Ir al contenido principal

Entradas

Mostrando entradas de noviembre, 2008

Espías y calentones de verano

Mientras John se sirve una copa junto a la piscina, el sol de Julio calienta su nuca, tuesta su calva ajada de antepasados latinos y le invita a pensar que la vida puede ser bella después de todo.

El primer trago le calma, el segundo le narcotiza lo suficiente como para buscar un asiento donde reposar unos huesos que se encuentran peligrosamente cercanos a la cincuentena, se sienta, se relaja, dedica unos minutos a meditar sobre su vida, sobre su suerte, puede dar gracias al cielo por su fortuna, la misma “baraka” que salvó su pellejo en las playas de Normandía, le hizo estar en el momento adecuado en el lugar adecuado, le convirtió en el hombre a seguir, cargo tras cargo, puesto tras puesto, ascendiendo imparablemente hacia las dulces cotas donde el autentico poder reside.

Poder, John ya lo ha catado, lo ha saboreado lentamente con fruición, ha permitido que ésa maravillosa sensación especial recorra sus venas y sus entrañas, acostumbrándose a su presencia, disfrutando cada segundo, ig…

Migrant mother

Cuando Florence Owens se sienta bajo la mugrienta lona que hace las veces de hogar, el hambre ya ha dado paso al agotamiento, consumida y desfondada, con un cuerpo reducido a pellejo y huesos, su aliento se ha petrificado, como una virgen moderna, rígida e impenetrable, mira los helados campos californianos mientras se pregunta como demonios va a dar de comer a su prole.

Siete bocas como siete soles, incansables, piden una ración de alimento que no llega y un lactante que llora en su regazo, hambriento, al que puede intentar engañar dándole un pecho yermo, vacío porque para alimentar primero es necesario tener algo en el estómago.

Sus ojos se pierden en otro tiempo y en otro espacio, antes de que desaparecieran los garbanzos de la mesa, antes de que la inmortal avaricia humana se diera de bruces con una realidad hecha a base de personas que necesitan comer a diario, antes de que los mismos que vendían humo en forma de papelitos decidieran probar el efecto de la gravedad sobre sus cuerpo…

Billete de ida y vuelta al infierno

A Else Baker se la llevaron de su casa de Hamburgo a principios del 44; con nocturnidad y alevosía, sin previo aviso y ante la desesperación de sus padres, unos tipos de mirada siniestra y alma degenerada llamaron a la puerta de su hogar y exigieron su inmediata puesta bajo custodia.

Else tenía ocho años y su mayor delito lo escondía en su sangre, herencia insospechada de uno de sus abuelos maternos al que nunca conoció y que sin saberlo la había condenado, como una especie de pecado original, aquella noche supo que una cuarta parte de su frágil cuerpo era gitano, y que ésa simple característica aterraba de forma especial a sus amados líderes, les daba un motivo de peso para extraerla de su núcleo familiar y enviarla a un barracón helado en la lejana Polonia, en un lugar llamado Auschwitz.

Los gritos y la oposición de sus arios padres adoptivos no sirvieron de nada, los demonios se la llevaron, fue engullida por la noche, transportada en un tren de ganado y despojada de nombre, familia,…

Los huesos de Jimmy

Salvatore está nervioso, llega la hora de la verdad, se sienta frente la mesa de la cocina con un Seven Up en una mano y un Colt calibre 45 del ejército en la otra, bebe un trago y respira hondo, nota como un impulso eléctrico recorre sus extremidades, casi puede notar cada uno de los pelos de sus brazos erizándose cual puercoespín, los mira intrigado, mientras lo hace una fuerza incontenible asciende por su esófago, eructa, el estallido de gas es como la tormenta que precede a la calma justo antes de que llegue el huracán, el mafioso se queda en silencio, medita, cuenta cada una de las burbujas del refresco, piensa en lo mucho que le estresa su trabajo.

Cuando Thomas pasa a su lado exclama:

-¿Qué vas a matar, elefantes?

-Puede.

El encargado del asunto arruga el morro, chisca la lengua contra los dientes mientras extrae de su bolsillo un alambre y unos guantes, es hora de dejar un par de cosas claras.

