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Los últimos latidos de Félix




Lentamente, como levitando, el hombre importante avanza entre rostros sin alma en dirección al estrado, figuras oscuras con ojos de serpiente protegen su caminar, sin disimulo, los escoltas taladran con su mirada, a cada paso, las pálidas caras de los próceres de la patria que como buenos chicos esperan ansiosos su ración de odio.

Cuando Félix Dzerzhinski por fin se coloca frente al auditorio el silencio es sepulcral, casi tanto como la propia presencia del asceta rojo, el aire se ha helado, ha adquirido una tonalidad blanquecina, mortal como las mañanas siberianas, los allí presentes tragan saliva y respiran con cuidado, con el corazón en el interior de un puño que se eleva, firmes como postes y dispuestos a saborear con deleite cada palabra del jefazo.

Por delante, dos horas de discurso y un público entregado, el terror siempre ha garantizado audiencias fieles, y el 20 de Julio de 1926 nadie está a salvo en Rusia, ni tan siquiera en el Comité Central Bolchevique, donde muchos de los que ahora aplauden hasta despellejarse las manos pronto verán el infiero de cerca, en los Gulags del papá Stalin.

Como un santo ateo, el “Félix de hierro” arremete contra los pecadores del pueblo, señalando con el dedo, destilando un odio finamente depurado y meditado, siniestro e insaciable que necesita su cuota de sangre para subsistir, Trotsky, Kamenev y Zinoviev son el objetivo, la oposición unida cuya sola existencia es un insulto para la revolución.

Como un estilete las palabras de Dzerzhinski (padre de las Checas) hieren y cortan, delimitan responsabilidades, apuntalan conciencias, y exigen vidas a cambio del paraíso futuro, el oficio al que en cuerpo y alma se ha dedicado éste ex seminarista hijo de polaco burgués atraído al lado más oscuro de la fuerza, profeta de una religión que no admite profetas, víctima transmutada a verdugo y firme defensor del exterminio del pueblo por el pueblo que por aquel entonces no ha hecho mas que comenzar.

El líder sin embargo está hoy más pálido que de costumbre, su cara afilada parece tener los ojos aún más hundidos en sus cuencas y sus pulmones parecen no dar a basto para alimentar con aire las cuerdas vocales de una voz que de repente, para sorpresa de los adoctrinados, se para.

Odio súbitamente silenciado por la frágil naturaleza humana.

Como aplastado por el peso de los cientos de miles de muertos que carga sobre su espalda, el dirigente siente como se le va la vida y no puede hacer nada por evitarlo, impotente, uno de los hombre más poderosos de la revolución observa como todo el terror que su escuchimizada presencia transmite, se desvanece en cuestión de segundos, los mismos que su corazón tarda en pararse.

Antes de que su cuerpo inerte golpee el suelo, el moribundo, desnudo ante la montaña de dolor, horror y sufrimiento causado a sus semejantes, se ve asaltado por una última y agónica duda.

Es afortunado, no vivirá lo suficiente para intentar contestarla.

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