para entrar, y los asediados no la tienen para salir, un empate técnico que hoy se verá resuelto.

Calínico nota como un nudo se aferra a sus tripas, los años de exilio y sufrimiento se condensan en un destilado puro de odio entre culturas, por fin va a devolvérsela con creces a los tipos que le expulsaron de su hogar, a los mismos que hoy asfixian su mundo y amenazan a su Dios.

Todo ello sin ser capaz de levantar una espada, porque Calínico de Heliópolis no es un hombre de guerra, no sabría como matar a una mosca, él es un tipo culto, un ingeniero, un inventor de cuyo cerebro ha surgido hoy, el artilugio infernal que se cierne imparable sobre los barcos árabes, I+D en el siglo VII.

Cuando los Dromones Bizantinos abandonan la seguridad del puerto y enfilan la proa hacia los numerosos Trirremes Omeyas, éstos se las prometen muy felices, son mayoría, mientras tocan zafarrancho de combate, pocos se percatan de los misteriosos artilugios metálicos que brillan sobre las cubiertas cristianas.

Craso error, los esclavos se aferran a sus remos, comienzan a apalear sardinas con esfuerzo, los barcos viran y los gritos dan paso a órdenes concisas en diferentes idiomas, el ruido metálico de las armas tintinea en la mañana, los contendientes poco a poco ganan velocidad, cortando el agua en direcciones contrarias, buscando su lugar en el paraíso.

No llegan a tocarse un pelo, en el momento en el que los Omeyas se ponen a tiro, los cristianos recurren a un arma que sin duda es fruto de la brujería, los marineros de Constantinopla comienzan a bombear a presión una mezcla de nafta, azufre, cal viva, nitratos y grasa a los tubos metálicos que lucen en sus proas, al final de los cuales una llama explosiona la mezcla, expulsa con fuerza una lengua de fuego que se pega a la carne, que no se apaga con agua y que lo devora todo en cuestion de minutos, buques y marinos arden como teas, los hombres que se lanzan al agua iluminan a los peces en su viaje hasta el fondo.

-¡Hades est itur!

El primer lanzallamas de la historia se convertirá en un mito, el “Fuego Griego” salvará la ciudad, aterrará a los enemigos del imperio Bizantino y frenará la expansión musulmana.

Calínico sonríe al ver las columnas de humo en el horizonte, por hoy puede sentirse satisfecho.

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