-Tony no quiere escandaleras, ni cagadas, dile a tu hermano que se prepare, Jimmy y el go…

Trinity

El armazón metálico se eleva solitario sobre el desierto de “la jornada del muerto”, desnudo y letal, se asemeja a la torre olvidada de una iglesia siniestra e inacabada, sobre cuya cúpula el ser humano ha decidido condensar el infierno en poco más de dos metros cuadrados, el sol aún no ilumina el conjunto desde lo alto, pero promete proyectar una sombra alargada sobre la arena y asfixiar a los hombres de ciencia que inquietos y orgullosos esperan haber descubierto el definitivo camino a la destrucción.
A unos treinta kilómetros de distancia, un tipo delgado y de tez cetrina limpia y se coloca unas gafas protectoras similares a las que usa un soldador, Robert Oppenheimer es el responsable del tinglado, nervioso enciende el enésimo cigarro del día mientras se asegura que los sistemas de medición están correctamente calibrados, tras una espera tensa, da por fin las últimas indicaciones a unos colegas que le miran de reojo con una mezcla de respeto y admiración, el reloj de la cuenta atrá…

Las pelotas de Raoul Wallenberg

El chirrido de los frenos alerta a los guardianes que mecánicamente fuman y ríen frente al tren infernal, lo que hasta ése momento ha sido un trabajo fácil, resuelto sin mas complicaciones que un par de culatazos y varios empujones, sin duda tiene toda la pinta de torcerse con la llegada de las furgonetas de la delegación sueca, éstas casi derrapan frente a los hombres de negro, y antes de que estos puedan decir esta boca es mía, de su interior desciende como alma que lleva el diablo un tipo con pinta de no haber roto nunca un plato, que, ignorando las amenazas de los uniformados, comienza a correr en paralelo a los raíles.
La cara del oficial de la cruz flechada que dirige el asunto se pone pálida como un filete de pollo, desencajado y a voz en grito, busca con la mano temblorosa la autoridad extra que le otorga la vieja Luger que descansa en su cintura, de nada sirve, como un rayo, el sueco pasa a su lado sin inmutarse, sin prestar un segundo de atención al hombre que amenaza con ti…

Disturbios y mariposas

El oficial Lee W. Minikus tiene un día de perros, doce horas patrullando el sur de Los Angeles con cuarenta grados a la sombra han hecho que sus pelotas estén comenzando a fusionarse con sus pantalones, tras recorrer Gardena y Lawndale, hacia las seis de la tarde del 11 de Agosto de 1965, gira el manillar de su motocicleta y decide dirigirse al distrito de Watts, las calles se encuentran tranquilas, casi desiertas, con el sol tardío cayendo a plomo, los chicos malos están aún con la cabeza bajo el grifo, maldiciendo el día en el que se les murió el ventilador.

Watts no es un lugar para pasear de la mano, con un porcentaje de paro acojonante y dogas por doquier, si a un hombre caucásico, heterosexual y temeroso de la ley se le ocurriera darse un garbeo por sus callejones, lo más probable es que saliera de ellos como Dios le trajo al mundo, con una mano delante, otra detrás y un nota de agradecimiento grapada al culo.

“Gracias por venir, vuelve cuando quieras”, o algo parecido.

Lee W. Mini…

Los últimos latidos de Félix

Lentamente, como levitando, el hombre importante avanza entre rostros sin alma en dirección al estrado, figuras oscuras con ojos de serpiente protegen su caminar, sin disimulo, los escoltas taladran con su mirada, a cada paso, las pálidas caras de los próceres de la patria que como buenos chicos esperan ansiosos su ración de odio.

Cuando Félix Dzerzhinski por fin se coloca frente al auditorio el silencio es sepulcral, casi tanto como la propia presencia del asceta rojo, el aire se ha helado, ha adquirido una tonalidad blanquecina, mortal como las mañanas siberianas, los allí presentes tragan saliva y respiran con cuidado, con el corazón en el interior de un puño que se eleva, firmes como postes y dispuestos a saborear con deleite cada palabra del jefazo.

Por delante, dos horas de discurso y un público entregado, el terror siempre ha garantizado audiencias fieles, y el 20 de Julio de 1926 nadie está a salvo en Rusia, ni tan siquiera en el Comité Central Bolchevique, donde muchos de los q…

Lluvia en la cara

Cuando “Rain in the face” escucha la señal para salir a escena ya esta perfectamente preparado, serio sobre su yegua blanca, aprieta fuertemente las riendas con una mano mientras con la otra ajusta su carcaj a la cintura y el arco a su pecho, elegantemente vestido para una guerra irreal, con su impresionante tocado de plumas de águila y cuervo y su vistoso peto de hueso de búfalo, parece un fantasma de un tiempo no tan lejano, pequeño y curtido por el sol, nadie de la tribu Lakota moverá un solo dedo hasta que él lo diga.
Entre bambalinas, observa a Búfalo Bill hacer el paripé para mayor gloria del hombre blanco, con su cada vez más escasa melena al aire y oportunamente caracterizado con uniforme de general, cuando por fin pisa el escenario la gente brama de emoción, un séptimo de caballería mas falso que el beso de Judas le sigue decidido, los héroes saludan y empuñan sus armas con orgullo, comienza la función.

Es su momento, en segundos, los últimos hijos de las praderas saldrán a es…