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Migrant mother




Cuando Florence Owens se sienta bajo la mugrienta lona que hace las veces de hogar, el hambre ya ha dado paso al agotamiento, consumida y desfondada, con un cuerpo reducido a pellejo y huesos, su aliento se ha petrificado, como una virgen moderna, rígida e impenetrable, mira los helados campos californianos mientras se pregunta como demonios va a dar de comer a su prole.

Siete bocas como siete soles, incansables, piden una ración de alimento que no llega y un lactante que llora en su regazo, hambriento, al que puede intentar engañar dándole un pecho yermo, vacío porque para alimentar primero es necesario tener algo en el estómago.

Sus ojos se pierden en otro tiempo y en otro espacio, antes de que desaparecieran los garbanzos de la mesa, antes de que la inmortal avaricia humana se diera de bruces con una realidad hecha a base de personas que necesitan comer a diario, antes de que los mismos que vendían humo en forma de papelitos decidieran probar el efecto de la gravedad sobre sus cuerpos desde los rascacielos de la gran manzana.

Maldita sea su estampa.

Pintan bastos para Florence y los suyos, las heladas prematuras han arrasado los campos de guisantes, y sin cosecha no hay cosecheros, ni dinero, ni sustento, ni futuro, solo queda subsistir a base de pájaros y forraje en el país mas rico del mundo.

Florence vuelve al planeta tierra, se encuentra una extraña mujer que la fotografía, los “clic” de su cámara no la sorprenden, indiferente, posa sin más, sin gastar un átomo de energía en intentar evitar pasar a la historia como un icono del desastre.

Dorotea Lange empuña su cámara Graflex satisfecha, contratada por el gobierno para documentar fotográficamente la situación de los jornaleros californianos, baila alrededor de su modelo con la pasión de una artista, aún no lo sabe pero acaba de hacer la foto de su vida, aquella que irá irremediablemente unida a su nombre y que la hará pasar a los anales de su oficio.

“Migrant mother” se convertirá en una llamada de auxilio, estimulará la imaginación de Steinbeck durante la escritura de “Las uvas de la ira” y dejará constancia para todos aquellos que lo quieran contemplar, que la miseria está, después de todo, a la vuelta de la esquina, una enseñanza valiosa en estos tiempos convulsos de crisis sub prime y banqueros con agujeros en los calcetines.

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