Ir al contenido principal

Dragones azules




El bueno de Abbie Hoffman esta puesto hasta las trancas, mientras la Creedence Clearwater Revival se despide de Suzy Q, sus pupilas dilatadas como platos soperos esquivan a la multitud entre el barro, varios dragones azules le persiguen buscando revancha, son jodidamente persistentes, a pesar de que Abbie es rápido como el viento, al final le dan caza como a un conejo.

Es lo que tienen los dragones azules, malvados y rencorosos, siempre están al acecho, siempre dispuestos a tocar las pelotas, una vez que estas en sus garras, no hay escapatoria posible, tan solo sometimiento a sus lisérgicas majestades.

Sus dientes azulados esconden lenguas viperinas, sus ojos inyectados en sangre solo son capaces de trasmitir pavor, mientras Hoffman grita aterrado, una orden es transmitida por los gigantes del cretácico a su cerebro hiperactivo.

-¡Mientras tú lo pasas bien aquí en Woodstock, Sinclair está en la trena, levántate y lucha!

A Abbie siempre le han gustado las causas perdidas, casi tanto como las drogas, y ahora tiene una misión, luchar por la liberación de un colega, un tipo llamado John Sinclair al que le han caído nueve años de prisión en Michigan por pasarles un par de canutos a unos polis de la secreta, iluminado, como un profeta redentor entre la juventud alocada se dirige al escenario donde, los Who acaban de rematar Pinball Wizard.

Tambaleándose sube al escenario del mejor concierto de todos los tiempos, ante una multitud intrigada arrebata el micrófono a Roger Daltrey (cantante de los Who) y comienza a soltar su discurso…

-¡Esto es un pedazo de mierda, mientras John Sinclair se pudre en prisión…!

El festival pasará a la historia como el icono de la cultura hippie, toneladas de paz, sexo y drogas dispuestas a cambiar el mundo, el único problema es que Peter Townshend, guitarrista de los Who, aún no se ha impregnado del amor que lo empapa todo, la visión de Abbie usando su micro perturba su karma hasta tal punto que, al grito de “Que te jodan, sal de mi jodido escenario” decide probar la resistencia de su guitarra sobre la cabeza del espontáneo.

La guitarra se rompe, la cabeza de Hoffman no, el visionario sale disparado y muerde el polvo, no hay lugar para discursitos en Woodstock.

Ni tan siquiera en Woodstock.

Comentarios