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Trinity




El armazón metálico se eleva solitario sobre el desierto de “la jornada del muerto”, desnudo y letal, se asemeja a la torre olvidada de una iglesia siniestra e inacabada, sobre cuya cúpula el ser humano ha decidido condensar el infierno en poco más de dos metros cuadrados, el sol aún no ilumina el conjunto desde lo alto, pero promete proyectar una sombra alargada sobre la arena y asfixiar a los hombres de ciencia que inquietos y orgullosos esperan haber descubierto el definitivo camino a la destrucción.

A unos treinta kilómetros de distancia, un tipo delgado y de tez cetrina limpia y se coloca unas gafas protectoras similares a las que usa un soldador, Robert Oppenheimer es el responsable del tinglado, nervioso enciende el enésimo cigarro del día mientras se asegura que los sistemas de medición están correctamente calibrados, tras una espera tensa, da por fin las últimas indicaciones a unos colegas que le miran de reojo con una mezcla de respeto y admiración, el reloj de la cuenta atrás marca veinte minutos que parecerán veinte horas.

Tic, tac.

“The Gadget” ilumina el cielo de Nuevo México al las 05 horas 29 minutos y 45 segundos del 16 de Julio de 1945, generando una onda expansiva que como un Dios colérico recorre ciento sesenta kilómetros anunciando una “mala nueva”, el hombre ha dominado el átomo, los hijos de Adán y Eva pueden estar contentos, ya no dependen de ningún Dios para ser expulsados del paraíso, ahora ya pueden autodestruirse sin ayuda de nadie, son independientes.

A la luz cegadora le sigue una nube inmensa de polvo que con forma de champiñón invade el cielo y un vendaval que azota sin contemplaciones a los allí presentes, las vibraciones rompen cristales y aterran corazones, Norris Bradbury, uno de los padres de la criatura exclama, “Ahora somos todos unos hijos de puta”, la prueba “Trinity” ha sido un éxito.

Oppenheimer se queda un rato en silencio, es un hombre culto, suficientemente inteligente como para entender las implicaciones futuras de lo que allí acaba de suceder, mientras medita, unos versos hindúes atraviesan su mente.

“Si el esplendor de un millar de soles brillasen al unísono en el cielo, sería como el esplendor de la creación...”

"Ahora me he convertido en La Muerte, Destructora de Mundos."

Cuando por fin se decide a hablar, todos esperan una frase grandilocuente que pase a la historia, nada de eso ocurre, mientras el físico repasa los datos, una simple palabra de desliza entre sus labios.

-Funcionó.

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