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Espías y calentones de verano




Mientras John se sirve una copa junto a la piscina, el sol de Julio calienta su nuca, tuesta su calva ajada de antepasados latinos y le invita a pensar que la vida puede ser bella después de todo.

El primer trago le calma, el segundo le narcotiza lo suficiente como para buscar un asiento donde reposar unos huesos que se encuentran peligrosamente cercanos a la cincuentena, se sienta, se relaja, dedica unos minutos a meditar sobre su vida, sobre su suerte, puede dar gracias al cielo por su fortuna, la misma “baraka” que salvó su pellejo en las playas de Normandía, le hizo estar en el momento adecuado en el lugar adecuado, le convirtió en el hombre a seguir, cargo tras cargo, puesto tras puesto, ascendiendo imparablemente hacia las dulces cotas donde el autentico poder reside.

Poder, John ya lo ha catado, lo ha saboreado lentamente con fruición, ha permitido que ésa maravillosa sensación especial recorra sus venas y sus entrañas, acostumbrándose a su presencia, disfrutando cada segundo, ignorando que como una droga, pertenecer al selecto grupo que rige las vidas de los mortales, provoca adicción, deja un hueco en el alma imposible de rellenar, hace que la sola perspectiva de su pérdida sea difícilmente soportable.

John Profumo, Secretario de Estado para la Guerra, no es menos humano que las personas que ríen y coquetean a su alrededor, y su destino, no es menos caprichoso, cuando sus ojos se topan con los de Christine, las largas piernas de la mujer se enroscan a sus tripas dejándole sin resuello.

Que tendrán las chicas malas, el delgado e interminable cuerpo de la hembra hace hervir el agua, las rodillas del poderoso tiemblan como una campanilla, aumenta su pulso cardiaco y por un segundo reflota imparable un instinto primitivo que engorda su entrepierna.

-A tomar por culo.

El hombre casado se levanta, hace una seña a Stephen, el médico osteópata que en sus ratos libres hace de proxeneta para la alta sociedad inglesa, un teléfono, una cita y el desastre esta servido, Profumo no sabe que Christine está pluriempleada, que entre los romeos que llaman a su puerta se encuentra el amigo Yevgeny Ivanov, de nacionalidad rusa y de profesión espía.

El servicio secreto rápidamente se cosca del asunto, los 007 tienen licencia para matar y para chivarse al jefe, John la caga como Amancio, miente, intenta salvar su culo, su matrimonio y su carrera.

Demasiado tarde.

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