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El fantasma de D. B. Cooper




El Boeing de la American Northwest cruza el cielo helado dejando tras de si una fina línea inmaculada, imperceptible para las almas que viajan en su interior, atraviesa la manta de nubes bajas aparentemente sin esfuerzo, como un cuchillo que corta mantequilla, como un proyectil plateado que ajeno a la ley de la gravedad decide investigar si es verdad que luce el sol por encima de la tormenta.

Cuando la lucecita del asiento 18C se ilumina, emite un sonido casi infantiloide, la azafata Florence Schaffner acude solícita entre miradas furtivas que estudian su trasero, un hombre de poco mas de cuarenta años la espera con una sonrisa educada, viste elegantemente, con una madreperla embutida en el ojal de la chaqueta de su traje negro, pide un bourbon con soda y disimuladamente desliza entre las manos de la muchacha un trozo de papel doblado.

Flo maldice en su fuero interno, otro tipejo solitario que se quiere colar en su entrepierna, la azafata guarda sin leer el mensaje en su bolsillo y se aleja, no hay mayor desprecio que el menor aprecio, pero cuando el hombre de negro insiste, a la mujer no le queda otra que recorrer el camino inverso por el pasillo del 727.

Tranquilo y sonriente, el viajero moreno con las orejas de soplillo sostiene un pequeño maletín en su regazo, al que señala con la cabeza mientras habla.

-Debieras leer la nota, tengo una bomba.

Es escueto, podría decirlo mas alto pero no más claro, pálida y descompuesta Flo acude a su compañera Tina Mucklow y a su capitán William Scott, las indicaciones de la nota no dejan lugar a dudas, es un secuestro, un trato sencillo, 200000 dólares en billetes de 20 y un par de paracaídas a cambio de no mandar al carajo el avión con sus 94 inocentes pasajeros dentro.

En Seattle saltan todas las alarmas, el FBI busca la guita, los paracaídas y llega a un acuerdo con el secuestrador, tras aterrizar, los pasajeros del vuelo 305 abandonan la nave sin coscarse del asunto, celebrando el bonito día de acción de gracias, sin más contratiempo, el aparato retoma el vuelo enfilando su proa hacia México lindo, volando bajo, despacio y relleno de fajos de billetes.

Hacia la mitad del viaje, el secuestrador apaga el último de sus cigarros y apura su copa, amablemente indica a Tina que se meta en la cabina del piloto y se queda en solitario como dueño y señor del pájaro metálico, minutos después, el avión empieza a vibrar, el capitán Scott observa el color rojo parpadeante del indicador de apertura de la puerta trasera y la temperatura baja bruscamente hasta los 7 grados bajo cero.

Por el interfono los pilotos hablan al individuo.

-¿Hay algo mas que podamos hacer por usted?

-No.

Le llamarán D. B. Cooper, salta al vacío desde 10000 pies de altura y a 195 millas por hora con la cara de Andrew Jackson forrando sus pelotas, la noche y la tormenta le devoran sin contemplaciones, le convierten en un mito, en un fantasma juguetón que se bebe un bourbon, se fuma un pitillo y se inscribe con nombre falso en la historia, riéndose a carcajadas de todo aquel que intenta seguir su rastro.

Comentarios

guillermo ha dicho que…
Que buenos ratos me paso leyéndote.
Saludos y felices fiestas.
Javi ha dicho que…
Gracias Guillermo feliz año.
Javier Díaz Carballeira ha dicho que…
Muy bueno, como siempre, aunque siempre me sorprende los riesgos que corren los yankees por un puñado de dólares. ¿En qué años fue eso? 200000 no son nada.