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Lluvia en la cara




Cuando “Rain in the face” escucha la señal para salir a escena ya esta perfectamente preparado, serio sobre su yegua blanca, aprieta fuertemente las riendas con una mano mientras con la otra ajusta su carcaj a la cintura y el arco a su pecho, elegantemente vestido para una guerra irreal, con su impresionante tocado de plumas de águila y cuervo y su vistoso peto de hueso de búfalo, parece un fantasma de un tiempo no tan lejano, pequeño y curtido por el sol, nadie de la tribu Lakota moverá un solo dedo hasta que él lo diga.

Entre bambalinas, observa a Búfalo Bill hacer el paripé para mayor gloria del hombre blanco, con su cada vez más escasa melena al aire y oportunamente caracterizado con uniforme de general, cuando por fin pisa el escenario la gente brama de emoción, un séptimo de caballería mas falso que el beso de Judas le sigue decidido, los héroes saludan y empuñan sus armas con orgullo, comienza la función.

Es su momento, en segundos, los últimos hijos de las praderas saldrán a escena al galope, disparando sus flechas sin punta y apuntando sus rifles sin balas, como un torbellino maldito de pega rodearán a los rostros pálidos vestidos de azul, quemando pólvora, gritando y aullando, luciendo sin orgullo sus pinturas de guerra, mientras, los supuestos enemigos irán cayendo lentamente entre dramáticos estertores hasta que sólo quede un Búfalo Bill disfrazado de General Custer, que cual mártir del imperio caerá con las botas puestas.

Los niños quedarán boquiabiertos, las mujeres derramarán una lagrimita por la leyenda encarnada y los varones adultos podrán sentirse orgullosos de su patria, “Wild West Show”, un espectáculo impresionante, un dinero bien pagado, entretenimiento en estado puro en una época en la que el cine aún está en pañales.

Pero a “Rain in the Face”, no le quedan ganas de salir guapo en la foto, por un segundo, antes de representar su papel, siente como un escalofrío recorre su columna vertebral, como la sangre comienza a bullir en el interior de sus venas y los pelos de sus brazos se ponen de punta, son las voces de sus antepasados que taladran sus oídos reclamando el orgullo perdido.

Sus dedos buscan instintivamente el cuchillo que reposa envainado en su cintura, sus ojos se cierran y vislumbran en la oscuridad las miradas de los muertos en Little Big Horn, por fin una sonrisa se dibuja en su ajada cara mientras recuerda como con ése mismo filo rebanó el pecho de Custer, cuando la sangre coagulada del mito salpicó como lluvia su cara, el momento en el que los años de afrentas, asesinatos, hambrunas, mentiras y miserias causadas por el hombre blanco quedaron momentáneamente saldadas.

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